Seis y treinta y seis. La luz se filtra aun con la cortina improvisada. Sus ojos no la ven, tienen el velo de las imágenes recurrentes del pasado. Tal vez ya no pueda ver más la realidad como es; las paredes untadas por las sombras y la claridad son las de aquel cuarto y no las de esa celda.
Sentir la náusea, el leve mareo al mirar su mano en la empuñadura; mirar, pero no ver, la sangre que se agolpa en su cabeza y hace latir las sienes; el sonido metálico de su respiración, algo que cruje, y la respiración que se detiene; el silencio que domina la escena como en esa celda.
El pabellón revela soledad. Otra vez la mano se levanta desafiante, vengadora, pero tiembla, como lo hace ahora cuando debe pasar la soga por la reja de la ventana más alta. El gesto es el mismo entonces y en este instante; las palabras vuelven perfectamente crueles para lacerar. Las escucha mientras la mano alcanza el cenit de su recorrido y se atrinchera en esa empuñadura; un ejército de palabras encarceladas por años se libera por fin y empuja la mano hacia su destino fatal.
El mismo que obliga a la otra mano a recoger la punta de la soga que ha pasado el entramado de hierro. Ambas, aquellas y éstas, deben destruir para siempre el horror.
Siente cómo las palabras las guían en un gesto asesino o suicida, en los dos un acto de justicia. Sin embargo, las manos se detienen un segundo repitiendo el pasado, paralizando el gesto sobre aquel pecho; entrelazadas como en un rezo del mismo modo que ahora toma esa soga sobre su cabeza.
Las lágrimas caen por sus mejillas marcando los surcos que dejó la vejez del encierro. El rostro diáfano de Isabel la acompaña desde las sombras. Sus pies descalzos sienten la suavidad del piso de madera y del frío cemento; es curioso, las dos sensaciones se parecen. Los jóvenes pies se afirman para el impulso; éstos, envejecidos, se afirman sobre el banco de madera para asegurar la altura. Las manos descienden bruscamente enterrando la hoja afilada una y otra vez, diez veces, veinte quizás: no lo sabe, porque la sangre sale desesperada del pecho inundando también sus ojos, que ahora miran las paredes de la celda, mientras con un movimiento preciso tumba el banco que la sostiene, para que la soga se cierre sobre su cuello.
Desaparecen las palabras, se esfuman las imágenes del pasado. Basta de sangre, de abuso, de vejación, de golpes, de traición, de ser entregada a otros; basta también para las paredes de la celda, la mugre, la humedad, el frío intenso, la oscuridad. Elige ver el rostro de Isabel. Las dos sonriendo en el prado, corriendo sin prisa por el parque, imitando a la ninfa de la fuente sin agua, aquella que, testigo de sus besos, del abrazo nocturno, vio cómo se alejaban tomadas de la mano y cómo, al darse vuelta, quedaban convertidas en sal. La ninfa, testigo de los ojos de Amalia cerrándose sobre la imagen final de Isabel.
