Cuando nacemos las bienvenidas o venidas a secas son variadas. Sin embargo, con la llegada aparece un boleto casi universal que se le entrega a la gurisada para la vida. Una especie de volante que tiene una letra pequeña que dice algo así:
“Conozcan este mundo que armamos para ustedes, con reglas, tiempos, desigualdades, normalidades, competencias y guerras. Pasen, los convocamos a vivir la infancia pensando desde la nostalgia y la esperanza adulta. Habiten este mundo hablando bajito o poco, porque sus saberes son recientes y el error está mal visto. Sonrían porque pensamos una cultura para los chicos, hasta los 14, donde pueden saltar en inflables o ver espectáculos perfectamente diseñados por nosotros para ustedes. Pasen y no usen tanto las pantallas, no tenemos tiempo para mirar nuestros dispositivos y los suyos a la vez”
Existe una analogía que funciona muy bien para conectar con esta idea. Luis Pescetti dice que la gurisada se parece a los inmigrantes, no en el espacio sino en el tiempo. Llegan a un presente totalmente construido por nos-otros, que deben rápidamente conocer y al que deben adaptarse para sobrevivir, crecer y triunfar. Ese mismo presente donde los ciudadanos somos los adultos.
¿Existen lugares que atesoren la opinión de la gurisada y su creatividad para transformar el mundo? ¿Y en la definición de políticas, en la planificación de ciudades, espacios y de actividades?
Las paradojas de la infancia son aquellas contradicciones sociales y pedagógicas que aparecen cuando cruzamos la realidad de niños/as con las políticas públicas y el mundo adulto. Pensemos en nuestra comunidad y en las propuestas que existen. Con un mate de té, vamos a cruzarlas con tres palabras: infancias, ciudad y políticas.
La infancia es pensada solo como una franja etaria hacia la cual se orientan propuestas de entretenimiento y consumo en algunos espacios. No es percibida como un modo de habitar el mundo. Cuando hablamos de una política pública desde y con los niños y las niñas, primero tenemos que reconocer que hay infancia en todos los momentos de nuestra vida y, sobre todo, creer en la ciudadanía de la gurisada, en sus palabras con la potencia trasformadora que poseen, construyendo espacios para la imaginación, la exploración y el encuentro, extra cotidianos y poéticos.
“Tenemos que reconocer que hay infancia en todos los momentos de nuestra vida”
Sigue en esta línea repensar el espacio público. La planificación de las ciudades se disputa entre gestiones adultas, la gurisada no suele ser parámetro para pensarla y, por eso, deja de ser inclusiva para toda la comunidad. Galpones con ferias, un parque aéreo o más hamacas en las plazas, no bastan. Chiqui González dice que las ciudades y sus espacios son nuestro lugar en el mundo; se trata de quiénes somos, del lugar convertido en personas, de la comunidad convertida en ámbito. Por eso sin ese lugar físico y simbólico no hay ninguna política pública.
Ahora bien, sumemos la palabra política. La política es el arte de vivir juntos, es desafío y capacidad de convocar a lo colectivo. Es la infancia de la gurisada y de los adultos conviviendo en un tiempo y en un espacio, con cuerpo, materialidades y acción.
Por eso, las gestiones de la cultura, de la memoria, de la planificación de la ciudad en todas sus áreas tienen el desafío de revisarse. Inclusive, las políticas ni debieran decirse públicas, porque si son privadas están más cerquita de ser lobbies. Si la infancia es el futuro vayamos soltando las propuestas que se arman con la dupla dador- beneficiario o que se miden por la circulación de masas. Y claro que es posible: hay muchas experiencias que existen hace años en nuestro país que conciben a la infancia como una patria sin límites. Esa misma que nos permite imaginar y construir realidades frente al dolor y la exclusión.
Quienes venimos a refutar nuestro propio estar adulto, creyendo en lo nuevo que trae la gurisada, pensamos que, cuanto más se habite la infancia, más posibilidades hay de afrontar lo que desconocemos y de hacer más humano lo que parece estar dejándolo de ser.
