ESO NO ES PERONISMO
“Conociendo a Perón” fue el título que Juan Manuel Abal Medina le puso al libro que escribió no tanto antes de morir. El libro está compuesto por simples imágenes o anécdotas que pintan a un Perón político y humano signado por la violencia de su exilio y proscripción, precedida por un bombardeo al pueblo y otras ignominias. Los trazos sobre Perón se entrecruzan con otras historias, duras, dolorosas, complejas… esas capaz de quebrar el alma de cualquier persona con sensibilidad social y amor por su país.
La pregunta acerca de quién fue Perón sigue presente en el interés de algunos académicos e historiadores que intentan explicarlo o interpretarlo. Pero aún más vigente es la pregunta por su legado y por las formas en las que sus ideas siguen operando sobre la realidad argentina.
En la maraña de preguntas sobre Perón y el peronismo, hay quienes sólo agregan confusión, porque no es cierto que peronismo es cualquier cosa y que cada peronista es en sí mismo una forma de interpretar al movimiento político más grande de occidente.
Enchastra la bandera justicialista la prominente carrera política de contrabandistas como Kueider, inescrupulosos como Insaurralde e indecentes como Scioli, por mencionar algunos, y una estructura partidaria justicialista que impuso sus candidaturas a una militancia cansada. Porque son esas militancias las que hacen malabares para mantener cerca de la vida de la gente la identidad que alguna vez vivió en el corazón de cada familia obrera.
Desvirtúa la esencia peronista la escisión entre “las bases” y los “dirigentes de superestructura” que deciden todo y nadie conoce, esos que no discuten ni se les puede discutir nada. Ciñe la capacidad de representación las disputas inentendibles que dejan pedaleando en el aire a quienes quieren discutir un proyecto político concreto y transformador.
Desde ya, para el “peronismo silvestre” es más fácil decir que no es el peronismo y hay mucho que no huele, no se ve, no se siente ni se interpreta como peronismo. Mientras los politburós aristocratizantes de una identidad que siempre perteneció a lo más sencillo del pueblo hacen sus tejes y manejes, hay generaciones que rechazan las banderas justicialistas por sus actuales embajadores.
Conocer a Perón abre mil debates, es lo que siempre sucede alrededor de las grandes figuras que transformaron este país, esos que algunos llaman próceres. Conocer a Perón es conocer parte de la historia del pueblo argentino, con sus capítulos más felices y los más tristes. Ojalá sirva para despertar el sentimiento que permitió transformar material y simbólicamente la calidad de vida del pueblo argentino. Ojalá sirva para algo…
PERÓN, DEL NACIMIENTO A SU PRIMERA MUERTE
No se sabe exactamente la fecha de su nacimiento, pero fue entre 1884 y 1885. Su abuela materna, Mercedes Toledo, era tehuelche y su abuelo materno, Juan Ireneo Sosa, fue un santiagueño de familia quechua. En una entrevista que le realizaron en la Revista 7 Días en 1967 Perón contó: “yo le preguntaba: Entonces abuela… ¿yo tengo sangre india? Me gustaba la idea ¿sabe? Y creo que, en realidad, tengo algo de sangre india. Míreme: pómulos salientes, cabello abundante… En fin, poseo el tipo indio. Y me siento orgulloso de mi origen indio, porque yo creo que lo mejor del mundo está en los humildes”.
Entró al ejército donde se formó política y socialmente. En 1934 recorrió la Patagonia y escribió el libro Toponimia patagónica de etimología araucana.
En 1943 integró el grupo de militares nacionalistas del GOU que derrocó al gobierno de la “década infame” y entonces ocupó el Departamento Nacional de Trabajo, la Secretaría de Trabajo y Previsión, el Ministerio de Guerra y la vicepresidencia de la Nación.
Fue el inicio de las cosas. Diferenciándose de las cúpulas militares, Perón hizo política no hacia “dentro” del poder sino hacia “afuera”. Su acumulación fueron los obreros y los sindicatos que se sentaron a la mesa a discutir con él y a promover conquistas que se venían reclamado desde hacía décadas. La promoción de los convenios colectivos, la creación de tribunales de trabajo y la extensión de las jubilaciones fueron algunos de esos avances. Pero el más significativo de todos ellos fue el Estatuto de Peón de Campo.
