CARTA DE UNA MAESTRA AL SOLDADO ARGENTINO

EL ALMA ENTRERRIANA QUE LATE EN MALVINAS

El 2 de abril se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Aquí, en Entre Ríos, un amor profundo nos conecta con las islas y la entrega de quienes defendieron la causa nacional. Entre esas historias que valen la pena contar está la de Evelyn Martínez, una maestra rural. “Hoy me siento triste, soldado. Seguís combatiendo. Nunca pudiste dejar de pelear”, escribió, en una emotiva carta.

Texto: Agustina Díaz | Ilustración: Diego Abu Arab
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Es imposible escindir la historia de la Guerra de Malvinas del contexto nacional en el que tuvo lugar. Fue en 1982, en medio de la grave crisis que comenzaba a transitar la dictadura militar, cuestionada por las violaciones masiva a los Derechos Humanos (DDHH), la crisis económica y el empeoramiento de todos los indicadores sociales, especialmente los de desocupación y pobreza.

El conflicto duró 74 días y terminó con la rendición argentina el 14 de junio. Fueron enviados veinte mil combatientes aproximadamente, el 70 % eran soldados conscriptos y el 30 % personal militar. Murieron 649 argentinos, entre ellos los gualeguaychuenses, hoy recordados como héroes, Carlos Mosto y Raúl Dimotta.

Gran Bretaña cometió un escandaloso crimen de guerra: fuera de la zona de exclusión atacó y hundió al crucero argentino ARA General Belgrano asesinando a 323 tripulantes. Contó con el apoyo de los países más importantes del mundo pleno y, al día de hoy, en pleno siglo XXI, mantiene un anacrónico colonialismo que viola nuestra integridad territorial y constituye una amenaza persistente para la seguridad y los intereses argentinos.

La guerra exhibió las contradicciones propias de nuestro pueblo: mientras muchas familias argentinas se desprendían de lo que tenían para acompañar a los soldados en combate, reconociendo que muchos eran hijos de familias humildes de nuestro país, en el continente las discotecas, centros comerciales y algunos eventos deportivos se continuaban como si nada. La desconexión entre las condiciones extremas que atravesaban los combatientes y la “normalidad” con la que transcurrieron los 74 días de conflicto en la mayor parte del país es uno de los recuerdos más dolorosos que conservan los veteranos.

Tras la rendición argentina, bajo el mandato de Reynaldo Bignone, la Junta Militar creó la Comisión de Análisis y Evaluación de Responsabilidades en el Conflicto del Atlántico Sur, con intención de identificar las fallas y las responsabilidades de los militares en el conflicto. Entre sus hombres más prominentes se encontraba el teniente General Benjamín Rattenbach, un militar probo, reconocido y alejado del sistema represivo.

Las conclusiones del informe fueron lapidarias respecto a las fallas políticas, de planeamiento y de conducción de la guerra. Las internas políticas entre las armas se habían expuesto en el campo de batalla y los años de formación en la Doctrina de Seguridad Nacional habían debilitado a las Fuerzas Armadas (FFAA) en su rol legal y constitucional.

Al culminar el conflicto, con la intención de ocultar las consecuencias diplomáticas, territoriales y humanas, la dictadura acalló las voces de sobrevivientes y familiares de los caídos en lo que se conoció como el proyecto de “desmalvinización” de la sociedad argentina, el cual continuó por largos años de democracia. Sin embargo, a pesar de ello, gran parte del pueblo argentino no olvidó a los jóvenes que fueron a las islas ni abandonó el reclamo legítimo de soberanía nacional sobre los territorios australes.

“El conflicto duró 74 días y terminó con la rendición argentina el 14 de junio. Fueron enviados veinte mil combatientes aproximadamente, el 70 % eran soldados conscriptos y el 30 % personal militar”

UN ARDOR EN EL PECHO ENTRERRIANO QUE SE LLAMA MALVINAS

Cuentan los que volvieron de la guerra, que, en las noches de combate, ensimismadas de frío, miedo y muerte, los sapucay de los soldados litoraleños surcaban los vientos y llenaban el pecho de orgullo y coraje. En esos gritos nacidos desde las entrañas se revelaba el alma indómita, guaraní y criolla, que peleaba humilde y honorablemente contra uno de los imperios más grandes del mundo.

En casi todos los pueblos entrerrianos hay veteranos de Malvinas que buscan conservar viva la llama de la memoria, no sólo de sus compañeros caídos sino, sobre todo, trabajan por difundir la responsabilidad moral que tenemos los argentinos por continuar el reclamo soberano de las Islas. Ahí andan, visitando las escuelas, organizando charlas, haciendo actos, pintando murales, yendo a las radios o acompañando fechas patrias. Ahí los vemos, con sus familias, con sus insignias y con los pedazos rotos de una humanidad dolida porque la guerra deja eso: muertes y esquirlas.

