UNA HISTORIA PERSONAL, POLÍTICA Y COLECTIVA

LATASXLETRAS: CÓMO TRANSFORMAR LA BASURA EN ARTE

Sebastián Casco es el nombre del personaje principal de esta historia. Nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por 1985, hijo de una clase media que allá por los 2004 podía pensar en una universidad privada para su hijo. Así, Seba se recibió de Licenciado en Relaciones Internacionales en la UCA y en su paso por la institución laburó “ad-honorem” en el Barómetro de la Deuda Social Argentina, hoy entendido por él mismo como “el cuentapobres de la universidad”.

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Una persona inquieta no puede hacer más que moverse. En 2009, con un título y un mar de incertidumbre sobre lo aprendido, el contraste con la vida, salió de viaje. Y, como todo joven viajero, lo hizo buscando algo y también escapando, ese fantástico 2×1 que ofrece la mochila.

Fueron once los años que estuvo dando vueltas por Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay, Argentina y Venezuela. La ruta se hacía de malabares y trabajos múltiples para bancar el techo y la olla. El resto era la gente y la tierra, el lugar.  Fue un viaje mental en el que Seba buscaba generar un diálogo entre lo artístico y lo académico, entre el semáforo y la biblioteca del pueblo. Las conversaciones eternas con quien estuviera dispuesto a contar fueron dibujando el camino y los primeros trazos que se hicieron palabras, párrafos enteros y finalmente capítulos. Todo tiene un principio.

“Mientras estaba en Arica (Chile) un militante de muchos años me propuso hacer un fanzine. Lo hicimos, obvio, se llamó Escritos corrosivos y era un llamado a la revuelta del trabajo. Desde esa experiencia me llegaron muchos comentarios y en Colombia me invitaron al Festival de Literatura del Putumayo, donde leí y también recibí muy buenas críticas”, contó a La Mala.

El libro surgió fundamentalmente de la bitácora del viaje, la que conserva la rabia de lo injusto, lo indiscutible del territorio y el suavizante académico que orquesta la palabra. “El libro tiene una fuerte impronta de denuncia y crítica”, dice Seba. “Pero se fue lavando en la edición, lo que permitió que el libro fuera más digerible”, aclara.

“Un mundo basura” se llama la síntesis de esos textos vomitados, con el tiempo macerando esa solución y la pericia de Sergio Álvez, quien trabajó en el armado y edición del libro. Pero la historia en sí no es el libro, no es el viaje, tampoco es Sebastián.


Volvió de viaje justo para la pandemia y se mudó a Misiones donde trabaja en una incipiente cooperativa agrícola, que, como buena parte de la economía social, implosionó por esos años. Y ahí vuelve la bronca, lo injusto y el movimiento salen a correr para dejar salir tanto disgusto. “Me iba a Brasil a laburar (tocando la guitarra y la quena en las calles) y cuando volvía salía a correr. El río Uruguay es increíble en mi pueblo y por ahí salía. También era increíble la cantidad de basura por todos lados. Particularmente notoria la presencia de latas, se toma fuerte por acá y se tira en cualquier lado”, recrea, sobre sus años entre la frontera y en El Soberbio, Misiones. Así va cobrando olor a tierra roja esta historia.

Seba traía su historia, su “mundo basura” listo para salir al reclamo y no veía forma de financiar la publicación. A la vez la basura y el río le comían las piernas a diario en esa gimnasia desintoxicante. Y ahí fue donde surgió la cosa. Empezó a evaluar la posibilidad de juntar latas, venderlas y con eso publicar el libro. Mientras corría, limpiaba el río y juntaba el recurso para que esos pensamientos cobren su materialidad. Cerraba por todos lados, cálculos más, cálculos menos eran 500 kilos de latas los que tenía que juntar.

“La escritura fue una herramienta para canalizar ideas, tensiones y en ello descubrí que se podía compartir. Juntar latas fue el camino para poner en acción mis palabras, para cortar y pegar las ideas; reciclar movimientos, pensar las acciones y poder dimensionar todo ese proceso. Lo de las latas fue una ofrenda al río o en verdad al pueblo que me había acogido. No fue solo por el dinero sino una forma de generar conciencia metiéndole el cuerpo a mis ideales”, dice.

Decidido en su empresa, salía a correr todos los días con algunas bolsas y juntaba latas. La acción, el movimiento, tiene una característica muy fuerte que es que genera más acción, más movimiento. Mientras más corría y juntaba latas, más vecinos y vecinas se llenaban de intriga, después preguntaban y, como tercer paso, se sumaban. Finalmente fue sucediendo de manera colectiva. Le juntaban las latas en bolsas para que cuando pase las lleve, también en algunos casos se encargaban de juntar entre conocidos y se las acercaban. Casi sin querer, la misma población que tiraba las latas al río las estaba juntando para sumarse a la causa de “el loco de las latas”.


Dos años y medio estuvo juntando latas. “Latasxletras fue el nombre del proyecto, porque le daba el cierre a todo, la metáfora perfecta de transformar nuestra basura en arte. Con las latas pudimos recaudar la mayor parte, más una preventa y así se pudo publicar. Hoy sólo me quedan 10 libros de 100 que imprimí”, cuenta Seba, con satisfacción plena.

La primera presentación formal del libro fue en la feria del libro en Puerto Rico (Misiones).

“El sueño propio era publicar el libro, pero a la vez el desafío era que todo esto me trascienda y vi en el reciclado un problema muy grande y a la vez una posibilidad. El Soberbio es un lugar donde la mayoría de la gente quema la basura e inclusive se hace desde la Municipalidad. Así fue que después del libro quedó construida una herramienta de transformación muy buena, en la medida en que se colectivizó el proceso con la juntada de latas, lo que le dio a toda la problemática de la gestión de los residuos urbanos en el pueblo una mayor visibilización.


“Desde ahí estamos buscando –aun sin ningún resultado– cómo articular en conjunto con el gobierno, con el desafío de encontrar soluciones colectivas al problema del manejo de la basura. Pero no es nada fácil, Misiones es un feudo gobernado por las mismas personas hace 25 años y, en la complejidad que todo eso trae, los nuevos actores no tienen lugar ni reconocimiento. Por eso, paralelamente venimos apuntando más bien a la sociedad civil, sosteniendo actividades culturales como jornadas de lectura y pensamiento; juntadas abiertas de folklore, y tratando de construir colectivamente espacios de estudio y trabajo. Así surgió una mesa socio ambiental, que venimos sosteniendo y traccionando”, relata.

La de Sebastián Casco es una historia simple, tan simple como potente. La incomodidad se impone como posición política, el movimiento como medio y lo colectivo como herramienta. ¡Cuánto movimiento le hace falta a la incomodidad de este presente! ¡Cuánto nos hace falta reciclarnos como sociedad!

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