Como todo proceso genocida, no ocurrió de un día al otro ni por la determinación de una persona especialmente perversa. Se trata de procesos sociales complejos, en los que la violencia, la discriminación y la exclusión de un grupo humano se termina por convertir en exterminio (total o parcial).
El genocidio armenio comenzó a gestarse en los últimos años del siglo XIX cuando se fundó un movimiento político turco denominado “Comité para la Unión y el Progreso”, que diagnosticó que el Imperio estaba en una situación de decadencia y que gran parte del problema económico, social y territorial residía en las minorías.
“Turquía para los turcos” fue el lema que habilitó la proliferación de violencias simbólicas que llevaron a la deshumanización de los armenios y otras etnias (especialmente católicas), que comenzaron a ser llamadas “parásitos”, “insectos” o “peligrosas” para la seguridad y vitalidad del Imperio.
Este movimiento político, “Los Jóvenes Turcos”, tomó el poder en 1908 y desplazó al Sultán. Tan sólo un año después, desde el Estado se masacraba a una comunidad armenia en la región de Adana, donde se estima que fueron asesinadas alrededor de 30 mil personas frente a la indiferencia cómplice de las potencias europeas. Pero fue con el inicio de la Primera Guerra Mundial que el Estado aprovechó la situación de excepcionalidad para concentrar todo el poder, imponer medidas arbitrarias y aprovechar el temor y la confusión de la población.
Según las investigaciones históricas, la planificación del exterminio tuvo dos fases. La primera estuvo signada por la destrucción de los líderes de la comunidad armenia, lo que implicó el asesinato de alrededor de 250 figuras reconocidas de la colectividad (clérigos, comerciantes e intelectuales). Estos hechos tuvieron lugar la noche del 24 de abril de 1915, motivo por el cual la fecha ha sido señalada como conmemorativa del genocidio. Mientras tanto, en el frente de batalla, los jóvenes varones armenios fueron ultimados por orden de los propios oficiales de su ejército.
Eliminados los líderes y jóvenes de la comunidad, comenzó la segunda fase del genocidio, que tuvo como principales víctimas a las mujeres, niños/as y ancianos/as a través de las deportaciones masivas que se conocieron como “caravanas de la muerte”.
Las familias eran obligadas a dejar sus pueblos y aldeas, sus propiedades eran confiscadas y sus bienes, robados. Durante la marcha hacia los desiertos se dieron asesinatos masivos de niños, raptos y violaciones sistemáticas de mujeres. Quienes no eran asesinados por los gendarmes morían de hambre y sed. El destino final de quienes lograban sobrevivir al sometimiento extremo por parte del Imperio fueron los campos de concentración en el desierto de Der-Zor, donde fueron degollados y quemados.
Se estima que alrededor de un millón y medio de armenios fueron asesinados durante el Genocidio. Además de la minoría armenia, hubo una política contra las poblaciones sirio-católica, griega-ortodoxa y protestante, entre otras.
“Durante la marcha hacia los desiertos se dieron asesinatos masivos de niños, raptos y violaciones sistemáticas de mujeres. Quienes no eran asesinados por los gendarmes morían de hambre y sed”
A principios de la década de 1920, Armenia pasó a ser una república dentro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Luego su caída, en 1991, la República Armenia se convirtió en un Estado independiente. Los crímenes quedaron impunes y no hubo resarcimiento alguno. Al día de hoy, 111 años después de estos hechos, el Estado turco sigue negando lo acontecido.
ARGENTINA ABRIÓ SUS BRAZOS
Cuando comenzaron a aplicarse las primeras medidas de exclusión a la comunidad armenia durante el primer gobierno de los Jóvenes Turcos, miles de familias salieron de los territorios otomanos para salvar sus vidas. Argentina fue un país de recepción de aquellas primeras familias y, con el paso de las décadas, fue recibiendo otras oleadas migratorias de origen armenio que elegían este territorio por haber sido tan benefactor cuando el mundo cerraba sus puertas.
