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CONSUMO DE PORNOGRAFIA EN JÓVENES

EL PORNO Y LAS PANTALLAS COMO “EDUCACIÓN SEXUAL”

Cuerpos irreales, respuestas inmediatas y la obligación de rendir: ¿qué pasa cuando aprendemos a coger mirando una pantalla? Junto a la psicóloga y especialista en sexología Eugenia Neffe desarmamos los mitos del consumo digital en adolescentes, el laberinto del algoritmo y la urgencia de construir un deseo propio sin vergüenza ni etiquetas.

Ilustración: Diego Abu Arab
Edición 153 - 26 de septiembre de 2026
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26 de septiembre de 2026 • Reloj 18'

Para muchas generaciones, el porno fue nuestra ESI. La mayoría no tuvimos la famosa “charla” en la que se habla de manera abierta de sexo, de coger, de garchar. Eso sí: tuvimos una pantalla en la que buscábamos (no sé por qué hablo en pasado) lo que más nos atraía y, con un clic, ahí estaba: rubias, morochas, tetonas, milfs, tríos, machos peludos, twinks, entre una infinidad de etcéteras. Hoy, encima, ni siquiera hace falta buscarlo: el algoritmo te lo sirve en bandeja a los doce años, entre video y video de TikTok, X, e incluso Instagram.

¿Qué de todo eso tiene que ver con la realidad? ¿Cómo influye en nuestro deseo? ¿Qué pasa cuando la sexualidad se convierte en una prueba de rendimiento? ¿Qué pasa cuando nos toca entablar una relación con una persona “real”?

Para responder a estos interrogantes, La Mala dialogó con Eugenia Neffe, licenciada en Psicología y especialista en sexualidad.

– Eugenia… ¿qué tan presente está hoy la pornografía en la vida de niños, niñas y adolescentes? ¿A qué edad se empieza a mirar?

– Hoy la pornografía está mucho más presente y accesible que hace algunos años. Pero el punto más importante no es solamente preguntarnos “¿a qué edad empiezan a buscar pornografía?”, sino “¿a qué edad empiezan a encontrarse con contenidos sexualizados?”. Actualmente cualquier aplicación puede mostrar contenidos sexualizados durante segundos y ya es un anzuelo para la curiosidad. Si bien no necesariamente todo contenido sexualizado es pornografía, puede transmitir ideas sobre qué cuerpos son deseables, cómo hay que mostrarse o qué significa ser sexualmente atractivo, entre otros constructos sociales. Muchas plataformas utilizan sistemas diseñados para maximizar la interacción y el tiempo de permanencia. Entonces puede ocurrir un fenómeno de escalada: la persona mira un contenido, interactúa o permanece mirándolo, el sistema interpreta que ese contenido genera interés y ofrece contenidos similares. Y eso es especialmente complejo en niño/as y adolescentes, porque una búsqueda, una visualización accidental o incluso detenerse unos segundos frente a un contenido pueden formar parte de un entorno digital que empieza a recomendar material similar.

– Además, los chicos de hoy nacen con el celular prácticamente…

– La Unesco señala que cada vez más jóvenes recurren a los espacios digitales para obtener información sobre cuerpos, relaciones y sexualidad, pero advierte que también están expuestos a contenidos incompletos, mal informados o perjudiciales. Por eso, la educación sexual también necesita incluir alfabetización digital y mediática. El estudio Kids Online Argentina 2025, realizado por Unicef y la Unesco, relevó a 3.758 adolescentes de entre 12 y 17 años y encontró que el 47% había visto imágenes o videos de contenido sexual en Internet. Es decir, prácticamente uno de cada dos adolescentes. Además, el 46% manifestó haber recibido imágenes o videos de contenido sexual a través del celular (mensajes) o las redes sociales. Si bien estos datos consideran a la población entre 12 y 17 años, en edades más tempranas la exposición puede no ser buscada sino accidental, es decir que el primer contacto no ocurre necesariamente desde una página pornográfica, sino en las propias redes sociales y en el celular (mensajes, videos, imágenes). De hecho, Unicef Argentina ya había registrado en sus encuestas sobre niñez y adolescencia situaciones de exposición en redes a contenidos obscenos o pornográficos. Esto muestra que es una problemática vinculada al modo en que niño/as y adolescentes habitan hoy el mundo digital.

– Muchas personas dicen que aprendieron sobre sexualidad viendo pornografía, ¿qué consecuencias puede tener eso?

