Termina otro Mundial y me dan ganas de putear otra vez al tiempo, que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos.
Como en el 22, cuando pensamos que era la coronación perfecta para un rey (o un jeque) del futbol, o este miércoles cuando se dio el deseo de tres generaciones y le ganamos a nuestro rival más doloroso.
Y sufriendo, siempre sufriendo, porque si hay un pueblo que sabe lo que es sufrir, es el nuestro. Pero un poco el futbol nos da revancha. Como en el 86, y como ahora. Por eso el fútbol acá nunca fue ni será solamente fútbol.

Porque de vez en cuando ocurren esos bellos milagros. Por eso cada vez que nos ilusionamos nuestros abrazos se llenan de veni vení, cantá conmigo y discutimos con los que dicen que son once personas corriendo atrás de una pelota.
Pero ¡ay mamá! Si nos hacen encontrarnos, cantar juntos, abrazarnos, llorar y volver a creer en algo, esos once se guardan en esa cajita a la que le decimos corazón y se vuelven inmortales. Porque es así, el que hace feliz al pueblo que sufre tiene la gloria asegurada.

Y aunque la patria no sea sólo el futbol, estos once nos tienen acostumbrados a no mirar la moneda, porque el destino está en nuestras manos. Y porque sí, porque sobran las bolas. Porque el que no salta es un inglés ladrón y pirata, y el que no se ilusiona es un español y colonizador.
Y si me quedan deseos para pedirle al genio del fútbol… que el último baile… que el último baile sea una de La Mona.

Por el Diego, por Francisco, por los 40 millones de argentinos y por todos los otros enamorados de una zurda enigmática que ningún jugador tuvo chance de descifrar.
El domingo, cueste lo que cueste. Después… después veremos cómo hacemos para extrañarte.

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