La primera oleada de migrantes armenios llegó entre 1909 y 1914 y continuó entre 1922 y 1930 con familias que habían migrado primero a otros destinos. Hacia mediados del siglo XX nuevos contingentes de sobrevivientes y descendiente llegaron desde Grecia, Francia, Líbano, Siria, Rumania y Estambul y, la última llegada numerosa fue en 1991 con la caída de la URSS.
Actualmente en la Argentina se estima que viven entre 100 y 135 mil armenios que mantienen viva la llama de la memoria, su cultura y su historia que, también, es la nuestra.
En 2007 el Congreso de la Nación sancionó la Ley 26.199 que declara el 24 de abril como “Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”, en conmemoración del genocidio de que fue víctima el pueblo armenio.
Cuatro años más tarde, el 1° de abril de 2011, la Justicia Federal declaró la existencia del Genocidio contra el pueblo armenio en un juicio por la verdad promovido por el escribano Gregorio Hairabedian, quien buscaba conocer la verdad sobre el paradero de sus familiares muertos durante el genocidio.
Los “juicios por la verdad” son procedimientos judiciales sin efectos penales que se basan en el “Derecho a la Verdad” de las víctimas y sus familias. Los primeros juicios de esta naturaleza tuvieron lugar en nuestro país hacia 1998 a raíz de una intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que había recibido una petición de Carmen Aguiar de Lapalcó, una de las Madres de Plaza de Mayo que, además, había promovido la creación del Centro de Estudio Legales y Sociales (CELS).
“Actualmente en la Argentina se estima que viven entre 100 y 135 mil armenios que mantienen viva la llama de la memoria, su cultura y su historia que, también, es la nuestra”
En el marco de la impunidad que regía aquellos años, Carmen se presentó en las instancias internacionales para conocer qué había pasado con su hija (detenida desaparecida hasta el día de hoy). Así fue como la Corte Internacional exhortó a la Argentina a que, si no podía condenar penalmente a los represores por sus leyes internas, tenía que al menos garantizar el derecho a la verdad de las familias.
Aquellos juicios fueron un hito muy importante en la historia de los Derechos Humanos (DDHH) de nuestro país, porque sirvieron para recaudar pruebas y testimonios valiosísimos que serían posteriormente utilizados en los juicios por delitos de lesa humanidad cuando se derogaron las leyes de impunidad. Además, los juicios por la verdad han sido herramientas importantísimas de reparación simbólica para las víctimas de otros crímenes de Estado, como fue el caso de la comunidad armenia y como ha sido, más recientemente, con las comunidades originarias víctimas de la Masacre de Napalpí (ocurrida en Chaco en 1924).
NUNCA MÁS
Hoy, la comunidad armenia de la Argentina vive en un país que reconoce el genocidio al que fueron sometidos sus ancestros. Este país le abrió sus puertas, como a tantos otros y aquí las familias armenias pudieron vivir y prosperar. Su riqueza cultural pervive en la que ahora es nuestra, de todos. Sus hermosos restaurantes proliferan en la Buenos Aires cosmopolita y palermitana, tan mezclada y pintoresca. Detrás de la integración y el amor que tienen a esta tierra generosa, siempre estará la sombra de aquel oscuro capítulo de la historia universal que si los pueblos y las naciones del mundo hubieran realmente observado y condenado no se hubiera repetido una y otra, y otra vez.
Esta nota y la ilustración que la acompaña van dedicadas:
A todas las personas que han mantenido viva la llama de la memoria.
A Greta, que me convidó los primeros libros que hablaban de su historia, nuestra historia, tan ignota para mí por entonces.
A Nicolás Artín, que con la nostalgia de su tango viajó a la tierra de sus abuelos y marchó para que no haya olvido.
A quienes sigue luchando y creyendo que la sangre derramada será redimida cuando vivamos en un mundo de paz y solidaridad.