– Aquí es necesario hacer algunas puntualizaciones, porque una cuestión es el consumo de pornografía y otra es que la pornografía se convierta en tu principal fuente de aprendizaje sobre sexualidad. Ni en el pasado, ni en el presente la industria pornográfica fue hecha para educar, no está en juego cómo se construye el deseo o cómo nos vinculamos con otra persona. Es un contenido hecho para generar estímulo, una representación alejada a la realidad. Aquí radica el tema, la pornografía muestra sexo, pero no enseña sexualidad. La sexualidad es mucho más amplia, tiene que ver con el cuerpo, con el deseo, con lo que a mí me gusta y lo que no; con poder comunicarlo, con respetar al otro, con el consentimiento, con los límites, con el cuidado y también con las emociones. Tiene que ver con la intimidad de nuestras pasiones. Cuando las personas se alimentan de representaciones sexuales, sean por videos, imágenes, palabras (no nos olvidemos de lo que supuestamente parece escaso, pero existe), empiezan a construir determinadas ideas, recortes de realidad, de cómo debería ser el sexo, cómo debería ser su cuerpo, cuánto debería durar una relación sexual, qué cosas debería hacer, cómo se debería gozar, gemir, etcétera. Aparecen exigencias, presiones, inseguridades, comparaciones de su propia sexualidad, que es real, con algo que está producido para ser visto. Y el problema es que, a veces, en lugar de preguntarse “¿qué me gusta a mí?”, empiezan a preguntarse “¿qué se supone que me tiene que gustar?”.

“Ni en el pasado, ni en el presente la industria pornográfica fue hecha para educar, no está en juego cómo se construye el deseo o cómo nos vinculamos con otra persona. Es un contenido hecho para generar estímulo, una representación alejada a la realidad”

Pueden aparecer problemas en los vínculos sexoafectivos, intentando hacer cosas que en realidad no desean, simplemente porque creen que son parte de una sexualidad “normal” o porque piensan que es lo que se espera de ello/as. El problema no es que exista pornografía, el tema es cuando se convierte en el principal lugar desde donde una persona aprende qué es el sexo y cómo se supone que tiene que vivir su sexualidad. La OMS plantea justamente que muchos jóvenes necesitan información científicamente rigurosa sobre cuerpo, relaciones, consentimiento, derechos y sexualidad, porque la falta de educación sexual adecuada puede dejarlos más expuestos a la desinformación y a contenidos perjudiciales.

– ¿Qué ideas equivocadas sobre el sexo suele transmitir la pornografía?

– Una de las consecuencias más graves es la idea de que existe una manera correcta o esperable de tener sexo. Cómo responder ante ciertos estímulos supuestamente placenteros, que el deseo aparece siempre de forma inmediata, la disponibilidad sexual con determinadas prácticas, maneras de placer y del goce, la duración, la intensidad, entre otras cosas. Confundiendo representación del sexo con realidad. Además, Unicef advierte que cuando niño/as y adolescentes se exponen a pornografía que representa conductas abusivas o misóginas, existe el riesgo de que algunas de esas conductas puedan comenzar a percibirse como normales o aceptables. El impacto no es igual en todas las personas ni depende exclusivamente de cuánto consumen. Hay que considerar la edad, el contexto, la frecuencia, el significado que tiene ese consumo y, fundamentalmente, cómo interfiere en la vida cotidiana, en los vínculos que están construyendo y en la sexualidad. Es importante también resaltar que lo mencionado atraviesa a las personas más allá del género, la orientación y la condición sexual. Los guiones y expectativas que trasmite la pornografía pueden afectar de diferentes maneras a adolescentes heterosexuales, bisexuales, y a las personas con distintas identidades y expresiones de género. En adolescentes, además, hay que considerar que muchos todavía están construyendo su sexualidad y sus experiencias sexuales pueden ser escasas o inexistentes. Si un adolescente aprende que la sexualidad tiene que ser con determinada duración, performance, cuerpos específicos, disponibilidad permanente, respuestas sexuales inmediatas, puede aparecer presión y ansiedad ante el primer encuentro sexual o encuentros sexuales moldeado por esas exigencias. La intimidad no se construye solamente a partir de la sexualidad. Es importante preguntarse: ¿qué lugar ocupa la pornografía en la educación afectiva y sexual de ese adolescente? Porque puede consumir muchísimo contenido sexual y, sin embargo, saber muy poco sobre: consentimiento, comunicación, límites, reciprocidad, cuidado, deseo propio y ajeno, intimidad emocional.

