Por la mañana anuncian la muerte de un poeta, de esos que dejan tatuada la marca de sus aguijones.
Aunque nos dijera, hace un tiempo atrás, que míster Parkinson le pisaba los talones, uno nunca cree que los ídolos populares puedan partir. Uno se aferra a esa idea, casi como un mantra. Los envolvemos en una eterna juventud que reniega de la biología.
Y aunque nos avisara que ya no podía cumplir aquellas hazañas que se había prometido, seguíamos soñando con que volvieran a juntarse, con verlo aparecer físicamente en algún recital de Los Fundamentalistas.

Las muertes de los ídolos populares tienen algo de tragedia familiar. Es como si muriera un pariente, alguien a quien nunca conocimos del todo, pero que estuvo siempre ahí, acompañando alegrías, derrotas, amores y despedidas.
Por eso la tristeza no es individual. Es colectiva. Como cuando se nos fue Diego. Porque hay hombres y mujeres que terminan representando mucho más que a sí mismos. Se vuelven parte de la identidad de un pueblo, de esa argentinidad contradictoria, sensible, apasionada y, sobre todo, profundamente humana.

Y tal vez por eso nos cuesta tanto despedirlos. Porque sentimos que una parte de nuestra propia historia se va con ellos. Porque las despedidas son esos dolores dulces.
Y mientras tanto el sol se muere…
Y pensaremos en él siempre, siempre extrañándolo.
Y será así. Viviremos porque solo cuesta vida. Estará entre nosotros. Su genio amor seguirá trayendo lágrimas y risas a nuestros hoy huérfanos y ahuecados corazones.
Atravesó perfumes de las tempestades y fue, sin quererlo, padre de una generación rota que descubría que papá y mamá no eran felices, aun cuando la materialidad, en muchos casos, parecía estar resuelta.

Entonces pienso: ¿qué nos queda?
Tal vez nos quede el legado de que, en un mundo atravesado por la crueldad y el individualismo, uno encuentra refugio en la comunidad, en la fe, en el amor y en las pasiones compartidas. Nos quedan también esas misas paganas donde miles aprendimos que la felicidad, a veces, consiste simplemente en sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Ante la pérdida globalizada de los rituales, nos enseñaste a los rotos y caídos el valor de la comunidad, los abrazos y la trascendencia.
En la moderna soledad, donde hay dolor habrá canciones… El Indio no fue solamente un cantor de canciones fue —como se definía él— un artista popular y peronista.

