A las 12.46 del 16 de junio de 1955 comenzó uno de los episodios más sangrientos de la historia argentina contemporánea: 34 aviones de la Marina y la Aeronáutica bombardearon la Plaza de Mayo y sus alrededores con más de cien bombas, mientras 380 infantes de Marina participaban de la operación. El objetivo fue derrocar al presidente Juan Domingo Perón.
El saldo fue devastador: 308 muertos civiles. Una cifra que permite dimensionar la magnitud de la tragedia. Para que se entienda: en la Guerra de Malvinas murieron 306 argentinos en combate y otros 323 en el hundimiento del Crucero General Belgrano. Entre las víctimas del bombardeo hubo trabajadores, transeúntes, empleados públicos y ciudadanos que se encontraban en el centro de Buenos Aires. También murieron 12 personas dentro de la Casa de Gobierno y nueve integrantes del Regimiento de Granaderos a Caballo.

Tras el ataque, los aviadores de la Marina y la Aeronáutica involucrados en la operación huyeron a Uruguay. Entre ellos se encontraba Miguel Ángel Zavala Ortiz, dirigente de la Unión Cívica Radical del Pueblo, único civil que participó a bordo de uno de los aviones.
Los objetivos de los atacantes eran claros: derrocar a Perón, instaurar un triunvirato civil integrado por Miguel Ángel Zavala Ortiz, Américo Ghioldi y Adolfo Vicchi, y sembrar el terror.
Un poco de contexto
Cinco días antes, el 11 de junio de 1955, se había realizado la marcha de Corpus Christi. El 16 de junio, el gobierno convocó a actos de desagravio por la presunta quema de una bandera argentina ocurrida durante aquella movilización. En distintas ciudades del país, entre ellas Gualeguaychú, municipios y organizaciones sindicales participaron de la convocatoria.
Los golpistas aprovecharon un desfile de aviones para perpetuar el bombardeo. Pero la operación no fue exclusivamente militar. Además de sectores de la Marina, participaron civiles provenientes de distintos espacios políticos.

Mario Amadeo, uno de los involucrados, describió años después la organización previa al ataque: “Mi grupo, del cual yo respondía, era designado como ‘grupo amarillo’. Teníamos que reunir 200 hombres y 16 automóviles. Debíamos distribuirnos antes de las 10 de la mañana en todos los accesos de Plaza de Mayo, a no más de cuatro cuadras ni menos de dos. El bombardeo aéreo de la casa de gobierno comenzaría a las 10 en punto y duraría alrededor de tres minutos. Transcurrido un lapso igual, después de finalizada la acción aérea, los grupos debían avanzar por las calles de acceso sobre la plaza y colaborar en la toma de la casa de gobierno o de lo que de ella quedara. Simultáneamente, los automóviles debían estacionarse en las bocacalles a una cuadra de la plaza e impedir la salida de quienquiera que fuese. La acción sería apoyada por el lado del río, por fuerzas de Infantería de Marina que llegarían un cuarto de hora después de iniciadas las operaciones”.
Amadeo agregaría además una frase que permite comprender la importancia histórica de aquella jornada: “Sin 16 de junio muy difícilmente hubiera habido 16 de septiembre”, día en que, finalmente, fue derrocado el segundo gobierno constitucional de Juan Domingo Perón.
Gualeguaychú, presente
Aquel 16 de junio hubo militares y civiles que participaron de la masacre. Pero también hubo quienes permanecieron leales al gobierno y defendieron la Casa Rosada durante el ataque.
Uno de ellos fue Natalio Arnoldo Gerdau, integrante de la Guardia Presidencial vinculado a Gualeguaychú.

Natalio Arnoldo Gerdau nació el 21 de octubre de 1924 en Antonio Tomás, departamento Paraná. Ingresó al Ejército en 1945 y en 1948 pasó al Regimiento 3 de Caballería de Gualeguaychú. Cuatro años después se encontraba en la Escuela de Equitación de Campo de Mayo.
A fines de 1953 fue ascendido a sargento y destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo. En junio de 1955 cumplía funciones como granadero en la Casa de Gobierno. Allí estaba cuando comenzaron a caer las bombas sobre la Plaza de Mayo.
Según recuerda su hijo Mariano, en septiembre de 1955, cuando el golpe de Estado era inminente, Perón entregó distintos objetos de su despacho a integrantes de la Guardia Presidencial. Natalio, apasionado por los caballos, eligió unas espuelas con incrustaciones de oro.
Pero, tras la llamada Revolución Libertadora fue enviado nuevamente a Gualeguaychú como responsable de la Sección Hípica. Los caballos fueron una constante en su vida. Alternó funciones entre esta ciudad y Campo de Mayo. En 1957 se casó con Myrna Carranza y tuvo cuatro hijos: Natalio, Marta María, Fabiana y Mariano José.

Ya como Suboficial Principal fue destinado a Paraná en diciembre de 1973. Finalmente se retiró como Suboficial Mayor en 1977. “Era peronista y de Boca”, recuerda su hijo Mariano.
Durante la Guerra de Malvinas, convencido de que debía colaborar con el esfuerzo nacional, tomó una decisión que su familia todavía recuerda: donó aquellas espuelas que había recibido de Perón años atrás para la gran colecta nacional que terminó siendo una farsa de los militares de estonces. Falleció en Paraná el 30 de agosto de 1982, a los 57 años.
El odio y la violencia política
El bombardeo del 16 de junio mostró hasta dónde podía llegar la violencia política en la Argentina de aquellos años. Tras el ataque, Perón optó por llamar a la calma en lugar de profundizar la confrontación.
La tragedia también obliga a reflexionar sobre el papel que pueden desempeñar las ideas cuando se convierten en justificación de la violencia. El odio es una pasión humana, pero cuando encuentra legitimación ideológica puede perder todo límite. Puede hacerlo en nombre de la raza, de la Nación, de la República o de cualquier otra causa que pretenda justificar lo injustificable.
Quizás por eso el bombardeo de Plaza de Mayo ocupa un lugar singular en la historia argentina. No fue una acción realizada desde los márgenes de la sociedad, sino impulsada por actores que formaban parte de instituciones centrales de la vida política y social del país.
La generación que vivió aquel 16 de junio quedó marcada para siempre. Algunos por el terror de las bombas, otros por haber apoyado la violencia. Y otros, como Natalio Arnoldo Gerdau, por haber elegido permanecer en su puesto y defender el orden constitucional mientras las bombas caían sobre la Plaza de Mayo.
