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PEREGRINAR A LUJÁN

UN HORIZONTE EN LA FE POPULAR

“Pocas expresiones masivas nos permiten ver tan nítidamente parte de la esencia de nuestro pueblo, hermoso, dolido, contradictorio”, escribe Agustina Díaz, desde su particular y sensible pluma. Y tiene razón.

Ilustración: Diego Abu Arab
Edición 154 - 3 de octubre de 2026
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3 de octubre de 2026 • Reloj 8'

En estas horas miles de personas están caminando en dirección a la Basílica de Nuestra Señora del Luján. Una peregrinación que reúne cada año a más de dos millones de personas que van en búsqueda de bendiciones, paz o para agradecer un don que han recibido en sus vidas. Piadosos y profanos, todos caminan a la par, como un pueblo en movimiento y en búsqueda de su horizonte. 

LA HISTORIA DE UN PUEBLO PEREGRINO

La tradición popular se remonta al año 1630, cuando los territorios de la actual República Argentina comenzaban a ser explorados y administrados por la corona española. Dice la leyenda, transmitida de generación en generación, que dos carretas transportaban la pequeña imagen de la Virgen desde Buenos Aires hacia Córdoba cuando los bueyes se detuvieron cerca del río Luján y no hubo forma de continuar la marcha. Aparentemente, la voluntad divina quiso que fuera allí donde se entronizara esa advocación de la Virgen para que quienes llegaran sintieran su paz y consuelo. 

Consolidada la tradición con el paso de los años, al cumplirse 3 siglos de aquel episodio, el papa Pío XI confirmó a la Virgen de Luján como Patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay y, desde entonces, su imagen está presente en miles de hogares argentinos y espacios sagrados de nuestro territorio. 

Las peregrinaciones al lugar comenzaron desde el siglo XVII, pero fue en 1975 cuando se realizó la primera masiva peregrinación juvenil que se continúa hasta nuestros días con personas que llegan desde todos los rincones del país para caminar unos 60 kilómetros hasta el santuario.

“El papa Pío XI confirmó a la Virgen de Luján como Patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay”

BAJO UN MISMO CIELO

La peregrinación a Luján es una experiencia de fe y celebración popular de las más hermosas que existen en nuestro país, sea mirada con ojos de espiritualidad o con ojos de comunidad, porque allí convive lo místico con lo mundano, en una conjunción perfecta y conmovedora. 

Lo divino y lo profano se dan la mano para acompañarse y lo logran. Grupos parroquiales van recitando el padrenuestro o cantando las canciones propias del culto para confundirse con las melodías que salen de los parlantes y celulares de los pibes que escuchan rock, cumbia villera o reguetón.

Las plegarias desprendidas de los rosarios de religiosas, monjes, sacerdotes y fieles piadosos se entremezclan con las carcajadas alegres de los gurises que se arrojan a la aventura, no porque quieran andar rezando sino porque quieren estar allí, donde están los demás. El mate, la jarra loca, el agua bendita, el porro, la torta frita, el choripán y la fruta regenerativa, todo eso y más mezcla en una convivencia extrañamente armoniosa en la que se multiplican los abrazos de aliento, los apretones de mano y el mantra de ¡dale que llegás!  

Están los grupos de la iglesia, los amigos, las familias que mantienen la tradición con sus hijos, las parejas que entrelazan sus manos y esperanzas y los que caminan solos repasando para sus adentros las intenciones, las excusas o los motivos por los que caminar tantas horas bajo el sol, la lluvia o el frío.

Alrededor de los pasos que cada peregrino o peregrina da, acontece un mundo. Están quienes van a agradecer la salud, el trabajo y los dones con que Dios lo ha bendecido y están los enfermos, incluso graves, que quieren ponerse en manos de la Virgen como quien deja arcilla en las manos de un alfarero. 