En 2011, a la pequeña localidad de Aldea San Antonio, ubicada en el departamento Gualeguaychú, llegó un grupo de veteranos de Concepción del Uruguay que andaba recorriendo las escuelas rurales y los pueblos chicos de la provincia, allí donde llega poco y todo parece lejos, pero donde las banderas argentinas se alzan todas las mañanas para fundirse con el cielo.

Y en la escuela estaba Evelyn Martínez, una de esas docentes de vocación y compromiso que se emocionan con cada pequeño logro de un alumnito y que abrazan también las necesidades y tristezas. Desde el día que Evelyn acompañó a los veteranos en esas sencillas aulas, algo cambió para siempre en ella.

“Desde ese momento, mi relación con esta causa cambió por completo y me propuse, batallar en mi campo, el aula, para que mis alumnos conozcan lo que significó esa guerra en nuestra historia, lo que implicó desde un punto de vista humano y cómo debe pensarse el reclamo de su soberanía desde la paz y el diálogo, alentando en ellos el sentimiento del amor por lo propio”, expresó, en diálogo con La Mala.

Y vaya si lo hizo…

Por honor a nuestros caídos, por gratitud con los veteranos y veteranas, por las familias que se vieron atravesadas por la guerra y con orgullo por todas las personas, como Evelyn, que desde sus espacios construyen un sentido nacional colectivo, tan necesario como urgente, es que quisimos, más que hacer un análisis histórico o político, tomar las palabras de esa docente que nos enseña sobre el valor de la memoria.


SOLDADO QUE ALENTASTE MI MEMORIA

Por Evelyn Martínez, maestra

Te conocí una mañana de abril, cuando el almanaque teñía de rojo tu pasado, obligando recordar la fecha. Hasta ese día, eras sólo el protagonista de un pasado reciente y doloroso, pero que nunca viví. Hasta ese día fuiste una efeméride escolar, un documental en la tele, un programa especial, la conmemoración que no aparece en primera plana. Tu historia era un eco que me llegaba distorsionado, una voz silenciada.

Conocía de tu hazaña lo que otros me contaban. Pero era sólo eso, un cuento. Me costaba entender tu destino y el de tus compañeros porque mi forma de ver el mundo se había forjado en un presente carente de héroes colectivos. No podía comprender cómo un pueblo que había transitado un siglo XX sin guerras demostraba tanta irracionalidad frente a una nación de identidad invasora, pirata, imperial.

¿Acaso mi ceguera fue comparable con la del pueblo argentino que, reunido en torno a la plaza histórica, vivaba una batalla perdida desde el comienzo?

Ceguera digo, porque hasta esa reciente mañana de abril sólo eras un anónimo, una cruz blanca en las Malvinas, el nombre de una calle secundaria. Ese día te conocí, de carne y hueso. De mirada profunda, de sonrisa aprendida. Y ese día entendí, que una vez más, cuarenta millones de veces más, veintinueve años después, yo también me había equivocado.

“Me costaba entender tu destino y el de tus compañeros porque mi forma de ver el mundo se había forjado en un presente carente de héroes colectivos”

No supe escrutar con tus ojos la niebla de la noche. No pude dormir tu sueño, de trueno y fuego. Mis pies no sintieron tu carne lacerada por la humedad y el frío. Mis manos no empuñaron, como la tuya, el arma certera o traicionera ¡con todo lo que eso significa! Y por eso mismo, no intenté sentir con tu corazón el horror de la muerte.

Y aunque hoy sólo pueda escribir esto, después de haberte conocido, sé que tu vida quedó en las islas. La dejaste ahí, con tus compañeros caídos, sólo que pudiste volver para contarlo. Para contármelo.

Hoy me siento triste, soldado. Seguís combatiendo. Nunca pudiste dejar de pelear, porque nosotros, los que no supimos el costo de tu valentía, nunca te permitimos volver a casa. No te reconocimos, no te ayudamos, no te escuchamos, no te dimos el lugar que te merecías. Esa vida, con la que regresaste de la batalla, en ocasiones, te la quitamos acá, cuando cansado de nuestra indiferencia decidiste poner fin a la lucha diaria de tus recuerdos, tus sensaciones, tu presencia invisible. Y me incluyo, porque también soy argentina.

Quiero con estas palabras agradecerte aquella mañana de principios de abril, en la que tuve el honor de sentir en mi hombro tu mano, ésa que peleó por recuperar los derechos de la bandera que veo flamear todos los días en mi escuela. Quiero agradecerte por aquello imborrable en tu vida, incomprensible aún en la mía, pero que debe llenar de orgullo a quien ama este suelo. Quiero que sepas que cuando el almanaque señale el 2 de abril ya no será el hito del recuerdo obligado, porque mi memoria, desde hace unos días, despertó para no volver a dormir.

Héroe en el silencio, prestame tu voz para contar tu historia, para intentar con ello homenajear y engrandecer tu nombre. Para recuperar, desde mi lugar, un poquito de lo que te pertenece.

¡Gracias soldado, por alentar mi memoria!

¡Las Malvinas fueron, son y serán argentinas!

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