Ayer visité a la abuela. Me puse linda con mi campera inflable rosa y mis botas de goma, porque llovía. Estaba nerviosa, muy nerviosa. Papá dijo ayer que la internaron porque tuvo un problema en la cabeza, pero no entendí bien qué. Escuché cuando le estaba contando a mamá, porque a mí me da miedo preguntar algunas cosas, como cuando hablan de sus trabajos y operaciones y pacientes.
Impaciente estaba yo, y movía mis patas en la silla de la entrada esperando a que papá esté listo. Tardaba un montón poniéndose la campera y preguntándole a mamá si yo ya estaba lista. Yo dije que sí, que ya estaba, pero él preguntó otra vez a los gritos hasta que mamá contestó.
Cuando salimos el viento me volaba los pelos y unas gotitas muy chiquitas me lo mojaban. Casi que corrimos al auto. En el camino no hablamos, y es raro porque eso nunca pasa. Capaz papá estaba más nervioso que yo. Yo trataba de disimular mirando para afuera y comiendo un caramelo que encontré en mi bolsillo.
Me di cuenta de que hacía mucho frío porque mis orejas me dolían y hasta mis manos estaban más calientes. Cuando entramos a la sala de espera, que ya conocía porque mi doctor atiende en ese sanatorio, le pregunté a papá si íbamos a esperar mucho. “No sé”, me dijo. También le pregunté si íbamos a venir seguido. “No”, me dijo.
La verdad es que esperamos un ratito chiquito. El doctor, amigo de papá, nos saludó y nos acompañó hasta donde estaba la abuela. Antes le preguntó a papá si estaba seguro, él le contesto que sí, pero no sé de qué estaba seguro papá.
El doctor abrió la puerta, que era de esas que se empujan y vuelven a donde estaba, y nos dejó pasar. El lugar tenía muchas luces y tenía muchas cosas blancas. También se escuchaba el ruido de esos aparatos que suenan en las series que ve mamá, en la tele. Caminamos un poquito hasta una cama, donde se veía que había alguien. No reconocí quien era hasta que papá me alzó.
Me sentó en la misma cama, pero yo me asusté. No quería sentarme ahí. Estaba mi abuela, pero no era la misma que yo había visto hace unos días. Esta abuela estaba despeinada, más canosa, sin maquillaje y con tubos que le salían de todas partes.
Papá le habló como si fuera ella, su mamá. Ella se movía lento, como sin ganas, pero parecía que escuchaba atenta. Miraba para todos lados, y sus ojos sí que se movían con ganas. Como si buscaran algo que no podían encontrar. También me miraba a mí. “Cambiá esa cara”, me dijo papá cuando notó que la abuela me miraba fijo. Yo sonreí, como cuando me saluda el kiosquero que le fía a papá.
Después de un rato, papá se quedó sin charla, y me preguntó si me quería ir. Yo no podía dejar de mirar el caño que salía de la nariz de la abuela, así que dije que sí con la cabeza. Antes de irme, tomé fuerzas y le pregunté si iba a ir a mi cumple, que es este sábado. Ella me sonrió y se le cayó una lágrima por el cachete.
Hoy papá lloró un rato, fue a visitarla y no ha vuelto. Para mí que ésa abuela no era mi abuela. La mía se peina cada mañana y se pone labial, porque siempre dice que es coqueta. Además, no dudaría nunca en ir a mi cumple, porque me quiere mucho mucho.

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