Entre los días 1 y 2 de julio, un buque de guerra británico, el HMS Medway, navegó por aguas territoriales de la República Argentina rumbo al puerto de Punta Arenas en Chile, sin que se haya producido un aviso previo al Gobierno argentino, tal como establecen los acuerdos de paz de Madrid I y II. Estos tratados estipulan que todo buque de guerra de bandera británica o argentina que vaya a navegar por aguas del otro país debe comunicarlo a la contraparte.
El HMS Medway navegó por el Mar Argentino frente a las costas de las provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Esta incursión marítima fue detectada por la Armada Argentina que, además de dar aviso a las autoridades nacionales, realizó un seguimiento del buque extranjero empleando capacidades aéreas y electrónicas. Sin embargo, recién el 14 de julio el Gobierno nacional protestó ante la Embajada del Reino Unido de Gran Bretaña, empujado por el reconocimiento de la sociedad hacia la Causa Malvinas, azuzada por el ocasional partido de fútbol por las semifinales de la Copa del Mundo 2026.
Los hechos parecieran demostrar que esto no es un caso aislado, sino más bien una provocación con un claro interés político por parte del Reino Unido: demostrar que un barco de guerra puede navegar aguas de una nación rival, la Argentina, sin que su gobierno reaccione, proteste o se lo impida. Lamentablemente, la tardía reacción de la Cancillería argentina demuestra un largo accionar en materia de desprestigio de la Causa Malvinas desde la asunción de Javier Milei como presidente en diciembre de 2023.
“Se proyecta que en 2028 se iniciará la explotación de hidrocarburos bajo el fondo marino cercano a las Islas Malvinas”
Las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, ocupados ilegalmente por el Reino Unido de Gran Bretaña desde 1833, representan un enclave estratégico para el control del Atlántico Sur. Se trata de un vasto espacio marítimo que une los continentes de América del Sur y África, estratégico por su cercanía con el continente antártico y por el paso bioceánico hacia el Océano Pacífico.
En igual sentido, los recursos naturales vivos y no vivos que posee esta amplia región son la base de la explotación económica de las islas. Principalmente la pesca de altura, que el gobierno ilegal licencia a empresas pesqueras de origen europeo y asiático, o donde pescan flotas de otros Estados, mayormente la conocida flota de la República Popular China. Asimismo, se proyecta que en 2028 se iniciará la explotación de hidrocarburos bajo el fondo marino cercano a las Islas Malvinas, en los ya explorados yacimientos de Sea Lion (León Marino), un recurso energético del que se conoció su existencia hacia fines de la década de 1970 y que constituyó un fuerte motivo para sostener la presencia británica en el archipiélago.
Desde que asumió la conducción del Estado argentino, Javier Milei puso la Causa Malvinas en segundo orden con el argumento de recuperar el vínculo comercial y político con el Reino Unido de Gran Bretaña, desprestigiando el reclamo de soberanía sobre el archipiélago. Como si fuera poco, la alianza profunda con los Estados Unidos de América —país que tiene un especial interés en el Atlántico Sur, la Antártida y la amenaza que representa la presencia de China en esta región— agregó una tensión especial a las posiciones de sostenimiento de la soberanía sobre el territorio nacional, sus poblaciones y sus recursos naturales.
“Si nadie patrulla el mar, ellos pueden navegar sin riesgos, consolidando una estrategia de dominio de hecho sobre el espacio insular y marítimo austral de nuestro país”
Por otro lado, la gestión económica del gobierno pone en retirada a las capacidades que el Estado argentino posee para ejercer la soberanía sobre el Mar Argentino, la Zona Económica Exclusiva, el Sector Antártico argentino y la Patagonia. El progresivo desfinanciamiento de los presupuestos de Defensa Nacional, de Ciencia, Tecnología e Innovación, sumado a la desinversión en las Fuerzas Armadas, restringe la presencia estatal en los espacios de dominio argentino. Esta es una situación que los británicos saben interpretar con claridad: si nadie patrulla el mar, ellos pueden navegar sin riesgos, consolidando una estrategia de dominio de hecho sobre el espacio insular y marítimo austral de nuestro país.
Que un gobierno argentino deje en segundo plano el reclamo permanente de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, limitando las políticas y acciones que tienden a garantizar la presencia del Estado y la presión hacia el Reino Unido de Gran Bretaña para iniciar los diálogos por la vía diplomática, refuerza la idea de la “desmalvinización”, como sostiene el reconocido especialista en la materia, Juan Rattenbach.
Este proceso de desmalvinización implica que desde los organismos públicos nacionales se deje de lado de manera constante el reclamo de soberanía para priorizar otros intereses contrarios a la posición argentina. Algunos de estos intereses son coincidentes con los británicos, como asegurar la libre explotación de recursos naturales en el Atlántico Sur o hacer la vista gorda cuando un buque de guerra surca nuestras aguas sin recibir ningún reclamo.
Tras el conflicto armado de abril-junio de 1982, la República Argentina sostiene la necesidad de retomar las conversaciones diplomáticas con la potencia que ocupa ilegalmente nuestro territorio, a lo cual se niega sistemáticamente el Estado británico. En este marco, lo más detestable que podemos hacer desde el Estado y el gobierno argentino es no hacer nada y mirar para otro lado.
Por suerte, como dijo un General de la Nación hace muchos años, lo mejor que tenemos los y las argentinas es nuestro Pueblo. Por eso, hace unos días, la sociedad argentina desplegó una bandera al terminar un partido de fútbol clave y que fue visto en todo el mundo, con un único e histórico reclamo: “Las Islas Malvinas son argentinas”.

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