Desde hace décadas, la ciudad de Concordia ocupa los primeros puestos en el ranking de pobreza de la Argentina. Inmensas barriadas barrosas, de ranchos precarios, hechos con recortes de chapas y silo bolsas, son la postal que acompañan las esporádicas notas que recuerdan que un mar de gurises se crían entre el hambre, la falta de escolaridad y el desempleo estructural de sus padres.
La provincia siempre padeció las consecuencias de un modelo de desarrollo nacional que concentra los recursos en otros lados y que lleva lo que producimos afuera, sin pensar en las consecuencias sociales y ambientales de eso. A ello se suma la falta de creatividad, compromiso y honestidad de generaciones enteras de gobiernos nacionales, provinciales y locales, que han naturalizado que más de la mitad de población viva sin nada en una provincia que lo tiene todo.
Ya en principios de la década de 1970 los asentamientos precarios proliferaban por doquier, especialmente en las zonas bajas, donde las tierras eran ajenas a los negocios inmobiliarios. Fueron años en los que las topadoras destruyeron ranchos de la costa y los camiones arrojaron a los basureros montones de palos y chapas. Fue la solución que encontró el gobierno de entonces (misma cruel falta de creatividad que se ve también en nuestros días) para que decenas de familias dejen de inundarse.
Pero aquellos tiempos, eran los años de militancia y compromiso. Eran tiempos en los que se cuestionaba la injusticia de no tener dónde cobijar a los hijos y a los sueños. En Concordia, como en el resto del país, los jóvenes de la acción católica comenzaron a encarnar las ideas de la “opción preferencial de Cristo por los pobres” nacidas al calor de la revolución que propuso el Concilio Vaticano II dentro de la Iglesia Católica y a cruzarse cada vez más con la militancia social de la Juventud Peronista que se inspiraban en la figura de Evita.
Fue así como un grupo de concordienses, liderados por dos sacerdotes, decidió ayudar a los habitantes de aquel asentamiento arrasado a construir viviendas dignas. Pasaron días enteros con los vecinos edificando casas alpinas, esas de techos pronunciados que parecen salidas de los cuentos de Blancanieves.
Aquella pequeña y casi imperceptible revolución de dignidad se detuvo el 24 de marzo de 1976, cuando al calor de la supuesta “lucha antisubersiva”, la solidaridad y la dignidad fueron sinónimo de terrorismo. Muchos de esos jóvenes fueron secuestrados y torturados, y algunos, hasta hoy, integran la lista de personas detenidas desaparecidas.
Graciela Vanzán, militante de la JP y catequista del asentamiento, tenía 18 años cuando la detuvieron. Tras ser liberada comenzó una huida que la llevó de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, hasta ocultarse en un convento del interior de la provincia de Buenos Aires. Insilio llaman a ese sentimiento de pérdida, huida, ausencias y culpa… por haber sobrevivido cuando otros no.
Alfredo Hoffman, licenciado en Comunicación Social y periodista, tomó la vida de Graciela como excusa para escribir su libro “Volver a las casas alpinas. Una historia de militancia, insilio y ausencia”, una obra necesaria que no sólo nos permite a los entrerrianos conocer aristas ignotas de nuestro pasado reciente, sino, además, busca volver a preguntarnos cuánto nos duele, interpela y compromete esa injusticia social que sólo parece visible en los rankings de pobreza.
“El insilio implicaba cambiar de vida, inventarse una vida, simular ser algo que no se era, porque todo el tiempo existía el riesgo de decir algo inconveniente que revelara —ante quien no era conveniente hacerlo— que uno estaba escapando”
– ¿Qué te movió a escribir el libro?
– Las motivaciones para escribir este libro fueron varias. Por un lado, creía necesario escribir sobre lo ocurrido durante la dictadura en Concordia, más allá de lo que ya venía haciendo en el marco de mi trabajo periodístico. Era un interés personal por ser oriundo de esa ciudad y por compromiso con la temática. Por otro lado, conocí algo de la historia de vida de Graciela Vanzán al leer lo que escribió para el libro «No son solo memoria. Historias de detenidos desaparecidos de Concordia», compilado por Gisela Romero. Graciela fue una de las tantas personas que participaron con sus textos. Ella escribió allí sobre quien era su novio Jorge Emilio Papetti, uno de los desaparecidos de Concordia. El caso de Papetti es uno de los más conocidos porque estaba haciendo el Servicio Militar en el Regimiento de Concordia cuando fue detenido y luego fue torturado y desaparecido. En aquel texto, Graciela habla de Jorge y relata cómo fue que lo conoció, un día en el barrio Pancho Ramírez. Después entrevisté a Graciela para el programa «Marcha» de Radio UNER y allí conocí un poco más sobre su vida y sobre la importancia que tuvo para la militancia de Concordia y de Entre Ríos en general el proyecto de autoconstrucción de viviendas del barrio Pancho Ramírez. Todo eso hizo que creyera que allí había una historia para contar y eso después se convirtió en un libro.

– ¿Qué es esto del insilio?
– Insilio es una palabra que se viene utilizando en algunos estudios para nombrar lo que antes tal vez era más conocido como exilio interno.
