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DE ARGENTINA 1978 A MÉXICO 2026

MUNDIAL DE FÚTBOL Y MADRES BUSCADORAS: OTRA VEZ LA MISMA HISTORIA

La fiebre mundialista acelera los corazones de los fanáticos que viven con pasión una competencia deportiva capaz de aunar en un grito de gol lo más hondo del sentir popular. Sin embargo, detrás del multimillonario espectáculo de la FIFA hay una realidad sufrida que intenta utilizar las sobras de la cobertura periodística para reclamar la vida o al menos el cuerpo de miles de personas desaparecidas.

Ilustración: Diego Abu Arab
Edición 139 - 19 de junio de 2026
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Comenzó el mundial y con él la pasión deportiva inexplicable que el juego genera en la gente. Para el pueblo argentino es imposible no recordar la última final en la que fuimos coronados campeones y desbordamos con una alegría espontánea, horizontal y sencilla. Finalmente pudimos sentirnos inmensos y afortunados, tras durísimos partidos que nos recordaron que “siempre tenemos que sufrir mucho para lograr la gloria”.

La masividad de la celebración popular que tomó por varios días la cotidianidad de nuestra vida nos recordó la necesidad de esos escapes, de esas catarsis colectivas. Por aquellos días pensé, con menos criticidad, acerca del controvertido mundial 1978 que ocurrió en nuestro propio suelo y en el marco de la dictadura más sangrienta de nuestra historia.

Porque disfrutar el deporte no suprime lo que pasa con él y alrededor de él. Porque amar profundamente la celeste y blanca comprende y excede el gesto de la garganta rota por la feliz congoja del gol, también significa la lucha cotidiana por la dignidad de quienes habitan este suelo.

Mundial 78 y las Madres que buscaban

Corría el año 1978 y la dictadura militar estaba consolidada ya hacía dos años. Esos primeros veinticuatro meses de gobierno de facto fueron claves para la expansión del sistema de represión ilegal, clandestino y de alcance nacional que extendió el terror con decenas de miles de detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas.

Las madres y familiares de las víctimas de la dictadura habían comenzado a organizarse para reclamar información y la aparición con vida de las personas desaparecidas. Lo hacían como podían, con una valentía heroica e irrefrenable, en soledad y con las pocas herramientas que tenían a mano.

El control total de la prensa y la opinión pública a través de la censura y la promoción del periodismo adepto contribuían a la desaparición de los desaparecidos en tanto callaban el reclamo de las familias o demonizaban a las víctimas.

Pero el mundial de fútbol obligaba a la Argentina a romper el cerco, en tanto tendría que permitir el ingreso de miles de periodistas del exterior, mejor informados que los propios argentinos sobre la violación sistemática de los Derechos Humanos.

Por supuesto, a la FIFA no le importó que Argentina estuviera gobernada por un régimen militar violento que había asaltado el poder por la fuerza. Tampoco le importó la escandalosa red de corrupción y endeudamiento público que hubo detrás de la organización del mundial de fútbol. Sólo exigió la modernización de las telecomunicaciones para que los partidos fueran transmitidos a color hacia el globo.

“Por supuesto, a la FIFA no le importó que Argentina estuviera gobernada por un régimen militar violento que había asaltado el poder por la fuerza”

Abriendo el paraguas sobre las posibles consecuencias de sus crímenes aberrantes, la dictadura promovió la campaña “Los argentinos somos derechos y humanos” y sentenció a cualquiera que dijera lo contrario a ser un “antiargentino”.

Las madres, que por entonces ya habían adoptado el símbolo del pañuelo en sus cabezas y habían comenzado a caminar en ronda alrededor de la Pirámide de Mayo, envueltas en el dolor insoportable de la incertidumbre del paradero de sus hijos, vieron en el mundial una última esperanza.

Por aquellos días, dos jóvenes periodistas neerlandeses llegaron a nuestro país. Jan Van Der Putten y Frits Jelle Barend sabían lo que ocurría y no “fingieron demencia”. Por el contrario, llevaron la cámara y el micrófono a la Plaza de Mayo y ahí entrevistaron a estas mujeres desesperadas que se abalanzaron sobre ellos.

“Nosotras que somos argentinas, que vivimos en Argentina, le podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación y tristeza. Porque no nos dicen dónde están nuestros hijos, no sabemos nada de ellos. Nos han quitado lo más preciado. Angustia porque no sabemos si están enfermos, si tienen hambre, si tienen frío. Y desesperación porque no sabemos a quién recurrir. Por eso les rogamos a ustedes. Son nuestra última esperanza. Por favor. ¡Ayúdennos! ¡Ayúdennos, por favor!”, pronunció una de las mujeres como quien busca una bocanada de aire en medio de la asfixia de la indiferencia.

Este testimonio fue clave para visibilizar los crímenes que estaban ocurriendo en el país y promover la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) un año después. Ese registro fue posible por el coraje de las madres y por la decisión ética de dos periodistas deportivos de usar sus herramientas de trabajo no sólo para relatar un gol o las simpáticas notas de color de las hinchadas.

