No logro ser indiferente al mundo que vivimos, y siento que comunicarme compartiendo esta reflexión con las personas que conozco revela que los tengo presentes, para unirnos, trabajar juntos y modificarnos como sociedad frente a tanta indiferencia compartida.
Me pregunté en este último fin de semana muchas cosas que vengo indagando hace muchos años y que no me dejan en paz.
Pensaba: cuando un joven menor de edad comete o está envuelto en actos de violencia, después de haber crecido en un entorno de vulnerabilidad, sin estructura familiar, con carencias de todo tipo, en un mundo donde la carencia es casi lo único que abunda frente a sus ojos, la sociedad corre a contextualizar. Habla del entorno, de la pobreza, de la ausencia de referentes. Y yo entiendo ese gesto. Tiene sentido.
Cuando un menor crece en la marginalidad, expuesto a la violencia, a la frustración de los adultos, a ausencia de contención y a supervivencia permanente, solemos comprender que existe un contexto que condiciona sus acciones. Incluso, cuando sabemos que ha provocado daños graves, entendemos que también es una víctima de aquello que le tocó vivir. Reconocemos que aún no posee la madurez suficiente para procesar todo lo que lo atraviesa y construir respuestas diferentes.
Pero entonces llega mi mirada sobre el adulto. Y de repente, ese mismo discurso desaparece. La culpa pasa a ser simple, limpia e individual. El contexto ya no importa. Como si ese adulto hubiera nacido de nuevo el día que cometió el acto que lo incrimina, sin historia, sin heridas acumuladas, sin el mismo sistema que todos estaban dispuestos a comprender cuando se trataba del menor.
“El contexto ya no importa. Como si ese adulto hubiera nacido de nuevo el día que cometió el acto que lo incrimina”
Porque si reconocemos que la violencia de un menor tiene raíces sociales, familiares y culturales, resulta difícil sostener que esas mismas raíces desaparecen al cumplir dieciocho años.
Siento que esta contradicción tiene su origen en la forma en que construimos sociedad. Preferimos señalar las consecuencias antes que involucrarnos en las causas. Permanecemos indiferentes mientras el dolor ocurre lejos de nuestras vidas y recién nos comprometemos cuando sus efectos nos alcanzan de manera directa.
Esa inconsistencia me inquieta. Y creo que no es inocente. Revela que el marco que usamos no es verdaderamente humano ni verdaderamente sistémico. Es selectivo. Y esa selección responde más a narrativas políticas y emocionales que a una comprensión honesta de las personas.
SOMOS VÍCTIMAS DE UN SISTEMA EN EL QUE TODOS SOMOS DESCARTABLES
La marginación no tiene fecha de vencimiento y los mandatos familiares tampoco. La ausencia de vínculos sanos, la exposición a la violencia como único lenguaje conocido, la falta de herramientas internas para procesar el dolor: todo eso se acumula. No se borra con la mayoría de edad. Y sin embargo actuamos como si así fuera.
Cuando hablo de violencia adulta, especialmente de la masculina, no estoy hablando solamente de maldad. Estoy hablando del resultado de roles impuestos, de presiones sin salida, de una educación emocional que nunca existió. Hombres y mujeres huérfanos de afectos sanos, que no aprendieron a habitar su propio mundo interno. Que ante la presión explotan hacia afuera, contra otros hombres, contras mujeres, contra lo que encuentren. No porque sean peores personas, sino porque no existió la contención en sus vidas y tal vez nadie les enseñó otro camino.
Y esto no es un tema de si los hombres o las mujeres funcionamos bien o mal. Tiene que ver con cómo nos han impuesto vivir con el desamparo de no sentirnos seguros. Y lo que esto nos ha enseñado, en términos generales, no es un camino hacia la paz o la armonía. Porque no es un camino elegido por nosotros mismos.
Nos enseñaron que vivir consiste en perseguir el éxito. Un éxito definido por objetos, relaciones, logros, reconocimiento, placer y acumulación. También el éxito de tener razón, de imponerse sobre otros, de ganar una discusión a cualquier costo, de sostener una imagen frente a las miradas ajenas, aunque eso implique alejarnos de nosotros mismos.
“Mientras fortalecemos nuestra imagen hacia afuera, descuidamos la construcción de un camino interno sano, lúcido y singular”
Es un recorrido permanente entre la excitación de conseguir algo y el vacío que aparece cuando ese efecto desaparece. Entre la búsqueda de validación y la sensación de carencia. Entre el deseo de llegar y la imposibilidad de permanecer. Y en medio de todo eso, una profunda desconexión con quienes somos.
Tal vez por eso nos hemos convertido en una sociedad adicta al éxito. Dependemos de estímulos externos para sentirnos vivos. Necesitamos ser vistos, reconocidos y aprobados. Pero mientras fortalecemos nuestra imagen hacia afuera, descuidamos la construcción de un camino interno sano, lúcido y singular.