Es decir, la experiencia de quienes para salvar su vida durante la dictadura debieron dejar la ciudad donde vivían para trasladarse a otro lugar dentro del país. Esta experiencia atravesó a miles de personas, aunque a pesar de eso permanece bastante invisibilizada. No es solamente una mudanza de ciudad, sino la interrupción de los vínculos sociales, culturales, familiares y, por supuesto, militantes. El insilio implicaba cambiar de vida, inventarse una vida, simular ser algo que no se era, porque todo el tiempo existía el riesgo de decir algo inconveniente que revelara —ante quien no era conveniente hacerlo— que uno estaba escapando. A diferencia del exilio, entiendo que el peligro en el insilio estaba todo el tiempo latente y por lo tanto el miedo persistía, era ominpresente. En el caso de Graciela, ella dejó Concordia el mismo día que fue detenida, trasladada a una comisaría para ser interrogada y luego liberada. Al salir de la comisaría se tomó un colectivo sin saber adónde ir, porque estaba segura de que la estaban siguiendo. Se bajó en el obispado de Concordia, pidió hablar con el obispo y que lo llamaran al sacerdote Andrés Servín, un cura tercermundista que era quien lideraba el proyecto de autoconstrucción de viviendas en el barrio Pancho Ramírez. Él le consiguió un lugar adonde quedarse en Paraná, así que ese mismo día huyó de Concordia, estuvo en Paraná y después en casas de familiares en Villaguay y la provincia de Corrientes. Después estuvo en Buenos Aires y finalmente consiguió un trabajo en Bolívar, provincia de Buenos Aires, como cuidadoras de niñas huérfanas en un hogar de monjas. Allí decía que estaba haciendo una experiencia religiosa. No volvió a Concordia hasta recuperada la democracia y lo que más le costó fue volver al barrio donde militaba, lo que recién pudo hacer muy entrado el siglo XXI. Es que en las personas que se salvaron del horror de la dictadura, y además lo hicieron porque escaparon y dejaron la militancia, opera un sentimiento de culpa muy pesado, que es muy difícil de superar o al menos aliviar. Seguramente esto que yo cuento en el libro y que forma parte de la historia de vida de una persona, es la historia de decenas de miles o cientos de miles de personas que pasaron por lo mismo, con secuelas a nivel de salud mental que todavía están vigentes.
– ¿Hubo algo del proceso de escribir y rescatar esta historia que te haya sorprendido o interpelado especialmente?
– Muchas cosas me interpelaron o me conmovieron, y además hicieron que buscara más información o entrevistara a más gente para seguir investigando. Por ejemplo, la experiencia de las casas alpinas del barrio Pancho Ramírez. Cuentan que las primeras familias llegaron a ese lugar –un arenal muy alejado del centro de la ciudad– fueron trasladadas compulsivamente desde la costa del río Uruguay, donde vivían, a principios de la década del 70. Fue la solución que la dictadura de aquel entonces –1972– encontró para que no se inundaran con cada creciente del río. Les derribaron con topadoras los ranchos donde vivían y los arrojaron en ese lugar con los palos y las chapas de lo que había sido su hogar. Sin ningún servicio básico, para que se arreglaran como pudieran. Fue allí que el cura Servín —que estaba en la Gruta de Lourdes, en la zona donde vivían esas familias anteriormente– organizó el proyecto de autoconstrucción de viviendas, junto a una ONG que se formó para esa iniciativa (Agrupación de Ayuda Comunitaria – AGRAC) y la Juventud Peronista de la ciudad. Eligieron hacer casas alpinas porque para construirlas necesitaban mucha madera que abunda en la zona. El sistema era que todos los vecinos trabajaban juntos para construir la casa de los demás, con la ayuda de los militantes de la JP, entre los que estaba Graciela, que era una adolescente. En el verano del 74 muchos militantes de Paraná y otras ciudades de la provincia participaron de esa experiencia. Fue una iniciativa solidaria muy valiosa. Después vino la dictadura y muchos de los que allí trabajaron fueron detenidos y torturados y algunos incluso desaparecidos. Todo un símbolo: la solidaridad era considerada subversiva.

Otras situaciones que me interpelaron y que espero que también interpelen a quienes lean el libro son la cuestión del insilio, la ferocidad del genocidio aún en ciudades de provincia y mientras gran parte de la sociedad desconocía lo que sucedía o prefería no saber, y el compromiso social de un sector de la iglesia, en contraposición a la complicidad de la cúpula eclesiástica y de muchos religiosos que fueron parte del terrorismo de Estado. Hoy ese compromiso social se expresa en los curas en opción por los pobres y seguramente también en otros sectores religiosos.
En las presentaciones del libro que hemos hecho surge la necesidad de volver a aquel compromiso con los y las humildes, a la organización política desde la solidaridad, en el actual contexto en el que parece que predomina el culto al individualismo, al sálvese quien pueda y al éxito económico. Pero al mismo tiempo surge que en todos lados existen agrupaciones que se dedican a sostener a los y las excluidos, aunque no sean noticia en los medios de comunicación o no sean virales en las redes.
– ¿Por qué seguir escribiendo y pensando sobre pasado reciente y memoria?
– Porque el pasado no pasó. Sigue sucediendo. Las secuelas del terrorismo de Estado siguen vigentes. Los vínculos sociales destruidos por el genocidio, por el miedo, todavía necesitan ser reconstruidos. Porque la ferocidad del genocidio tuvo el propósito de exterminar experiencias solidarias y de organización política como las que intenté contar en el libro y es necesario seguir rescatando esas experiencias y no permitir que las borre el olvido. Porque todavía falta mucho por pensar, investigar y narrar. Y como siempre decimos, hacer memoria es una forma de intentar que no vuelva a suceder.
