El 15 de abril de este año, un interno murió en la Unidad Penal N° 9 “El Potrero” de Gualeguaychú. En enero había sido trasladado al Hospital Centenario, donde permaneció internado por problemas de salud. La causa informada de su muerte fue una descompensación cardíaca por su cuadro de obesidad mórbida e hipertensión arterial.
Días antes, otra noticia relacionada a la salud dentro de esta misma cárcel había cobrado relevancia: detectaron un caso de tuberculosis. Según pudo conocer La Mala, se planteó una domiciliaria a la que no se hizo lugar, lo que llevó a un operativo sanitario en el pabellón donde la interna compartía alojamiento con otras 83 personas. También conocimos que, a pesar de estar a alrededor de 25 kilómetros, la UP 9 no cuenta con ambulancia propia.
Son situaciones diferentes, con causas y desenlaces distintos. Sin embargo, ambas nos pueden conducir a varias preguntas: ¿qué ocurre cuando una persona se enferma dentro de una cárcel? ¿Cómo funciona el acceso a la atención médica? ¿Qué pasa cuando alguien necesita un diagnóstico, un tratamiento o una derivación urgente?
Entre las personas privadas de libertad circula una expresión tan sencilla como inquietante: «morir de cárcel». No aparece en los certificados de defunción ni constituye una categoría médica. Es una forma de nombrar a aquellas muertes que, según denuncian detenidos, familiares y organizaciones vinculadas a la temática, ocurren en contextos en los que el encierro, las demoras, la falta de atención o las deficiencias del sistema terminan agravando enfermedades y padecimientos.
Para contestar estas preguntas entrevistamos a Xavier, detenido desde hace 14 años en la bonaerense Unidad Penal N° 15 de Batán. Desde su experiencia cotidiana dentro del sistema penitenciario, relató cómo funciona el acceso a la salud atrás de los muros del encierro y qué significa, para quienes viven allí, la expresión «morir de cárcel».
– Xavier, ¿cómo describirías hoy las condiciones de salud dentro de una cárcel?
– De malas a pésimas. Capaz que diciendo malas estoy siendo muy generoso.
– ¿Qué significa para ustedes la expresión “morir de cárcel”?
– Morir de cárcel es una expresión, al menos como la comprendo yo, que significa morir por falta de derechos básicos, como lo es la salud.
– ¿Recordás casos de personas cuya situación de salud se haya agravado por demoras en la atención médica? ¿Cómo fueron esas situaciones?
– Sí, claro, un montón. Tengo una en particular muy presente. Una persona que murió de cáncer acá, después de que se cansó de ir a Sanidad (el área de salud de la UP15), donde le decían que se hacía, que simulaba la enfermedad, que no le dolía nada, pero él estaba todo el día con dolencias. Hasta que, al final, uno de los médicos dijo “puede tener algo”, pero para eso ya había pasado como un año. Vivió seis meses más y murió. Otro, Adrián, se cansó de ir a Sanidad por un bultito que tenía en la garganta, y siempre le decían que era un bulto de grasa. Él se preocupaba, pero nunca pensó que fuera algo grave. Sin embargo, pedía que le hagan una biopsia, si lo podían llevar al hospital, si alguien lo podía revisar. Nunca lo estudiaron. Después de 17 años, logró salir en libertad y lo primero que hizo fue ir al médico. El médico, sin saber que él había estado en la cárcel, le dijo que cómo se había dejado estar tanto, que era cáncer. Le dijo que era tarde, pero que se iba a hacer todo lo posible. Se hizo quimio y esas cosas, pero hace un par de meses murió.
– ¿Qué pasa cuando una persona privada de libertad empieza a sentirse mal o necesita atención urgente?
– Lo que ocurre es que, primero, tenés que tratar de salir del pabellón, lograr convencer al oficial que te deje salir. Después, cuando llegás al otro sector, que se llama La Redonda, (paso obligado para llegar a Sanidad), convencer a otro guardia de que realmente necesitás atención médica. Una vez que llegás a Sanidad, lo mismo: convencer al encargado de que realmente te pasa algo. Para colmo, la primera respuesta que te dan siempre es que no hay enfermero o no hay médico, que además es verdad encima. Las poquitas veces que hay, están durmiendo o no te quieren atender. Si lograste pasar todas esas barreras y te lograron atender, te atiende siempre el enfermero o la enfermera, el médico es muy raro que lo haga. Si te atendió él, lo que hace es despacharte y te termina dando “la pastilla mágica”, que es un ibuprofeno, sea lo que sea que te duela.
