Hay una pregunta que abre interrogantes sin fin: ¿Cómo se habitan las ausencias? En una cultura que castiga lo lento, el sufrimiento se ve obligado a volverse invisible. La sociedad actual parece cargar con un mandato generalizado: está mal mostrarse mal.
Una premisa que se amplía sin distinguir edades y que se maquilla, sin escrúpulos, en las redes sociales, donde el dolor no vende. El entorno cuestiona e intenta regular toda demostración de miseria o derrota, aunque se viva rodeado de ellas.
Todos los días se pierde algo: país, trabajo, casa, sueño, juventud, hábitos, ilusiones. Algunas tienen despedidas, otras pasan en silencio. Las vemos, pero no todas nos hacen llorar. Se mezclan con los detestables “soltar” y “superar” del mercado, perdiéndose entre la exigencia y la necesidad de hacer (aunque algo duela). El duelo emerge ahí, sin quererlo, como un acto de resistencia.
Freud explicaba, en su obra Duelo y melancolía, que el duelo es por regla general una reacción ante una pérdida de una persona amada o de una abstracción que puede hacer sus veces de patria, de libertad, de un ideal. Para la psicóloga Débora Espinosa este concepto también es fundamental, porque el psicoanálisis implica, además, que la presencia de un “otro” es indispensable, tanto como despojar a dicho proceso de su mala prensa.
Allí, Débora advierte algo central: aunque el duelo suele traer consigo graves desviaciones de la conducta normal, no se considera un estado patológico ni se remite al médico para su tratamiento. Confiamos en que pasado cierto tiempo se lo superará y juzgamos dañino perturbarlo. Freud indicaba que el duelo no se toca, es un camino singular que no puede estandarizarse.
“El dolor no responde a escalas universales u objetivas. El psiquismo no sabe de jerarquías sociales; sabe de afectos y del lugar inconsciente que aquello ocupa para cada sujeto”, sostiene la psicóloga.
LA TRAMPA DE LAS JERARQUÍAS
Lo que determina el sufrimiento es la significación que se le da, no aquello que lo provoca. El psiquismo poco comprende de jerarquías, de afectos y lugares que puede llegar a ocupar un objeto en la vida de un sujeto. Por eso mismo, resulta un baldazo de agua fría el encuentro del dolor con los prejuicios sociales.
¿Cuántas fotos se pueden subir por el fallecimiento de un perro? ¿Cuántas veces se puede nombrar la relación que se terminó? ¿Cuánto tiempo se puede extrañar a los amigos que se alejaron?
Se vive una manía incesante de medir todo el tiempo cuánto deben doler las cosas, cuantas lagrimas se debe llorar, cuántos días hay que quedarse en la cama. ¿Para qué? «Nadie lo hace con maldad, sino porque enfrenta la propia vulnerabilidad», señala Débora.
¿Medimos, acaso, para limitar nuestras propias angustias? ¿Es posible controlar los llantos? Bajo esa premisa, cuestionar el sufrimiento ajeno puede ser una forma de protegernos (o negarnos) del sufrir. Si se evita mirar posteos en redes hablando de una ruptura amorosa el olvido es más fácil, ¿mito o verdad?
Claro que hablar de duelo cuando la muerte se impone suele ser más sencillo que hablar de una pérdida que sigue viviendo sin nosotros. Peor aún: que elige continuar su vida lejos de uno. Algunas pérdidas operan de modos particulares. La amistad, por ejemplo, no es una imposición biológica y la elección que conlleva hace que cualquier potencial distanciamiento atraviese al sujeto de manera particular. ¿Quién no tiene un amigo que extraña, pero la bifurcación de caminos hizo que enviarle un mensaje para saber en qué anda sea un acontecimiento excepcional? No toda pérdida implica un portazo en la cara y eso es, sin duda alguna, lo que complejiza las mediciones.

El duelo es difícil en la muerte tanto como lo es en la vida. Algunas pérdidas no dependen de nosotros, otras un poco sí. Las versiones de uno mismo, que van emergiendo con el correr del tiempo, no siempre encuentran puntos compatibles con aquello que nos unía.
¿Cuánto tiene en común tu yo actual con el yo que compartiste con tus amigos de la secundaria? No podemos conservarlos a todos, y “reconocer qué elegimos soltar es un acto de madurez profunda”, comenta Débora.
LA ECONOMÍA DEL DESEO ES AMIGA DE LA FALSA SUPERACIÓN
Hablar de duelo siempre termina en hablar de superación. Esa idea mágica de que el pasado puede borrarse, que se puede desgravar lo vivido como si fuera un capítulo de una serie al cuál no se le prestó atención, es una confusión generalizada. El olvido no implica desaparición. Implica recordar sin dolor.
Perder a alguien u algo conlleva una reconfiguración de la vida, una continuidad de la existencia con marcas indelebles. Podemos pensarlo como una economía del deseo”, señala Débora Espinosa. “Perdemos una parte del mundo que habitábamos y el psiquismo debe readaptarse a vivir sin ese ingreso afectivo, del mismo modo en que lo económico nos obliga a reorganizarnos cuando perdemos un empleo”.
La lógica del consumo, demasiado unida a los algoritmos de las redes sociales, fue convenciendo a escondidas de que los vacíos se pueden llenar. Comprar objetos, acumular actividades o consumir entretenimiento a mansalva funciona como un anestésico social para tapar el vacío. ¿Lo vamos a negar?
Funciona, pero es un engaño temporal. El vacío sigue estando, solo que está ocupado momentáneamente con otros objetos u otras personas. “El duelo no es una escalera mecánica donde vas subiendo escalones fijos, es un trabajo puramente artesanal, caótico y subjetivo”, relata Débora. El proceso espera por ser habitado, basta con encontrar una foto, con escuchar una canción, con caminar una calle, con volver a nombrarlo.
“Perdemos una parte del mundo que habitábamos y el psiquismo debe readaptarse a vivir sin ese ingreso afectivo, del mismo modo en que lo económico nos obliga a reorganizarnos cuando perdemos un empleo”
“Toda pérdida implica que el yo se desorganice para reorganizarse. Cada vínculo arma una escena subjetiva distinta. Hay un yo que solamente existía en esa trama vincular, y eso es lo que se pierde”, añade Débora. “Pasados los primeros meses, lo esperable no es que el dolor desaparezca, sino que deje de estar en carne viva para pasar a formar parte del entramado normal de tu biografía”.