La consecuencia no es solamente la insatisfacción. También es la violencia. Porque cuando una persona no encuentra un lugar propio dentro de sí misma, termina buscando compulsivamente afuera aquello que ninguna posesión, relación, reconocimiento o logro puede ofrecer de manera duradera.
LA VIOLENCIA QUE TIENE CASA, REGALOS Y LA PANZA LLENA
Hasta aquí hablé del resultado de la violencia que nace en la marginalidad. Y creo que allí la línea es clara: los procesos de los adultos que habitan esos entornos reverberan, marcan y moldean las infancias de los menores que después delinquen o cometen crímenes. La violencia se transmite porque es lo que se respira, lo que se ve, lo que se aprende a imitar para sobrevivir. Es la extrema supervivencia.
Pero hay otra violencia. Una que no necesita marginalidad para existir. Una que se instala en los hogares con comodidades, con viajes, con educación privada y mesas bien servidas. Es la violencia de los mandatos. La del niño o la niña que no es aceptado tal como es. La de la validación que nunca llega, o que llega siempre condicionada. La del juicio permanente disfrazado de exigencia, de amor, de bien querer.
En la marginalidad, estas heridas se hacen evidentes. Son visibles, nombradas, estadísticas. Pero en los entornos de opulencia ocurren en silencio. La infancia no aceptada sufre sin tanto ruido, acumula sin testigos y así va madurando hasta convertirse en un adulto socialmente exitoso, aplaudido por todos, con una distorsión profunda de sí mismo que tarde o temprano se revela en conflictos, en violencias o en la misma insatisfacción que viene de no haberse encontrado nunca con quien realmente es.
Los regalos no quitan el miedo. Los viajes no borran el maltrato. La panza llena no cura el rechazo. Y sin embargo actuamos como si así fuera. Sabemos que esto ocurre, en muchos casos lo hemos vivido o lo vemos cerca, y aun así miramos para otro lado. Porque reconocerlo implicaría algo que nos incomoda profundamente: tendríamos que empezar a revelar nuestras propias historias. Tendríamos que admitir que nosotros también hemos sido heridos. Y que es precisamente por eso que, de una u otra manera, también actuamos con violencia.
ADICTOS A LOS ESTÍMULOS, AJENOS A NOSOTROS MISMOS
Funcionamos como adictos. Las relaciones, los objetos materiales, las experiencias, las ideologías e incluso nuestras propias certezas cubren como una dosis nuestra falta de existencia real. Nos llenan por un momento. Y cuando el efecto pasa, aparece esa carencia existencial que nadie nos enseñó a nombrar ni a sostener. Y esa carencia, sin herramientas, se vuelve violencia. Hacia afuera o hacia adentro.
“La violencia tiene muchas formas. Algunas se penalizan. Otras se premian”
No estoy hablando solamente de los que terminan encarcelados. Estoy hablando de todos nosotros. Del ejecutivo que revienta de ansiedad, del padre que no sabe cómo abrazar a su hijo, de la persona que consume sin parar buscando algo que no sabe nombrar, del militante que necesita tener razón, de la profesional que mide su valor por sus logros, del individuo que siente que si deja de demostrar éxito dejará de existir frente a los demás.
La violencia tiene muchas formas. Algunas se penalizan. Otras se premian.
NO SE PUEDE SEPARAR NADA
Lo que quiero decir con todo esto es simple, aunque no sea fácil de escuchar: no podemos seguir pensando en fragmentos cuando la realidad es continua. El menor que planta violentamente, que delinque, y el adulto que lo hace después son parte de la misma corriente. Y esa corriente no se corta con más cárcel, ni con más condena, ni con bajar la edad de imputabilidad.
Se transforma cuando decidimos asumir que todos somos parte para traer soluciones. Nuestras acciones complementarían lo que vemos como faltante. En esto la responsabilidad social no es un concepto abstracto, sino algo que vivimos o ignoramos cada día, en cómo criamos, en cómo educamos, en cómo construimos comunidad, en cómo decidimos qué vidas importan y cuáles no.
La culpa individual es cómoda. Señala, condena y nos absuelve al resto. Lo que yo propongo es más difícil: involucrarnos. Reconocer que estamos en un camino que no nos lleva a ningún lugar bueno y tener el coraje de preguntarnos qué necesitamos cambiar, no en el otro, sino en la forma en que hemos aprendido a vivir juntos.
UN CAMINO QUE AÚN NO CONOCEMOS DEL TODO
Estamos en un camino desconocido. Y precisamente porque lo es necesitamos volver a colocar en el centro lo que parece ingenuo, pero es lo más radical: la amorosidad, la compasión y las acciones nobles. No como slogan, sino como práctica concreta de todos los días.
Desaprender, vaciarnos de conceptos y rearticular vínculos desde acuerdos que comprendemos y logremos llevar a cabo con nuestras propias habilidades y experiencias.
Debemos generar espacios donde ampliar acciones, poner esto en práctica, donde asumir un sano compromiso con la sociedad de la que formamos parte y donde podamos reconocernos como creadores de las realidades que habitamos.