Desde principio del siglo XX, bajo la presión de las huelgas obreras en las calles y el trabajo político de los socialistas en el Congreso de la Nación, incluso los gobiernos conservadores se vieron obligados a realizar algunas concesiones al movimiento obrero (sin olvidar, por supuesto, las cruentas represiones que enlutecieron al país). Sin embargo, estos logros no alcanzaban a la masa trabajadora rural que vivía en condiciones de servidumbre y explotación. Indígenas y criollos e inmigrantes pobres y sin tierra conformaban una masa humana sin derechos. En los yerbatales o en las plantaciones de caña y algodón, o los jangaderos que flotaban encima de los troncos por kilómetros río abajo, la vida del peón no valía nada. Entonces Perón sancionó el Estatuto del Peón, que le confería derechos humanos y laborales a aquellos que, para sus patrones, valían menos que los animales que cuidaban.
No hubo medición de “correlación de fuerza”, no pensó Perón en los enemigos que ganaba. “Esa es la situación del peón: peor que la del esclavo, porque al viejo e inservible nadie lo protege ni lo guarda. Es una cuestión que ningún hombre con sentimientos puede aceptar”, argumentó el coronel cuando sancionó la medida. Ocurrió entonces lo inadmisible para los explotadores: los peones empezaron a mirarlos a los ojos.
“Perón sancionó el Estatuto del Peón, que le confería derechos humanos y laborales a aquellos que, para sus patrones, valían menos que los animales que cuidaban”
El 22 de enero de 1944 el coronel Perón conoció a la actriz Eva Duarte. Un año más tarde sería detenido en la Isla Martín García por sus compañeros de armas y el 17 de octubre liberado por la mayor movilización popular que existió hasta ese momento de la historia argentina. En febrero de 1946, Juan Domingo Perón fue presidente de la República Argentina.
Un país soberano, un modelo de desarrollo menos dependiente de los avatares de las potencias extranjeras, desarrollo industrial y, por tanto, ciencia y tecnología nacional. Pleno empleo, desendeudamiento. Nacionalización de los recursos estratégicos. Gratuidad universitaria. Se produjo más riqueza, se distribuyó mejor.
Para los obreros organizados, el peronismo no sólo había mejorado drásticamente las condiciones materiales de sus vidas, ellos habían sido convocados como un sujeto político y social capaz y activo. Ellos eran llamados la dignidad de su país. La República Argentina dejó de mostrar al mundo como su mayor mérito a los toros engordados de la rural para mostrar las condiciones de vida de las familias trabajadoras y la producción industrial que sus manos fabricaban. Fue un cambio de época.
A la política económica y social del gobierno se sumó la obra de la Fundación Eva Perón y la figura de Evita. Ella, que había venido de los márgenes y las periferias, al colocarse en el centro de la escena ponía como protagonistas a todos los desplazados.
En 1949 la reforma constitucional ponía, finalmente, en forma a un país que desde su constitución había estado patas para arriba. Los principios liberales se conservaron en términos generales, pero se sumaron los fundamentos sociales, nacionalistas y obreristas. Era una Revolución Justicialista.
El verticalismo y personalismo de Perón le ganó algunos enemigos, pero no los más peligrosos. Las embajadas de las potencias se volvieron espacios de conspiración para aquellos compañeros de armas “nacionalistas”, pero antipopulares (como si eso fuera posible) y para las elites que querían tomar el timón de su barco.
Evita murió a los 33 años consumida por el cáncer de útero. De similar forma había enviudado por primera vez Perón. Moría la figura más indigerible del peronismo para la oligarquía, moría lo más amado por los humildes. Perón perdió más que a su compañera de vida y todo allí se espiraló.
La conspiración golpista llegó a tal punto que la marina bombardeó a su propio pueblo, enceguecida con la idea de matar a Perón. Trescientas ocho personas fueron masacradas ese día por quienes decían defender a la Argentina: niños, laburantes, empleados públicos y de comercio, transportistas y transeúntes murieron. Hubo otras muertes que no se pudieron precisar porque solo quedaron pedazos de cuerpos humanos. Perón no murió ese día, pero si una parte de él y una parte del alma del pueblo argentino que se oscurecería con el paso de los años.