Cuando una ha peregrinado, sobre todas las cosas, puede percibir el dolor y la necesidad imperiosa de un alivio. En definitiva, es como buscar en esa imagen religiosa de María, la madre de Dios, el abrazo de una madre en el que empequeñecerse para sentirse que todo estará bien. 

Peregrinan, hombro con hombro, el corazón santo con el pecador, el católico y el agnóstico, el entendido en cultos y ritos y el que solo tiene el lenguaje de la calle y la necesidad, el que cree y el que necesita fe.

Acompañan el peregrinar las y los “servidores”, miles de personas voluntarias que tienen el desafío de contribuir por largar horas a que lleguen a destino los demás, esos que no conocen, pero por los que rezan, esperan, curan, alimentan o hidratan.

Son los grupos de servicio los que montan baños móviles por los 60 kilómetros que hay entre el barrio porteño de Liniers hasta Luján, los que masajean las piernas contracturadas, desinfectan las ampollas de los pies que sangran por el esfuerzo, dan un vaso de agua o un pedazo de manzana y son los que gritan con toda la fuerza de su voz ¡vamos peregrinos que falta poco! como quien lanza un grito desesperado contra todo pronóstico para que el horizonte se haga más cercano.

“Peregrinan, hombro con hombro, el corazón santo con el pecador, el católico y el agnóstico, el entendido en cultos y ritos y el que solo tiene el lenguaje de la calle y la necesidad”

También están los miles de vecinos que aprovechan el fervor religioso y popular para hacerse un mango y llevar el pan a sus mesas. Puestos de choripanes, gaseosas, cervezas, bastones y estampitas se entremezclan. 

TODOS TIENEN RECOMPENSA

La distancia que separa la largada del objetivo representan un promedio de 15 horas de andar. Los primeros ratos están cubiertos por la expectativa de la largada, el encuentro con los conocidos y las múltiples estrategias para tener una marcha firme y en lo posible sin dolor, condenadas a fracasar más temprano que tarde. 

Con el paso de las horas, cada truco va perdiendo su efectividad, pero va en aumento la fe. Con cada kilómetro los peregrinos se llenan de las anécdotas, las experiencias de vida y las intenciones de las muchas personas que los rodean. Personas que quizás no volverán a ver jamás, pero que escucharon allí, como quien confía en un extraño sus más íntimos pensamientos.

“Pocas manifestaciones católicas son tan abiertas, diversas y cercanas a la identidad popular como esta, porque nadie juzga, nadie mide, nadie condena, nadie culpabiliza, nadie condiciona un amor que, en verdad, es incondicional”

Al llegar a las inmediaciones de la basílica, la emoción provoca un arrebato de satisfacción y llanto. Muchos fieles se arrodillan, porque eso prometieron, mientras otros caminan a su lado para sostenerles la mano. Otros corren, como corren los que se encuentran con un ser amado que hace mucho que no ven. Y otros, atribulados por las ampollas y el dolor de los pies, dan pasos pequeños y pesados llenos de testarudez. 

La basílica, despojada de sus bancos interiores, espera a los peregrinos con baldes de agua bendita que se arrojan incesantemente, encastrando el lugar. Una estrecha circulación permite acercarse al altar para ver la pequeña imagen de la representación de la Virgen que tiene en el manto los colores de la bandera argentina. Abajo, cientos de jóvenes se duermen en el piso acunados por su fe.

Pocas expresiones masivas nos permiten ver tan nítidamente parte de la esencia de nuestro pueblo, hermoso, dolido, contradictorio. Pocas manifestaciones católicas son tan abiertas, diversas y cercanas a la identidad popular como esta, porque nadie juzga, nadie mide, nadie condena, nadie culpabiliza, nadie condiciona un amor que, en verdad, es incondicional.  

En tiempos de atomización, odios, intolerancia, desconfianza y soledad, el peregrinar de unos cientos de miles de nuestros/as compatriotas nos invita a pensar que vale la pena juntarnos, echarnos a andar y creer en algo. 

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