Hice una promesa antes de que empezara el Mundial. No iba a mirar un solo partido.
Precisamente porque me gusta tanto el deporte (en general) y reconozco la capacidad que tiene de emocionarnos, de reunirnos, de monopolizar su atención durante un par de horas (como es en el caso del fútbol). Debe ser que por eso me resultó insoportable el silencio que rodeó a este Mundial.
Mi protesta fue pequeña, casi insignificante. Decidí hacer un esfuerzo muy grande y no prender el televisor. No participar de encuentros para ver los partidos; tampoco generar encuentros para el ritual colectivo. No comentar ni mirar resúmenes. Hacer con esa abstención un gesto político, aunque sólo lo supiera yo.
Había razones.
De forma previa al comienzo del mundial, ninguna selección parecía encontrar una palabra para decir “algo” acerca del escenario internacional ya conocido y montado por uno de los tres países que los recibirían. Ninguna selección encontró palabras para posicionarse frente a un país que sostiene alienantes y constantes operaciones militares en el mundo.
Hablamos de Estados Unidos, claro.
Sólo por nombrar algunas de las políticas de Donald Trump, de estilo xenofóbico y nacionalismo extremo: entre el 2025 y lo que va del 2026 se la pasó bombardeando a Irán, de la mano de su aliado Israel, con quien alimentan ese vínculo ferviente y monstruoso por desplomar el conflicto en medio oriente y quedárselo todo. Ahorita nomás, en esta primera quincena de julio, en plena fiesta futbolera, fueron seis jornadas consecutivas de ataques a bases militares, radares costeros y puentes en Irán. Desfachatez e impunidad ante los ojos del mundo.
No bombardeó Palestina, directamente. Pero el apoyo incondicional al Estado de Israel es la aprobación absoluta al genocido de este pueblo.
¿Recuerdan a comienzos de año en Venezuela? No sé qué cantidad de aeronaves militares estadounidenses se metieron en territorio venezolano, bombardearon radares y sistemas de defensa, y se llevaron preso al presidente Nicolás Maduro. ¡¿Qué?! Hoy, en plena fiesta deportiva, después de dos terremotos inauditos que dejaron “tierra arrasada” en Venezuela, hoy, si hoy, Maduro sigue preso en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn.
Siempre se dijo, como un protocolo mundial, que el deporte une a los pueblos. Sin embargo, cuando los pueblos son bombardeados, expulsados (no nos olvidemos de ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos) o convertidos en enemigos, el fútbol parece elegir el idioma del silencio.
El silencio entonces de pronto habla y la “no manifestación” es una forma de manifestación.
Mi segunda razón para no ver el mundial tuvo nombre propio: Lionel Messi.
“No mezclarás deporte y política”, volvemos a escuchar, casi como un mandamiento, como si fuera un mantra de alto rendimiento. Esa fue, incluso, una de las explicaciones cuando la Selección decidió no llevar la Copa del Mundo a la Casa Rosada después de Qatar. La imagen pretendía sostener una idea sencilla: los futbolistas juegan al fútbol; la política pertenece a otro terreno.
Sin embargo, el mundo entero vio a Messi caminar por la Casa Blanca, sonriéndole a Trump y estrechando su mano, sellando un pacto de simpatía y retratando un sentido ideológico.
“¿Fue nuestro error esperar que brotase de Messi una pizca ínfima del sentimiento popular, ese modo de ser voz del pueblo que supo tener Maradona?”
A lo mejor, quienes llegamos a ver y a escuchar a Diego Armando Maradona, incluso quienes lo conocieron a través de registros audiovisuales, nos fue inevitable hacer analogía entre estos dos “diez” argentinos. ¿Fue nuestro error esperar que brotase de Messi una pizca ínfima del sentimiento popular, ese modo de ser voz del pueblo que supo tener Maradona? Quizá fuimos nosotros quienes seguimos esperando escuchar en la boca de Messi las palabras que alguna vez pronunció el Diego.
Esperábamos a lo mejor un gesto de rebeldía. Una frase incómoda. Pero Messi nunca prometió ser Maradona.
Aquí se suma otra evidencia difícil de discutir. Sentimos a los jugadores de forma muy cercana, porque nos une el sentimiento y la efervescencia del triunfo o la tristeza de la derrota, porque compartimos una camiseta, un sentimiento común. Es una cercanía emocional, pero una distancia económica y social abismal. Ellos pertenecen a un universo al que muy pocos acceden. Representan ese porcentaje mínimo de personas que a través de su talento obtuvieron privilegios materiales extraordinarios.
Son los jugadores todo lo posible y lo inalcanzable al mismo tiempo.