Rastreadoras, siempre son las madres

Actualmente, en México hay un registro de más de 130 mil personas desaparecidas, la mayoría de estos casos se vinculan a la proliferación del crimen organizado por narcotráfico o la trata de personas, y los excesos de las fuerzas estatales que combaten, pero a la vez forman parte, de dichas redes delictivas.

Frente a la masividad de las desapariciones, a lo largo de los años y las gestiones gubernamentales, el Estado se ha mostrado incapaz, ineficiente e indiferente ante los reclamos de las familias y la búsqueda castigo a los responsables.

En la década de 1990, decenas de casos comenzaron a darse en Ciudad de Juarez, donde adolescentes y mujeres jóvenes provenientes de las familias pobres empleadas en las maquiladoras comenzaron a desaparecer frente a la indiferencia absoluta de las autoridades políticas, policiales y judiciales. Sus madres comenzaron a organizarse y salir con palos a revolver la arena y piedras del desierto para encontrar los cuerpos de sus hijas que, en ocasiones, allí estaban, producto de violaciones y muertes violentas que aún hoy siguen impunes.

En 2025 la CIDH encontró responsable internacionalmente a México en el caso de la desaparición, tortura y feminicidio en 2001 de una joven madre de 17 años, trabajadora de una maquila de Ciudad Juárez, al señalar que faltó una debida investigación en un «contexto de violencia de género y de impunidad generalizada”. Este fallo se sumó a uno similar del año 2009 conocido como caso “Campo Algodonero”, difundido a raíz de los trabajos realizados por la antropóloga Rita Segato.

En las presentaciones de las familias ante la CIDH fueron muy importantes los aportes del Equipo Argentino de Antropología Forense que trabajó por mucho tiempo con los casos mexicanos. El llamado EAAF se creó en 1984 con la intención de contribuir a la restitución de los cuerpos de las víctimas del terrorismo de Estado que los represores quisieron desaparecer. Al día de hoy, aún el EAAF contribuye en esta tarea de memoria y justicia con las familias argentinas.

Las madres y la pulseada contra la indiferencia

Las desapariciones de personas continúan en México sin respuesta estatal. Sea por el poder del crimen organizado, por la ineficacia gubernamental o por los delitos de las redes paraestatales, lo cierto es que miles de familias buscan y no encuentran a sus hijos e hijas.

Y como hicieron las Madres de Plaza de Mayo en 1978, las familias se dispusieron a aprovechar la presencia de prensa internacional en el marco del Mundial de Fútbol FIFA 2026 para gritar al mundo y sentirse menos solas.  

“Las familias se dispusieron a aprovechar la presencia de prensa internacional en el marco del Mundial de Fútbol FIFA 2026 para gritar al mundo y sentirse menos solas”

El pasado 11 de junio, durante la jornada inaugural, colectivos provenientes de diversas partes de México, liderados por figuras como Virginia Ponce, del Colectivo Manos Buscadoras de Jalisco, marcharon hacia el Estadio Ciudad de México con carteles y fotografías, pero no los dejaron acercarse a la cancha.

Al día siguiente, el gobierno mexicano anunció una investigación oficial sobre la logística y el financiamiento de los colectivos que trasladaron a las madres sugiriendo «intereses ajenos» detrás de la protesta. La respuesta de las madres se viralizó en redes sociales. «Llegamos de la misma forma que llegamos a cada búsqueda: con los pesos contados, cansadas, con hambre, rezando y sin saber si comeremos. Pídale a la Fiscalía, por favor, que en lugar de perder tiempo investigando cómo llegamos, se pongan a investigar cómo se fueron nuestros hijos y dónde están».

Gritar el gol y abrazar el dolor

En el marco de las muchas imágenes conmovedoras de las desesperadas familias mexicanas se viralizó el video de un señor adulto mayor que mostraba la fotografía de su hija desaparecida, a quien busca sin respuesta. Alrededor de él, cientos de personas pasaban con las camisetas de sus equipos, ignorándolo.

Sin embargo, también se viralizaron las imágenes de simpatizantes de todo el mundo acercándose a las protestas de las familias para darles un abrazo y hablar con ellas sobre la tragedia que les pesa.  

Claro está que las violaciones a los Derechos Humanos y la violencia organizada no son responsabilidad de quienes quieren disfrutar un juego de fútbol, ni de los jugadores. Pero no es menos cierto que parte de la dignidad humana es consternarse frente al dolor y la injusticia que golpea la vida de otra persona.

Disfrutar el bello arte del fútbol, el de la pelota escapándose por los pies para hacer posible lo imposible, conmoverse con el himno, llorar con la bandera y reírse con la ilusión de la gurisada que busca como tesoros unas figuritas, no sólo es válido sino necesario en tiempos de apatía, desesperanza y atomización. Y porque son esos tiempos los que vivimos, también es necesario no hacernos los boludos y las boludas con el inmenso dolor y la injusticia que pasa a nuestro alrededor.

Mientras escribimos estas palabras, hay una madre buscando entre las piedras al fruto amado de su vientre.

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