En tiempos en los que la política suele confundirse con marketing, redes sociales, construcción de imágenes, y la pos verdad de payasos mediáticos con argumentos mesiánicos, existen dirigentes formados en otra escuela. Una escuela en la que la política era militancia con el cuerpo e identidad partidaria con las ideas. Una herramienta para intervenir sobre la realidad. La de quienes entienden que el poder no es un escenario donde exhibirse para no sentirse frustrado, fracasados, que buscan el honor en los asuntos públicos para reivindicarse socialmente, sino una palanca para mover la historia. La de los animales políticos.
El reconocimiento a Pedro “Pemo” Guastavino ayuda como disparador para desnudar y visualizar esa realidad. ¿Por qué Davico hace el reconocimiento? ¿tuvo un gesto republicano de buena convivencia política con el adversario o prepara la garrocha ante el desgranamiento del proyecto político que defendió y acompaña? La respuesta cae por su propio peso, pero no es el motivo del análisis de esta reflexión.
Inmersos en un clima de época que ha convertido al individualismo en una virtud y al compromiso colectivo en una rareza, se instaló la idea de que cada persona es exclusivamente responsable de su suerte. La política dejó de pensarse para convertirse en una gestión de expectativas falaces, mientras que el mercado pasó a ocupar un lugar que antes pertenecía a los proyectos colectivos, llamado modelo de país.
“La política dejó de pensarse para convertirse en una gestión de expectativas falaces, mientras que el mercado pasó a ocupar un lugar que antes pertenecía a los proyectos colectivos”
En los años que la política dejó de ser una discusión de ideas entre adversarios políticos para convertirse en una cuestión de vida o muerte, la dictadura no llegó solamente a encarcelar, torturar, asesinar y desaparecer personas, vino a doblegar voluntades y desarticular una generación que creía en la organización colectiva, en la militancia y en la posibilidad de construir una sociedad más justa. Sembró el miedo donde antes había compromiso y reemplazó la esperanza por el silencio. Fue una tragedia nacional que atravesó a la Argentina, pero también una tragedia íntima que se metió en muchos de hogares, desgarró familias.
La familia Guastavino conoció ese drama en su dimensión más cruel. La violencia política no fue una página de los libros de historia, sino primera persona.
Lo verdaderamente notable, y acaso el centro de esta reflexión, es que más allá de cualquier posición política, Guastavino no construyó una identidad basada en el resentimiento después de haber sido víctima de la violencia del Estado. No hizo de su tragedia personal una fuente de revancha. Eligió el camino de la construcción política, la organización y la gestión. Integró equipos de gobierno al más alto nivel, formó dirigentes y ejerció influencia sin hacer una exhibición. Entendió y utilizó el poder como pocos. Podrán discutirse sus ideas, sus decisiones o sus resultados. Lo que resulta difícil discutir es que, cuando alcanzó los espacios reales de poder, utilizó esa capacidad de incidencia para convertirla en hechos concretos.
Gobernar implica comprender algo elemental, que los recursos son escasos. Conseguir obras, programas e inversiones requiere capacidad de gestión, articulación política y presencia en los ámbitos donde se toman las decisiones. Reconstruirse después de la tragedia, salir desde ese lugar, llegar al poder real, es consecuencia de alguien que no doblegaron, siendo probablemente su rasgo distintivo. Allí reside, quizás, su esencia de un verdadero animal político.


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