Lo peinan, lo maquillan. Le rocían perfume. Un poco de almidón en los párpados y otro poco en la cicatriz de la mejilla. No alcanza con el almidón, alguien agrega un poco de crema. Logran apagar los bordes del corte, ahora se nota menos.
La enfermera trata de que desalojen la habitación. Nadie le hace caso, una gorda con cara de viuda llora con espasmos. Un flaco con cara de yerno le palmea la espalda y le aconseja que se calme. Una pelirroja con cara de hija pide a la enfermera que le dé algo para la presión a la gorda. Una muchachita con cara de nieta no entiende que no debería estar tomando fotos en un trance como ese.
«Fue en su ley», dice un petiso con cara de amigo. «¿Cuál era su ley?», pregunta otro medio morrudo con cara de amigo que se movía a la gorda.
La gringa con cara de cuñada que se movía al finado deja el algodón sobre la mesita y se seca las lágrimas. La enfermera sigue con cara de fastidiada y no hace nada para bajarle la presión a la viuda. No suelta unos cartuchos de algodón que tiene entre los dedos. El petiso cara de amigo le mira las manos a la enfermera, pone cara de «¿qué pensás hacer con eso?». El morrudo la mira con cara de «ni se te ocurra».
La enfermera sale de la habitación con un portazo. Hay cinco policías que hacen preguntas por los pasillos. La cuñada y el yerno los convencieron de que no se puede entrar. «Ni sé les ocurra», dijo el yerno. «Se pudre», dijo la cuñada mientras la viuda rasgó el cielorraso con un sollozo lindante con graznido de pavo real. Otro, cara de amigo que no se movía a nadie asoma la cabeza por una hendija de la puerta y les dice a los otros dos que deben salir de la pieza. «Dejen solos a los familiares», les dice con un susurro que se escucha en todos lados. «Rajemos» dice el petiso, que vio los uniformes azules en el resquicio de la misma abertura por la que el otro asomaba la cabeza. Salieron con cara de hacerse los boludos.
El yerno que palmea la espalda cuela tres dedos en los bolsillos del difunto. Pone ojos de relojero sin lupa y se muerde la lengua en el borde derecho de la boca. Hurga más profundo y no encuentra nada. Vuelve a mirar la cara de muñeco de cera del tomuer, el extinto no le tira ni una pista.
En una batea de acero inoxidable sobre la mesa de luz quedan los cuatro o cinco cartuchos de algodón abandonados por la enfermera. El oficialito con cara de interrogador intenta hablar con la hija del occiso, pero se detiene al ver al flaco con cara de tener algo que ver con la muchacha. La enfermera vuelve con el médico que entra con cara de fastidiado y el guardapolvo salpicado de sangre. El profesional pone cara de entender que, por la cara de los otros, el ambiente no da para meterse. Dice «ya no se podía hacer nada» y pone cara de querer rajarse.
Mientras la nieta sigue sacando fotos, el oficial se acerca al médico, pone cara de querer saber más y el médico le muestra la sangre en el guardapolvo, lo mira como diciendo «¿te parece?» Y no le da bola.
El muerto, con cara de no querer mirar, sigue duro, con los párpados cerrados, bien peinado y con la cara fija hacia el cielorraso. Una mosca se le posa en la cicatriz y la viuda la deja hacer, no mueve ni un dedo para espantarla.

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