¿QUIÉN CUIDA A LOS QUE CUIDAN?

EL AULA COMO TRINCHERA

Treinta gurises cruzan la puerta cada día, a veces más, a veces menos, habitando un espacio del cuál se suelen esperarse milagros. La enseñanza debería serlo, pero el aire denso también camina entre cuadernos y lápices que escriben apurados. El docente, un adulto frente a una catarata de miradas que esperan que pueda responderlo todo. Cuando la realidad cruza la puerta no hay equipos de emergencia.

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En diálogo con los profesionales de Tercera Tópica, desde La Mala buscamos miradas necesarias para comprender los laberintos normativos y subjetivos de la actualidad. Abriendo una pregunta, tan urgente como incómoda: ¿se convirtieron las escuelas en instituciones destinadas a abordar la Salud Mental sin ningún tipo de aviso o preparación? Lo que se supone un espacio de aprendizaje se transformó (o se le obliga a transformarse) en un escenario en el que los emergentes dominantes pertenecen más a la psicología que a la pedagogía.

SOLEDAD Y NARRATIVA ROTA

El reciente informe «Escuelas desbordadas» de Fundar y el CIAS (abril 2026) pone en números lo que se vive en las aulas: el 57% de los adolescentes sufrió ansiedad y el 37% atravesó la depresión. Las advertencias de los docentes poco tienen que ver con quejas, hablan de una sentencia dolorosa que de repente no todos están dispuestos a escuchar: los gurises están solos, aunque parezca que no. Y es esa soledad la que el docente termina habitando e intentando (fuera de lo que le corresponde) remendar. Hay una narrativa completamente rota, en la que los gurises no ven un correlato entre sus esfuerzos, las oportunidades y el futuro.

En Entre Ríos, se suma una de las tasas más elevadas de suicidio, que empuja a la docencia practicamente al abismo. El aula no es ajena a las cifras. Y como si no tuvieran bastante por hacer, emerge el pedido de que los educadores detecten o prevengan aquello que, para buena parte de nuestra sociedad, sigue siendo un tabú. ¿Cuánto se habla de suicidio sin buscarle un sinónimo?

Con comunidades que esquivan palabras y sistemas de salud colapsados, ¿qué puede hacer la escuela? El docente es docente, no mago. Sostener los vacíos no es sencillo cuando las historias que se escuchan son tantas.

El sistema educativo, en los papeles, forma parte del Sistema de Protección Integral (SIPA), bajo la Ley N° 26.061, articulando salud, educación y derechos. El Consejo General de Educación (CGE) y el Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf) distribuyen protocolos y «cuadernillos de situaciones complejas» que operan como guías técnicas. Se le dice al docente que su responsabilidad tiene cuatro aristas: detectar, contener, comunicar y derivar. Sin embargo, el resguardo legal es un terreno pantanoso.

El docente responde cuánto puede y como puede, siguiendo su instinto, entre gurises que tienen vivencias, familias y situaciones económicas totalmente distintas.

¿Es posible canalizar todo?

A vista de muchos que exigen sin detenerse, parece que sí. Sin embargo, en la actualidad no es tan así. El docente puede actuar, pero no puede hacerse cargo si el sistema externo falla. El informe de Fundar denuncia que el sistema público de salud otorga turnos con cinco meses de demora.

¿Qué hace un docente con un gurí en crisis durante esos ciento cincuenta días de espera?

El marco regulatorio está pensado para situaciones modelo, que distan años luz de la precariedad edilicia y económica de nuestras escuelas.

¿QUIÉN CONTIENE AL QUE CONTIENE?

Existen momentos en los que parece olvidarse, la sociedad en general, que el docente es una persona con historia y desbordes propios. Siendo, sin que sea su primera obligación, el primer filtro de la salud mental de muchos jóvenes. Sumando a la pila de exámenes que se llevan para corregir en casa un sinfín de relatos que desgarran. Implicando el riesgo de que el aula se convierta en un espacio de transferencia de traumas sin una red de contención que atienda al gurí, pero también al adulto.

“Resulta urgente dejar de ver al adulto del aula como un recurso inagotable, como una especie de chat GPT que siempre sabe cómo resolver, como el superhéroe de película que se para estoico después de tres balazos”

Los indicadores de estrés y desgaste son elevados en la población docente, más que en otras profesiones. Sueldos bajos e inestables, infraestructuras que se caen a pedazos, programas de formación ausentes, exigencias exageradas. El malestar psíquico no hace más que aumentar, dificultando cualquier tipo de intervención objetiva. Se les pide que sean todo, que cubran lugares que los exceden: maestro, psicólogo, psicopedagogo, consejero, personal de salud y un etcétera que podría no terminar. Una exigencia que se contradice con la falta de acompañamiento que muestra la mayoría de las comunidades.

La problemática de Salud Mental no se soluciona desde un solo espacio, requiere trabajo interdisciplinario e interinstitucional. De nada sirve que en las cinco horas de clases se aborde aquello que el resto del día no se quiere mirar.

ENSEÑAR ENTRE LOS ESCOMBROS


La educación es un acto de transmisión humana y situada, una tarea que inevitablemente aloja y contiene malestares para poder propiciar aprendizajes significativos. En ese sentido, no se puede canjear el acto educativo por un rol de asistencia social permanente y sin recursos.

Resulta urgente dejar de ver al adulto del aula como un recurso inagotable, como una especie de chat GPT que siempre sabe cómo resolver, como el superhéroe de película que se para estoico después de tres balazos. Enseñar en contextos cada vez más adversos no debe sostenerse en soledad: la red tiene eslabones rotos.

La escuela fue y es, refugio. Pero no puede solucionar problemas que implican algo más que una escucha momentánea. Y si es un reflejo de la sociedad, como se suele decir, debería ponernos alerta: los gurises están solos y los adultos a cargo también. No se puede luchar contra lo que se invisibiliza.

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