Siento angustia, vergüenza ajena e impunidad. Durante décadas, las personas travestis y trans hemos tenido que pagar un peaje de exclusión por el solo hecho de existir. Nos confinaron a la palabra «travesti» pronunciada sin humanidad, como una etiqueta deshumanizante que justificaba corrernos hacia los márgenes de los ejidos urbanos, invisibilizarnos y violentarnos. Hoy, el espanto adquiere un rostro aún más perverso: el de varones adolescentes cazando de forma organizada a trabajadoras sexuales en la vía pública, filmando la humillación y compartiéndola en redes sociales como si fuera un espectáculo.
¿En qué momento naturalizamos que la crueldad sea el lenguaje de nuestros jóvenes? Nadie nace violento, machista o transfóbico. La sociedad moldea, las familias educan —o dejan de hacerlo por inacción u omisión— y los entornos digitales operan sin contención. Es doloroso preguntarse dónde están las familias de esos «chicos de bien» cuando el fenómeno incel o la deep web les revienta la cabeza y la empatía en silencio. ¿Existe una moral selectiva que solo juzga a las infancias y juventudes según el sector social del que provienen?
“Porque nada en nuestras identidades es peligroso; somos nosotras las que hemos sido históricamente violentadas”
Desde la vuelta de la democracia, las personas trans hemos tenido que conquistarlo todo. Muchas veces a las piñas, porque antes la única premisa era sobrevivir, y en ese intento dejamos a demasiadas compañeras en el camino. Enfrentamos la ausencia sistemática del Estado, códigos contravencionales criminalizadores, una justicia que eligió no ver y una sociedad que nos hostigó por nada. Porque nada en nuestras identidades es peligroso; somos nosotras las que hemos sido históricamente violentadas.
Quienes tuvimos la suerte de formarnos, de batallar contra la clandestinidad y de habitar un aula como docentes, lo hicimos para dar sentido, nombre y pertenencia a nuestras vidas, pero sobre todo pensando en las infancias. Estudiamos y enseñamos para que ningún niño ni niña vuelva a ser violentado por una sociedad hostil que puede llegar a matar.
Es imposible no sentir cómo estos ataques despiertan recuerdos amargos. Recordar el transitar por la calle en la niñez y, de repente, recibir una trompada cobarde que hace girar la cabeza de un niño que intenta comprender desesperadamente cuál fue el «mal» que cometió para merecer semejante castigo. Años de sufrimiento psicológico en un grupo poblacional donde la expectativa de vida apenas ronda los 40 años y donde cerca del 80% continúa teniendo a la prostitución como único medio de subsistencia debido a las barreras estructurales que nunca terminan de caer.
“El respeto es la base de cualquier sociedad democrática, pero no hay respeto posible sin dignidad humana”
Hoy, las figuras públicas se quiebran en llanto en la televisión expresando el temor constante por la seguridad de sus hijos y denunciando la desprotección a la que estamos expuestas. Su dolor refleja una verdad ineludible: los discursos que enarbolan la moral y el orden para enfrentar a la sociedad terminan calando hondo, destruyendo la convivencia democrática y legitimando la violencia en las calles.
Por eso la Educación Sexual Integral (ESI) no es un eslogan: es la herramienta fundamental para enseñar el respeto a la diversidad y desarmar el odio antes de que se transforme en agresión física. Pero no alcanza solo con la educación si el Estado no garantiza la dignidad. Necesitamos leyes integrales y marcos antidiscriminación efectivos para todas las personas que sufren humillación y marginación.
El respeto es la base de cualquier sociedad democrática, pero no hay respeto posible sin dignidad humana. El discurso pasa, pero la acción y sus consecuencias quedan. Es hora de que los adultos y las instituciones asuman su responsabilidad y decidan, de una vez por todas, qué clase de país y de humanidad le vamos a dejar a nuestros gurises.


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