– ¿Cuánto tiempo puede tardar alguien en acceder a un médico o ser trasladado a un hospital?
– Mucho tiempo, muchísimo. La semana pasada, a un compañero, Guille, le agarró aparentemente una embolia cerebral (es lo que él logró buscar en ChatGPT, porque acá nunca lo diagnosticaron, así que imagínate). Logró llegar a Sanidad y sólo porque lo llevaron en silla de ruedas. Lo atendió el médico después de una hora y, bueno, lo sacaron al hospital, donde le dijeron que estaba mal medicado, que tenía que ir al otro día, y le iban a hacer unas placas, etcétera. Eso fue la semana pasada. Todavía no lo han vuelto a sacar.
– ¿Qué tipo de enfermedades son frecuentes dentro de la cárcel?
– La más frecuente es tuberculosis, que tiene que ver justamente con el encierro, con el abandono, esa es muy común. Después, las dolencias que hay, en realidad son dolencias que yo te las diría y seguramente pasan afuera también, pero pasa que afuera lográs tratarlas rápido. Una dolencia común es el dolor de muelas, por ejemplo. Afuera se soluciona en menos de una hora. Acá el dolor de muela se puede convertir sólo en más dolor de muela. No te atienden nunca.
– ¿Cómo impactan el hacinamiento y las condiciones de vida en la salud de los detenidos? ¿Hay acceso a medicamentos?
– Y, bueno, la tuberculosis creo que es un impacto justamente del hacinamiento y las condiciones de vida de los detenidos, básicamente. Medicamentos nunca hay, y si hay, te dicen que no hay.
– ¿Qué cambios viste en el sistema de salud penitenciario? ¿Mejoró, empeoró, o sigue igual?
– En los 14 años que llevo, he visto cambios que han subido el nivel del sistema, pero ahora está en baja. Por ejemplo, allá por el 2021, cuando Liberté (la cooperativa en la que participo) participaba de los comités de prevención y solución de conflictos, una de las cosas que queríamos resolver era la falta de medicación. En ese entonces, había mucho más faltante que ahora: no había paracetamol, no había Buscapina, no había ketorolac para el dolor de muelas, no había nada. Entonces, habíamos pedido que nos dejen entrar medicación de venta libre a través de la visita, que nos depositaran afuera. Bueno, y nos decían que no, porque “ellos no pueden fomentar la automedicación”. Yo me acuerdo que me tocó estar en esa reunión. A la jefa de Sanidad, que se había conectado desde La Plata, le dije que yo no le creía lo que decía, porque ella opinaba que estaba en contra de automedicación. Pero claro, de los presos nada más. Seguramente, si en su casa a alguien, en su familia, le duele la panza, estoy seguro que van a la farmacia y compran una Buscapina, o si le duele la cabeza toman un paracetamol. Si ni vamos al médico, ¿qué pretenden que ocurra acá?
– ¿Creés que la sociedad sabe realmente cómo se vive y se enferma dentro de una cárcel?
– La sociedad no lo sabe ni lo quiere saber. El grueso de la sociedad (no todos ni todas, gracias a Dios), tiene un concepto de la cárcel que es el que bajan los medios de difusión masivos, la parte que más garpa. Estoy convencido que el grueso de la sociedad piensa que la cárcel es para castigo. Entonces, cuando ven que en la cárcel se castiga no se alarman porque está dentro de los parámetros normales, digamos, porque creen que la Constitución dice eso. Y justamente, dice todo lo contrario. De hecho, están cometiendo delitos aquellos que hacen que no se cumpla la Constitución.
*El título de esta nota fue inspirado por el libro “Morir de cárcel”, de Eugenio Raúl Zaffaroni y otros (2019).
