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ESCAPAR PARA PODER SER

PHOLO, UN SOBREVIVIENTE DE LAS TERAPIAS DE RECONVERSIÓN

Pablo Echeverría, “Pholo”, brilló en el Corso Matecito 2026. Se quedó con el premio “Rony”, un reconocimiento a quien mejor representa el valor de la diversidad en la celebración popular. Pero detrás de su alegría y virtuosismo hay una historia de dolor y violencia. Su aporte sobre las prácticas tortuosas que aún tienen lugar en nuestra sociedad.

Edición 137 - 6 de junio de 2026
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Soy Pholo.

Durante muchos años pensé que jamás iba a poder hablar de esto públicamente. No porque no hubiese ocurrido, sino porque existen experiencias que destruyen tanto la confianza sobre uno mismo que incluso ponerlas en palabras parece imposible.

Entre los años 2011 y 2015 atravesé un proceso terapéutico y emocional que me dejó marcas profundas. Durante años intentaron convencerme de que yo no era quien decía ser. No era un discurso violento en apariencia. Nadie gritaba. Nadie golpeaba una mesa. Todo ocurría bajo una supuesta idea de ayuda, orientación y preocupación. Y quizás por eso fue todavía más difícil comprender el daño que estaba viviendo. Porque cuando una persona escucha durante años que está confundida, que miente, que lo que siente no es real y que existe algo roto dentro suyo que necesita ser corregido, algo empieza lentamente a quebrarse.

Lo más destructivo de estas prácticas no es solamente el intento de modificar la orientación sexual de alguien. Lo verdaderamente devastador es el nivel de destrucción psicológica que generan sobre la identidad, la autoestima y la percepción de uno mismo. Yo fui aislado emocionalmente del mundo. Fui desvalorizado. Fui devastado mentalmente durante años hasta sentir que mi existencia completa era un problema que debía solucionarse. Vivía atrapado en una tortura mental constante en la que cada emoción, cada pensamiento y cada parte de mi identidad parecían estar bajo sospecha. 

Lo más perverso de todo esto es que la destrucción nunca se presentaba como tal, se presentaba como ayuda. Como acompañamiento. Como orientación espiritual. Como terapia.

“Durante años intentaron convencerme de que yo no era quien decía ser. No era un discurso violento en apariencia. Nadie gritaba. Nadie golpeaba una mesa”

Hubo un momento en el que entendí que tenía que irme para sobrevivir emocionalmente. Y esa es probablemente una de las frases más duras que tuve que admitir en toda mi vida. No escapé por rebeldía. No escapé porque odiara a mi familia. Escapé porque quería vivir. Porque entendí que permanecer allí significaba seguir destruyéndome para convertirme en una versión aceptable para otros. Nadie debería verse obligado a elegir entre su dignidad y su supervivencia emocional.

Pasaron más de diez años y todavía me pregunto cuántas personas atravesaron experiencias similares en silencio. Cuántas fueron convencidas de que su identidad era una enfermedad. Cuántas crecieron sintiendo culpa simplemente por existir. Cuántas desarrollaron ansiedad, depresión o pensamientos oscuros creyendo que el problema era ellas mismas.

En Argentina todavía hablamos muy poco sobre esto. Y sin embargo las llamadas terapias de conversión continúan existiendo bajo distintos nombres. Orientación. Reconducción. Reparación. Acompañamiento espiritual. Sanación. Palabras aparentemente inofensivas detrás de las cuales muchas veces se esconde el mismo objetivo de siempre. Convencer a una persona de que no tiene derecho a existir tal como es.

Lo más difícil de procesar es entender que más de diez años después esos espacios todavía siguen existiendo. Siguen funcionando en la Ciudad de Buenos Aires bajo discursos terapéuticos y espirituales, mientras todavía existen personas que salen emocionalmente destruidas de experiencias donde les enseñan a desconfiar de sí mismas.

¿POR QUÉ CUENTO ESTO?

Porque siento que estamos en un mes en el que es importante visibilizar la lucha LGBTQ+. Porque muchos de los que hoy estamos acá tuvimos que atravesar momentos de nuestra vida que jamás esperábamos vivir. Situaciones que nunca quisimos atravesar y a las que fuimos forzados innecesariamente. Porque detrás de muchas personas LGBTQ+ existen historias de miedo, culpa, rechazo, silencios familiares y supervivencia emocional que pocas veces se cuentan públicamente.

“Las llamadas terapias de conversión continúan existiendo bajo distintos nombres. Orientación. Reconducción. Reparación. Acompañamiento espiritual. Sanación”

También porque todavía existe un enorme vacío legal y social alrededor de estas prácticas. Aunque organismos de Derechos Humanos, asociaciones profesionales y numerosos especialistas cuestionan las llamadas terapias de conversión por los daños psicológicos que pueden producir, muchas personas que atravesaron experiencias similares siguen sin encontrar mecanismos claros de reparación o reconocimiento. Las discusiones legislativas existen. Los testimonios existen. Las secuelas también existen. Lo que todavía falta es que la sociedad se anime a escuchar.

Y porque todavía hoy seguimos luchando por algo tan básico como una vida digna. Una vida en la que nadie tenga que pedir perdón por existir. Una vida en la que nadie tenga que escapar para sobrevivir emocionalmente. Una vida digna para vos, para mí y para todas las personas que alguna vez fueron obligadas a sentir vergüenza de quienes eran. Porque, aunque intentaron destruirnos emocionalmente, seguimos acá. Viviendo. Resistiendo. Y aprendiendo, después de tanto dolor, que existir también puede ser una forma de libertad.

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