Perón podría haber penado de muerte a los responsables. No lo hizo. Una guerra civil podría haberse abierto. No ocurrió. Perón se decidió por el exilio que duraría 18 años.
“La conspiración golpista llegó a tal punto que la marina bombardeó a su propio pueblo, enceguecida con la idea de matar a Perón. Trescientas ocho personas fueron masacradas ese día”
Se prohibió su nombre. Robaron sus pertenencias. Encarcelaron a los afiliados a su partido. Quemaron sus libros y fotografías. Demolieron su casa y, con ella, todos los recuerdos de su vida. Robaron el cuerpo de Evita y lo profanaron. Fusilaron al General Valle y a los 15 militares que intentaron levantarse contra el golpe. Esa misma noche fusilaron en un basural a 18 personas. El alto tribunal militar juzgó a Perón y lo degradaron, le quitaron su título y le prohibieron el uso del uniforme. Endeudaron al país con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Según los golpistas, los obreros y peones tenían que volver al lugar que les correspondía, ese orden que Perón había subvertido.
La resistencia peronista es de los capítulos más corajudos y conmovedores de la historia obrera. Resistir era mantener la dignidad.
A Perón lo empezaron a definir no ya sus propias características o acciones, sino que lo empezaron a definir sus enemigos impiadosos, violentos, brutales. La sociedad argentina, durante los 18 años de exilio, guardó esperanza y sufrió hondos dolores. Perón regresó y el país que habitó era distinto a aquel de alegrías y conquistas sociales. Perón pudo recuperar el cuerpo de Evita y portar con orgullo su uniforme militar. Propuso el Gran Acuerdo Nacional.
En 1970 Perón se había hecho presente en el velorio de Fernando Abal Medina a través de una corona de flores, el joven había integrado el grupo originario de Montoneros que fusiló a Eugenio Pedro Aramburu. Tres años más tarde, el 23 de septiembre de 1973, a tan sólo dos días de la alegría de su tercera presidencia, Juan Domingo lloró por el asesinato de José Ignacio Rucci de mano de esa organización. Perón no murió ese día, pero si una parte de él. Estaba todo roto y resquebrajado. En su intento de recomponerlo, Perón alimentó tensiones insalvables.
El pueblo festejó su regresó, lo votó y poco después tuvo que llorar su muerte. El 1 de julio de 1974 Juan Domingo Perón expiró rodeado de Isabel, su esposa y vicepresidenta, y del oscuro López Rega. Lo lloró un pueblo quebrado y agradecido que enlutó sus esperanzas. Lo reconocieron hasta los dirigentes políticos opositores que habían participado del golpe que lo destituyó. La Argentina se unió por algunas horas para despedirlo.
Dos años más tarde, el Terrorismo de Estado asoló al país. Dirigentes sociales, políticos y territoriales peronistas fueron secuestrados, detenidos, torturados, desaparecidos. Junto a ellos, otros miles, de otras ideas interpretadas como subversivas por parte del aparato clandestino e ilegal de la represión: catequistas, monjas, sacerdotes, simpatizantes, amigos, intelectuales, defensores de los Derechos Humanos, Madres de Plaza de Mayo… A Perón ya no lo definieron sus logros y errores en la vida. Lo definieron sus enemigos, voraces, sórdidos y criminales.
LO QUE USTED MANDE, GENERAL
No sé si hay una forma de definir al peronismo y al mismísimo Perón. Sus luces y sombras lo hacen indescifrable.
Creo que a Perón lo hace grande la dignidad de esos “nadies” que cuidan el alma de la patria con el sudor de su frente y con la coherencia de sus actos. Creo que a Perón lo explican sus enemigos y la virulencia de sus odios.
De lo que sí estoy segura es que Perón no está en esas mesas chicas de whisky y negociados, donde se quiere usar su nombre para rapiñar un poder que sólo pertenece al pueblo.



