Compartir sitio

EL SUELO QUE PISAMOS, EL AGUA QUE TOMAMOS

LA PATRIA NO ES UN MAPA EN VENTA

“Es el agua que tomamos, el bosque que nos abraza y la certeza inquebrantable de que, mientras el pueblo siga en la calle, no pasarán”, dice Antonella Mazo Rodríguez. Y aporta una mirada contrapuesta a esa postura mercantilista desde donde la política pretende ofrecernos el pedazo de mundo que pisamos.

Edición 146 - 8 de agosto de 2026
Publicidad
8 de agosto de 2026 Reloj 6' de lectura

Mucho hemos escuchado y demasiado hemos debatido estos días sobre la tierra y su extranjerización. En tiempos en los que pretenden vendernos el libreto de que si sos artista o deportista no podés opinar de política (pero si sos político podés opinar de lo que se te antoje), vale la pena volver a preguntarnos: ¿por qué absurda razón alguien no tendría derecho a decidir sobre el presente y el futuro de su propio suelo? En este mundo donde todo se cruza, nada anda aislado.

¿Qué tiene que ver una bandera improvisada con una sábana y pintura fresca con lo que se vota en el Senado? ¿Qué tiene que ver un nene en una marcha gritando por su futuro? La respuesta está en la calle: todo tiene que ver con todo. Quizá sea hora de aprender más de las nuevas generaciones y del poder transformador del arte.

Sabemos de sobra que la batalla ambiental y territorial no se ha ganado, apenas se pospuso. Pero existe esa necesidad visceral de sabernos victoriosos, aunque sea por un rato, la certeza de que la posibilidad de algo mejor existe. Justo cuando el panorama se pinta más gris (o cuando la noche es más oscura, diría el Indio), aparece el pueblo copando la calle, los gurises juntándose, haciendo engrudo en una lata y pegando afiches que ellos mismos diseñaron la noche anterior.

Ver al pueblo en la calle nos recuerda que somos más, y que las diferencias se evaporan cuando la consigna es defender lo nuestro. Cuando los de arriba menos lo esperan, ahí están las pibas y los pibes, codo a codo, poniendo el cuerpo. Porque la cuestión ambiental no es un debate teórico ni un concepto abstracto: es la defensa concreta de la vida, del agua y del territorio frente a quienes ven en nuestra tierra solo un negocio de exportación.

Sabemos de lucha tanto como de fracasos; sabemos juntarnos, juntar los pedazos y armarnos nuevamente. Y aunque por momentos el mundo parece volverse un lugar cada vez más hostil e incierto, la pregunta nos quema por dentro: ¿cómo podríamos ser indiferentes ante tanta belleza? ¿Cómo se podría vivir sabiendo que entregamos nuestro suelo sin chistar? ¿Con qué cara miraríamos a las futuras generaciones con el peso de no haber hecho nada? Esta vez no ganamos la batalla definitiva, es cierto, pero ganamos algo inquebrantable: la fuerza de saber que cuando el pueblo se organiza, todo es posible.

“Un bosque quemado o desmontado tarda entre 30 y 100 años, o más, en recomponerse por completo. ¿Cuántos mandatos presidenciales pasan en un siglo?”

Porque tampoco nos podemos dejar engañar por la liviandad de los discursos cómodos. En estos días he escuchado decir que «si vendemos las tierras hoy, total mañana las expropiamos y listo», como si la devastación ambiental respetara los plazos de un decreto. Pretenden tratar a la naturaleza como si fuera un contrato que se firma, se rompe y se vuelve a escribir.

Un bosque quemado o desmontado tarda entre 30 y 100 años, o más, en recomponerse por completo. ¿Cuántos mandatos presidenciales pasan en un siglo? Evidentemente, la expropiación tardía no es una opción cuando el daño es irreversible.

Lo mismo ocurre con quienes creen que el agua sacrificada en pos del “progreso” es un recurso mágicamente reponible. El ambiente no devuelve de manera directa ni automática el agua evaporada, por ejemplo, por las masivas torres de refrigeración de los centros de datos. Gran parte de esa agua se evapora hacia la atmósfera, se dispersa en el ciclo global y puede tardar meses, años o directamente no retornar jamás a la misma cuenca hidrográfica de la que fue saqueada. El agua que se va de nuestro río, de nuestro arroyo, no vuelve por voluntad política.

Y ni hablemos si esa agua vuelve envenenada. Porque la contaminación no es solo un indicador en un informe técnico: es una condena silenciosa que estrangula las napas, destruye la red viva del ecosistema y enferma lo que toca por generaciones. Un río contaminado no se limpia con discursos ni se desinfecta por decreto.

No hay margen para la especulación ni para el consuelo de la resignación. La tierra no se vende, no se negocia y no se recupera con un papel firmado cuando la vida que la habita ya fue saqueada. Por eso, que nos sigan llamando exagerados, que nos sigan diciendo que el arte no cambia nada o que los pibes no entienden de política. 

Mientras ellos sacan cuentas en escritorios lejanos, nosotros nos quedamos acá, con el engrudo en la mano, con la memoria despierta y con los pies bien plantados en el suelo que nos pertenece. Porque la patria no es un mapa en venta: es el agua que tomamos, el bosque que nos abraza y la certeza inquebrantable de que, mientras el pueblo siga en la calle, no pasarán. 

SI LLEGASTE HASTA ACÁ, NUESTRO CONTENIDO ES ÚTIL PARA VOS

SUSCRIBITE con aportes mensuales

DONÁ con aportes únicos

En esta edición también podés leer

REFLEXIONES SOBRE EL CAOS

MUNDO CRUEL: ¿EN QUÉ MOMENTO PERMITIMOS QUE NOS COBREN POR EXISTIR?

Como quién trata de ordenar el caos en que se ha convertido, en buena medida, nuestra vida cotidiana, María Eugenia Trillo escupe catárticas palabras de dolor y hartazgo, y las cruza con historias de luchas y conquistas, de ayer y de hoy. “¿En qué momento permitimos que nos cobren por existir?”, se pregunta.

DESPIDOS, EMPLEO Y EXPECTATIVAS

EL DESEMBARCO DE MERCADO LIBRE EN GUALEGUAYCHÚ

La noticia genera mucha esperanza en una ciudad marcada por los últimos despidos masivos. Se dice que la planta que se construye sobre la Autovía Artigas generará cerca de cien puestos laborales, la misma cantidad de desempleados del PIG que fueron formalizados la ultima semana.

NO A LAS PAPELERAS

EL RIO URUGUAY ESTÁ CONTAMINADO (AUNQUE NADIE DIGA NADA)

Gualeguaychú ocupó un lugar preponderante en el país y la región por lucha ambiental. Un fuerte compromiso colectivo alcanzó logros importantes como la relocalización de una multinacional. Sin embargo, con el tiempo el reclamo se fue desdibujando, ¿Por qué ya nadie habla de esto?