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REFLEXIONES SOBRE EL CAOS

MUNDO CRUEL: ¿EN QUÉ MOMENTO PERMITIMOS QUE NOS COBREN POR EXISTIR?

Como quién trata de ordenar el caos en que se ha convertido, en buena medida, nuestra vida cotidiana, María Eugenia Trillo escupe catárticas palabras de dolor y hartazgo, y las cruza con historias de luchas y conquistas, de ayer y de hoy. “¿En qué momento permitimos que nos cobren por existir?”, se pregunta.

Edición 146 - 8 de agosto de 2026
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8 de agosto de 2026 Reloj 9' de lectura

Nada de lo que vaya a expresar en estas líneas será novedoso ni ingenioso. Olvídense de la originalidad. Intentaré, simplemente, ordenar sucesos e ideas para seguir tratando de entender a este “mundo cruel”. Así lo nombraba un viejo amigo de la universidad. 

Ojalá, Freddy, donde sea que estés, mis palabras tengan un poquito de la sabiduría, poesía y concreción que siempre tuvieron las tuyas.

Desde que asumió el gobierno libertario no podemos negar que las cosas cambiaron en nuestra vida cotidiana. Bueno, “cambiaron” es un concepto amable. ¿Quién no ha experimentado en este último tiempo incertidumbre, inestabilidad, agobio, desconsuelo, frustración… o directamente el límite?

Preguntas como ¿cuánto más tenemos que aguantar? o ¿cuál es el límite de todo esto? se volvieron nuestro rezo de todos los días con el deseo de que el asunto, prontito, cambie de color. Supongo que no llegamos aún a nuestro límite absoluto. Pero, con honestidad, que levante la vista quien no se haya sentido colapsado en este último tiempo. Si no es por situaciones propias, son las de amigos, familia, vecinos o bien un relato de alguien que no conocemos pero que se vuelve tan “vivo” y personal que no podemos dejar de sentirnos afectados. Pincha el pecho. 

Esta introducción tan poco feliz tiene un único y gran responsable: el maldito capitalismo.

UN POCO DE MANUAL DE HISTORIA

Los libros dicen que la monetización de la vida le dio fin al sistema feudal. Nos vendieron que el capitalismo fue el progreso, pero leí que en realidad fue la contrarrevolución de los señores feudales, los obispos, los papas y la clase patricia mercantil para frenar el conflicto social del momento.

“La aldea medieval era el escenario de lucha cotidiana”, decía el historiador Rodney Hilton. Los siervos, hartos de servir a los terratenientes, se la pasaban haciendo revueltas: rebelión constante y organizada. Lamentablemente su resultado no fueron sociedades o comunidades en las que la cooperación y mutua ayuda hayan triunfado.

Lamentablemente, el resultado de esa riña de clases no fue una sociedad cooperativa. Ganaron los de siempre.

“¿Cómo pretenden mantener la tapa de esta olla en ebullición si no es violentando nuestras vidas?”

¿Cómo fue posible que, ante el reclamo del hombre común, ganaran la privación, la acumulación, la propiedad privada y el trabajo asalariado?

La respuesta es simple y brutal: la hostilidad y la violencia como “la fuerza más productiva”, tal como lo explica la socióloga María Mies. A la rebelión se la frena con palos. 

Repitamos la ecuación para que quede claro: privación + acumulación + propiedad privada + trabajar por dos mangos = ¡Bienvenidos al capitalismo!

DE EUROPA A ABYA YALA, ¿EL MISMO CUENTO?

El capital como mediador de la vida generó la división del trabajo, la explotación y una nueva forma de medir qué tanto nos pueden exprimir. Sé que me fui lejos, hasta el feudalismo europeo, pero no nos queda tan lejos. El «conquistador» no era más que ese hombre europeo, opresor, cristiano y feudal que se bajó de los barcos en el Nuevo Mundo.

¿Cómo lograron arrasar a los pueblos de Abya Yala, quebrar su resistencia y lograr un genocidio? Igual que en el viejo mundo: hostilidad, violencia y, la frutilla del postre, la privación de la tierra.

¿Y no es la hostilidad el vector rector de nuestros días? ¿No son estas tensiones las asfixian nuestra cotidianeidad? ¿Cómo pretenden mantener la tapa de esta olla en ebullición si no es violentando nuestras vidas?

En este mundo cruel, la hostilidad es productiva y el vínculo entre seres humanos fundamentalmente es el lucro. ¿Hace falta explicarlo o hilamos más fino?

En este sistema, si no tenés plata, no vivís; sin propiedad privada, no descansás; sin acumulación, no podés proyectar un futuro; y sin privación, parece que ya no sabemos relacionarnos. Dependemos del billete. Están los que tienen muchísimo y los que tienen un poco, poco, poquísimo y nada. Los que gozan del privilegio del dinero y los que deseamos constantemente tenerlo, creyendo que ahí encontraremos la tranquilidad. Así nos relacionamos, por guita. Desde siempre hasta hoy.

EL REMATE

Hasta aquí, nada que no se haya dicho antes. Nada nuevo bajo el sol. Pero relacionemos esto con el tema del momento: la extranjerización de la tierra, que no es otra cosa que la venta de nuestra soberanía al mejor postor extranjero.

Traduzcamos la transacción: vender nuestra tierra por dólares = propiedad privada extranjera = acumulación ajena = privación nuestra. Qué buen negocio, ¿no?

Vender un cacho de suelo es cercar la tierra. Ponerle un candado para que sea ajena a los demás. El nuevo dueño elige su propia aventura: podrá cuidarla, habitarla, lucrar con ella o destruirla. Nada dice ni nadie puede privarte de hacer lo que quieras con tu pedazo de mapa.

“¿En qué momento permitimos que nos cobren por existir?”

La historia se repite. Por el 1.400, los siervos feudales de igual manera, al igual que las comunidades originarias en América o África, trabajaban la tierra incesantemente. Algunos con su libertad totalmente restringida; otros, habitándola con respeto y profunda creencia en su bondad. En cualquier caso, la tierra que pisaban era la misma que les daba el alimento.

Si nos ponemos místicos, venimos de la tierra, vivimos de ella y en ella morimos. Entonces, ¿en qué momento permitimos que nos cobren por existir? No podemos levitar para no pisarla ¿Cómo no vamos a luchar por ella?

La tierra nos da los recursos imprescindibles para la vida, imprescindibles para la humanidad. Por eso, los “espacios comunes” de la Edad Media, o la Pacha Mama para nuestros pueblos, eran lugares de cooperación comunitaria.

“Lo común” resultó muy importante para la historia humana, una demostración que los bienes pueden ser compartidos y que la solidaridad resulta un modo de relación humana, a contramano del capitalismo, donde el lucro es el único puente entre las personas.

Por suerte, nos quedan los llamados ecologistas y los defensores de los territorios. Esos que ven bienes naturales irremplazables donde las empresas ven commodities y recursos monetizables. Gracias a ellos, porque en un mundo cruel y roto que remata hasta el aire, le dan a “lo común” un urgente sentido político.

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