Ya con el mundial encima, sumé un motivo más a mi listado de los “por qué” no ver el show. De pronto, el trato acribillador hacia el equipo iraní. Ante todas las potencias futbolísticas, el tribunal estadounidense de la inquisición mostró al mundo entero el hostigamiento y la perversidad descarada que puede ejercer sin prurito alguno. Otra vez el fútbol dejó bien claro hasta qué punto la política nunca abandona la cancha. Las presiones alrededor de la selección iraní, la vigilancia permanente, las advertencias, las tensiones diplomáticas y el control sobre los símbolos confirmaban algo evidente: la FIFA puede repetir hasta el cansancio que no quiere política en el fútbol, pero el problema es que el mundo llega al estadio cargando toda la política que existe fuera de él.
Con ese escenario como prólogo hice un esfuerzo enorme por sostener mi promesa. No vi la fase de grupos. Mientras se organizaban encuentros para reunirse y ver los partidos, yo buscaba cualquier otra cosa para hacer. Durante algunos días sentí un pequeño orgullo. Había logrado sostener una decisión incómoda en un país donde el fútbol altera toda cotidianidad y todos los humores.
Pero el fútbol tiene una manera muy particular de hacerse presente, como la gota que horada la piedra, sin fuerza, con constancia y persistencia (valga la metáfora para llevarla al escenario actual del fútbol que mejor te quepa)
Contra Cabo Verde empecé a mirar de reojo mientras hacía otras cosas en la casa.
Contra Egipto terminé viendo un tiempo entero.
Contra Suiza ya no hubo resistencia posible.
El partido lo vi completo. Me sentí infartada, grité los goles, reclamé cambios y traje a mi mente algunas cábalas de la suerte.
No olvidando mi promesa, por supuesto, opiné cuidadosamente, pero sin ningún bozal porque de fútbol estamos todos autorizados a hablar. Mejor no hablar de ciertas cosas, sí, pero de fútbol todos, todas y todes. Infancias, juventudes y adulteces.
“Después llegó Inglaterra. Y ahí ya no fue posible seguir fingiendo que se trataba solamente de fútbol”
Después llegó Inglaterra. Y ahí ya no fue posible seguir fingiendo que se trataba solamente de fútbol. Antes del partido, la FIFA recordó que no serían admitidas insignias (banderas, remeras y otros) que tuvieran connotación política; un mensaje claramente y exclusivamente hacia los argentinos.
Miércoles 15 de julio. Los ingleses, jugadores e hinchas, estaban en el estadio con esa elegancia distante que parece no alterarse nunca. Y del otro lado había un país que imaginó mil veces volver a enfrentarse a Inglaterra en un partido mundialista; es que efectivamente quedan varias cosas en el tintero y por eso no era un partido más. Nunca lo fue. Se jugaban noventa minutos, pero también las islas, la guerra, los pibes que volvieron y los que no, la dictadura, las canciones de cancha, las sobremesas familiares, el gol de Maradona en México 86, esa revancha simbólica que nos salvó de tanta angustia.
¿Habrá sido entonces una conversación pendiente de la historia argentina?
Argentina jugó quizá el mejor partido del campeonato. Fue un juego estudiado, táctica planeada y seguida al pie de la letra, se notó toda esa seguridad de juego, ese juego que fue creciendo sin improvisaciones, como un manual pedagógico del buen partido, un ABC de las jugadas indicadas para cada momento. El partido fue la habilidad con el cuerpo entero de los jugadores y el arte táctico de la insuperable dirección técnica.
Una lección para todos los jugadores de todas las categorías de fútbol del mundo. Un cristal pulido para observar por todas las dirigencias y entrenadores de todas las categorías de todos los deportes del mundo. Más que una exhibición individual, fue una lección colectiva.
Pensé entonces en mi promesa. En todas las razones que me habían llevado a no mirar el mundial. En el esfuerzo por sostener una protesta íntima.
Cuando terminó el partido ocurrió algo inesperado.
A mi entender, el más corajudo partido de todos los mundiales jugados hasta el momento. Perdón si no es compartida esta mirada, pero así lo entendí: ante las cámaras de todo mundo los jugadores argentinos (no todos) desplegaron, custodiaron, bancaron un trapo pintado a mano con la frase «las Malvinas son argentinas». Ni una bandera oficial. Ni una puesta en escena. Un trapo. Eso que en Argentina llamamos simplemente un trapo.
Ese cierre me emocionó hasta las lágrimas: fue la manifestación política que esperaba que estuviese presente en uno de los eventos más esperados, más cotizados y de mayores intereses del mundo. Fue la manifestación más clara en la que no hay disociación posible del ser humano: somos lo que elegimos ser en el momento que elegimos estar y nos comprometemos con lo que creemos, sentimos y buscamos, con nuestra historia y nuestra memoria colectiva.
Comprendí que el problema nunca había sido mezclar deporte y política. Porque el deporte nunca estuvo separado de la política. Lo que cambia no es su presencia. Lo que cambia es quién tiene permitido hacerla visible.

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