La caída de una relación o la muerte de alguien no es solo la ausencia de esa persona, es asimismo la muerte de la versión de nosotros que existía con ello. Cada vínculo arma una escena subjetiva única.
“Había un modo de ser, un lugar ocupado y una manera de sentirte mirado que solo existía en esa trama vincular específica, y eso es lo que desaparece”, indica Débora. “Por eso el proceso conmueve la identidad entera: nos toca reorganizarnos a partir de un libreto donde ese personaje clave ya no está para sostener nuestra escena”. Nadie te va a volver a mirar o a hacer reír de la misma manera en que lo hacía quien ya no está, es por eso tapar el vacío con consumo no funciona.
Al silencio…
¿Qué pasa con los duelos “no hechos», esas pérdidas pequeñas y silenciosas que no tienen ceremonia, velorio ni ritual de legitimación colectiva? Una mudanza no procesada, un lazo que se enfría o un proyecto que naufragó pasan por el costado como llantos sin permiso. No te detenés a pensar, ni hay tiempo para ponerse a llorar: se resuelve cambiando el camino.
“Lo que no es nombrado, lo que no pasa por algún lugar de la palabra, la escritura o el recuerdo, queda encapsulado en la trama de la vida de esa persona”, advierte la psicóloga. Esas deudas afectivas insisten y pueden reaparecer de diversas maneras después, el inconsciente no olvida y el psiquismo puede cobrar sus deudas de forma silenciosa (o no tanto).
Cuando un duelo no se hace, cuando un conflicto no se dialoga, el duelo puede tomar formas patologizantes. “La nostalgia permite recordar lo perdido conservando el lazo vital con la vida. La melancolía, en cambio, deja al sujeto capturado. Es como decir: no te mueras con tus muertos”, describe Débora. Es importante distinguir cuando el duelo cruza ciertas líneas. No se mide, no tiene principio y final, pero si tiene que estar presente una certeza: no puede capturarte.

La psicóloga retoma la diferenciación freudiana entre la nostalgia y la melancolía. La nostalgia es un dolor saludable, permite mirar la herida con ternura y aceptar que la pérdida dejó marcas, pero conservando el lazo vital con el presente. La melancolía, en cambio, arrasa. El yo se empobrece, se vacía y la vida se detiene en ese instante del pasado.
Cuando aparecen indicadores graves en los que el lazo con el mundo se vuelve endeble, cuando la persona no puede disfrutar, no come, no duerme o no logra concentrarse, el dolor se volvió un quiste. “Ahí el dolor dejó de caminar para convertirse en algo patológico que requiere un espacio terapéutico”, explica Débora.
…no le gana el ruido, le ganan las palabras
El refrán de “el tiempo lo cura todo” es discutible, aunque suene agradable. El dolor va a seguir estando si me siento todos los días en la misma esquina, a tomar el mismo café, viendo las mismas caras pasar, en el mismo horario, con las mismas medialunas. Lo que cura, en realidad, es lo que se hace con el tiempo.
“La nostalgia es un dolor saludable, permite mirar la herida con ternura y aceptar que la pérdida dejó marcas, pero conservando el lazo vital con el presente. La melancolía, en cambio, arrasa”
Para que la habitabilidad sea posible es necesario nombrar al dolor, que la pérdida tenga identificación, que el vacío (valga la contradicción) tenga espacio. Como siempre, el poder de las palabras se presenta indispensablemente como la posibilidad de simbolizar lo que irrumpe como sufrimiento. Para canalizar, para procesar, para reconstruir.
No hablar de alguien para “no soportar el llanto del otro” es un rechazo cultural que, disimulado en la búsqueda de ayudarle, condena al doliente a la soledad. Y esa soledad es terriblemente particular. El prejuicio a mostrar la angustia arrastra a quien padece a esconder sus miserias. Doble esfuerzo: duelar y fingir.
Cambiar la incertidumbre del silencio por la contundencia de la palabra es una salida colectiva necesaria. Escuchar, aunque un poco agote, habilita un lugar potente. ¿Hasta cuándo las realidades deben ser escondidas?
Duelar puede implicar, al fin y al cabo, tener el coraje de ser profundamente honestos con nosotros mismos: aceptar la falta, registrar la caída y asumir que fuimos transformados para siempre por lo que perdimos, pero que, aun con la ausencia a cuestas, elegimos seguir viviendo (como se puede).