– Volvemos a lo mismo: el porno no educa en eso…

– La pornografía puede transmitir determinados guiones sexuales que no necesariamente representan la realidad. Sin embargo, tampoco hay que caer en decir que “la pornografía arruina la sexualidad”. El abordaje debería ser enseñarles a mirar críticamente lo que consumen. Lo que aparece en una pantalla no necesariamente representa cómo funciona una relación sexual real. En la vida real hay prácticas que se disfrutan, se eligen y otras que no, las emociones inundan, a veces no se sabe qué hacer, se necesita hablar, qué te gusta, que no, expresar lo que queremos, se necesita tiempo. Hay momentos incómodos, cosas que no salen como se esperaban, situaciones en las que alguien cambia de opinión. Y en realidad el deseo es muchísimo más complejo. Puede aparecer, desaparecer, cambiar. Hay días en los que se tiene más ganas y otros en los que no. Puede depender del vínculo, del contexto, del cansancio, de cómo se sienten con su imagen corporal, de lo que les está pasando. Y todo eso es completamente normal. Una de las manifestaciones que aparece mayormente en el consultorio es la idea de “rendir” sexualmente. Como si la sexualidad fuese una prueba de desempeño constante, cumpliendo requisitos, eyacular en determinado momento, llegando siempre al orgasmo. Y la sexualidad no debería vivirse como una evaluación. Cuando la sexualidad se vive como una evaluación, una demostración y con metas específicas, se deja de prestar atención a la experiencia, al sentir, al disfrute, a la conexión, a lo que está pasando. En este sentido, la comunicación sexual muchas veces está ausente en las personas, y justamente en muchos contenidos sexuales no aparece una conversación en la que se pregunte y se exprese: “esto no me gusta”, “prefiero otra cosa” o “quiero parar”. Entonces, si alguien aprende exclusivamente desde ahí puede tener una visión muy limitada de cómo funcionan los encuentros sexuales reales. La sexualidad es diversa. Y lo que hay que repetir una y mil veces hasta el hartazgo es: que algo aparezca frecuentemente en una pantalla no significa que sea universal, saludable, deseado ni obligatorio.

– ¿Cómo influye en la manera de entender el consentimiento, el deseo y el placer?

– Puede influir especialmente cuando no existe educación sexual que permita poner esos contenidos en contexto. El consentimiento, por ejemplo, no es solamente la ausencia de un “no”, tiene que ver con la posibilidad de elegir libremente, expresar deseo, poner límites y cambiar de opinión. La sexualidad requiere de comunicación. Una persona puede tener ganas y después dejar de tenerlas. Puede aceptar una práctica y no otra. Puede cambiar de opinión. Por eso es tan importante poder hablar, preguntar, registrar al otro. No se trata de cortar la espontaneidad ni de hacer del sexo un interrogatorio, se trata de entender que cuando hay interés genuino por el otro, también hay interés por saber cómo está, qué quiere y qué no quiere, y todo esto no se vislumbra en los contenidos pornográficos.

“Que algo aparezca frecuentemente en una pantalla no significa que sea universal, saludable, deseado ni obligatorio”

El deseo tampoco es algo que funciona como un botón que siempre está encendido. La pornografía puede transmitir la idea de que las personas siempre están listas, que siempre tienen ganas y que el deseo aparece de forma automática. Y aparecen autoexigencias y preguntas como: ¿qué me pasa que yo no tengo ganas así? o ¿por qué no deseo o no me excito inmediatamente? Y hay algo que me parece importante mencionar: no todos deseamos de la misma manera. No existe una frecuencia correcta de deseo. No todos tenemos las mismas ganas ni las mismas formas de excitarnos. Además, el placer no es una performance. Porque muchas veces parece que disfrutar tiene que verse de una determinada manera. Como si hubiera una reacción que demostrara que algo está gustando. Y eso puede generar mucha actuación también en la vida sexual. Personas que sienten que tienen que demostrar que disfrutan, que tienen que reaccionar de determinada manera, que tienen que llegar a un orgasmo. Entonces, el riesgo de aprender exclusivamente desde la pornografía es que se puede poner mucho el foco en la práctica y el rendimiento, y poco en la experiencia, en el sentir y en la conexión. Una de las cuestiones que preocupa es precisamente que la pornografía se haya convertido en una fuente de aprendizaje sexual para muchos jóvenes, con posibles implicancias para la capacidad de negociar un consentimiento libre y pleno, el respeto mutuo y la igualdad de género. La pornografía puede mostrar muchas cosas sobre sexo, pero no necesariamente muestra algo fundamental: cómo dos personas construyen un encuentro en el que ambas realmente quieren estar, pueden expresar lo que desean y también sentirse libres para elegir y decidir.

– ¿Qué pasa cuando alguien siente que su vida sexual “debería parecerse” a la que ve en internet?

