Ni tan zurdo, ni tan puto, ni tan ruidoso. Pero, como sucede en cualquier orden de la vida, las posiciones extremas y dañinas hacen que, quienes no adherimos a las mismas, nos volquemos, como contrapeso defensivo, hacia el otro extremo. Y, como para lógica que encuentra en el presidente Javier Milei su mejor encarnadura —pero que lo trasciende largamente— toda demanda pública es reducida a un reclamo de “zurdo” (como es la demanda por la educación y la universidad pública, la salud pública y, en general, las condiciones mínimamente dignas de vida): más vale zurdo que reaccionario; más vale puto que reprimido, misógino y violento; más vale ruidoso, que cómplice obediente.
El gobierno libertario ocupa un lugar de transición, una larga transición que comenzó con el agotamiento del modelo kirchnerista, durante el segundo mandato de CFK, se profundizó en el macrismo y se terminó de degradar durante la lamentable experiencia Fernández-Fernández. No sabemos del todo qué viene, pero el actual, sin lugar a dudas, no puede ser nunca un punto de llegada. Eso está claro.
Y en esa disputa por el sentido de lo que viene, el libertarismo plantea —como planteó el kirchnerismo— a la batalla cultural como columna vertebral de la disputa de sentido de la realidad. En esa batalla ubica a las llamadas “minorías” (grupos sociales minoritarios que se encuentra en desventaja relativa en comparación a los miembros del grupo social dominante) en el lugar de enemigo. El camino es la descalificación y la invalidación constante: no importan los argumentos, el enemigo es un “zurdo empobrecedor” o algo por el estilo.

Los pobres exponentes de la extrema derecha argentina, que da sus primeros pasos dentro de las normas de la democracia, sin tanques en las calles ni terror de sangre, evidencian una retórica poco elaborada, pobre, muchas veces dañina a la razón, estúpida e infantil, pero cruelmente efectiva. Permeable en una sociedad cansada, siempre resiliente (porque “no queda otra”), pero harta de la falta de soluciones de nuestra clase dirigente: política, sobre todo, pero también empresarial y gremial.
Entonces, la degradación avanza. Los límites se corren y la ecuación se invierte: los débiles deberán ser sometidos ante la fortaleza de los fuertes, porque el Estado benefactor ahora es una mera pantalla que garantizó la sobrevida de los Insaurralde y de los Kueider de la patria. Así, que el recorte lo sufran los discapacitados y sus familias; las docentes y sus familias; los trabajadores de salud y sus familias. Simplemente, porque en la concepción libertaria el Estado no debería existir (el Estado es el hospital público y la escuela a la que van nuestros gurises).

Hoy, 27 de junio, se conmemora el Día Nacional de la Prueba de VIH en Argentina, con la finalidad de promover el diagnóstico temprano y concientizar sobre el tema. Pero esta fecha llega con noticias de recortes de más de $800 millones al programa nacional de VIH, tuberculosis y hepatitis, por ejemplo.
Esta también fue la semana en que la Corte Suprema de Justicia ordenó al Ejecutivo Nacional cumplir con la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada por el Congreso de la Nación. Sí, la casta judicial (¿por caso la más casta de las castas del Estado?) abaló una norma ampliamente democrática y popular como es el mínimo e indispensable sostenimiento del sistema universitario público argentino. Algo que en algún momento fue orgullo nacional, y lo sigue siendo para una enorme mayoría. Marchar, una, dos, tres, mil veces, agota, pero sirve.
Hoy, 27 de junio también se celebra el orgullo y la diversidad sexual, otros enemigos elegidos por el libertarismo. En Gualeguaychú se conmemorará el mes del orgullo LGBTIQ+ con un festival en la Vieja Terminal. Será por la tarde, de 16 a 21 horas, organizado por el colectivo Orgullo Gualeguaychú.
La fecha, el mes de junio en realidad, es una invitación a reflexionar sobre “los derechos conquistados, la diversidad y la importancia de seguir construyendo sociedades más inclusivas”, dice el documento firmado por la organización.

Las trabas, los putos, las diversidades sexuales vuelven a hacer ruido y a ponerle el cuerpo a la verdadera libertad, no la del mercado de varones ricos y todos poderosos, la libertad de ser quien se es, sin pagar ningún tipo de costo por ello. En eso, hay quienes vemos simplemente libertad y hay quienes ven conductas desviadas, patologizadas y enfermizas. Y al enfermo hay que curarlo, por las buenas o por las malas. Esa lógica, también, es parte de la batalla cultural librada.
Ni tan zurdo, ni tan puto, ni tan ruidoso, ok. Pero, ante la extrema derecha, que desprecia lo diferente y que destruye lo común: más organización, más encuentro genuino y mucho más ruido.