– La sexualidad no debería ser una competencia, no hay que llegar a determinada edad habiendo hecho determinada cantidad de prácticas o habiendo estado con cierta cantidad de personas. Como si el paso a la sexualidad plena fuera demostrar experiencia, aceptando algo para no quedar como “inexperto”, “aburrido” o “raro”, o porque “todos lo hacen”. Porque detrás de esa necesidad de demostrar hay una cuestión de querer parecerse a lo que ven. Es importante poder transmitir que la sexualidad tiene una enorme diversidad y que no hay que construirla desde la comparación. La sexualidad no tiene que ser espectacular para ser buena, tiene que ser propia. La comparación puede generar inseguridad, ansiedad, frustración y sensación de insuficiencia, caer en prácticas riesgosas, no saludables y no deseadas. La educación sexual integral justamente incluye dimensiones cognitivas, emocionales, físicas y sociales de la sexualidad, además de relaciones, respeto, consentimiento, comunicación y toma de decisiones. Dimensiones que no aparecen representadas en la pornografía.

– Y en tu experiencia, ¿crees que existe una dependencia a la pornografía? ¿cómo se aborda?

– Sí, existe el uso problemático o compulsivo de la pornografía, pero acá me parece importante hacer una aclaración porque muchas veces se habla de “adicción a la pornografía” como si cualquier persona que mira pornografía frecuentemente tuviera una adicción, y no es así. La OMS reconoce dentro de la CIE-11 el trastorno de comportamiento sexual compulsivo, y esto es importante porque el diagnóstico no se hace simplemente porque una persona mire pornografía mucho, ni porque tenga una frecuencia determinada. Lo que se evalúa es qué lugar ocupa esa conducta en la vida de la persona y si existe pérdida de control, afectando su calidad de vida (interfiriendo en el trabajo, estudios, relaciones o actividades deportivas, etcétera). Es importante, y más en el caso de adolescentes, no abordar el tema desde el miedo, la vergüenza o el castigo. Porque si un adolescente siente que cada vez que habla de sexualidad va a ser juzgado/a, probablemente deje de hablar. Necesitamos que pueda decir: “vi esto”, “me pasa esto”, “no sé si es normal”, “me genera dudas”, sin sentir inmediatamente que hizo algo terrible. Eso no significa normalizar cualquier conducta ni dejar de poner límites. Significa poder acompañar y educar sin generar silencio.

“La educación sexual integral justamente incluye dimensiones cognitivas, emocionales, físicas y sociales de la sexualidad, además de relaciones, respeto, consentimiento, comunicación y toma de decisiones”

No toda persona que consume pornografía tiene una dependencia. Y no toda frecuencia elevada implica necesariamente un trastorno, sobre todo, hay que evitar patologizar automáticamente la sexualidad o la masturbación. El punto está cuando la persona siente que ya no está eligiendo, cuando intenta parar o disminuir y no puede, afectando esa conducta repetitiva la calidad de vida. Ahí es necesario hacer una consulta con un profesional especializado, pero consultar no significa necesariamente que la persona tenga una adicción, significa que hay algo que le está provocando malestar o dificultad. Es importante que se acuda a consulta con un profesional que tenga formación específica en sexualidad y en conductas compulsivas, porque merece no solo una mirada clínica sino una mirada sexual integral.

– ¿Y qué herramientas deberían tener los adolescentes para diferenciar ficción de realidad?

– Para mí, esta es una de las preguntas más importantes: no alcanza con decir “eso es mentira”. Hay que enseñarles cómo mirar críticamente. Necesitan saber que lo que aparece en pantalla es una producción (hay selección, actuación, edición y objetivos comerciales). Que no representa a todas las personas, que no todos los cuerpos son iguales, que no todos desean lo mismo; que el consentimiento importa y puede retirarse en cualquier momento. Es importante resaltar que el placer no tiene una única forma y que no todo el mundo disfruta de lo mismo; que es necesaria la comunicación sexual, no se puede saber lo que otra persona quiere simplemente suponiéndolo.

– Finalmente… si tuvieras que dar un solo mensaje a quienes hoy están formando su sexualidad, ¿cuál sería?

Les diría que no hay una única manera correcta de vivir o construir la sexualidad. En una época en la que reciben muchísima información y también desinformación, es fundamental que puedan desarrollar una mirada crítica. No todo lo que ven en redes sociales, en internet o en la pornografía representa la realidad ni debería convertirse en un modelo a seguir. También me parece importante transmitirles que su sexualidad les pertenece. Que pueden preguntar, tener dudas, poner límites, cambiar de opinión y decir que no. Y que el consentimiento, el respeto y el cuidado deben estar siempre presentes. Y algo fundamental: la sexualidad atraviesa a todas las personas, más allá del género, la identidad o la orientación sexual. Por eso necesitamos hablar de estos temas de manera inclusiva, sin prejuicios y sin dar por sentado cómo cada persona siente, desea o vive su sexualidad. Mi mensaje sería que no tengan miedo de preguntar ni de buscar información y acompañamiento adecuado. Una sexualidad saludable no se construye desde la vergüenza, el miedo o la presión, sino desde el conocimiento, el respeto, la libertad y el cuidado.

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