A los pocos meses de iniciado el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, entre las miles víctimas del sistema de represión y persecución ilegal y clandestina comandada por la Junta Militar y desplegada por todo el territorio nacional se encontraban matrimonios con niños y niñas de pocos años, incluso meses, así como mujeres embarazadas.
Junto al plan sistemático de desaparición de personas se coordinó un plan sistemático de sustracción de identidad de niños y niñas, como una de las aristas más crueles y perversas de la violenta represión. El carácter clandestino de las acciones criminales y el pacto de silencio de los responsables (que se perpetúa hasta nuestros días) impide conocer la cifra exacta de víctimas, pero los familiares y organismos de Derechos Humanos hablan de aproximadamente 500 niños/as.
El destino de los gurises robados fue diverso: algunos fueron inscriptos como hijos propios por los represores, otros fueron vendidos, abandonados en la vía pública o en instituciones sin ningún tipo de información sobre su procedencia.
Y aunque este horror parezca lejano a la cotidianidad de nuestras vidas, aquí, en nuestro pueblo, son dos las familias que además de sufrir la desaparición forzada de sus miembros viven hoy en día con la incertidumbre y la búsqueda de aquellos gurises que ahora son adultos: la familia Angerosa-Ingold y la familia Bugnone-Ayastuy.
Blanca y su hijo Pedro
Blanca Estela Angerosa Ingold, Blanquita, tenía 20 años cuando fue secuestrada probablemente en la ciudad de Buenos Aires. El 3 de marzo de 1978, tuvo el último contacto con su familia, quien no supo más de ella. En ese momento estaba embarazada y por sobrevivientes pudo saberse que permaneció en el centro clandestino «El Vesubio”. Fueron varios los Centros Clandestinos de Detención que desarrollaron maternidades clandestinas como parte del plan que se pergeñó para el secuestro, desaparición y ocultamiento de la identidad de hijos e hijas de personas detenidas-desaparecidas. Entre ellos estuvo el Hospital Militar Campo de Mayo (en el partido de San Miguel, provincia de Buenos Aires), donde los testimonios de sobrevivientes aseguran que Blanquita dio a luz un varón que concibió con su compañero Jorge Robledo, al que llamó Pedro en el mes de agosto de 1978.
En Entre Ríos también existió una maternidad clandestina. Funcionó en el Hospital Militar de Paraná con la concurrencia de los médicos Miguel Alberto Torrealday y Jorge Eduardo Rossi, propietarios del Sanatorio del Niño, quienes fueron condenados por robo de bebés durante la dictadura.
Marta, Jorge y su hijo Matías… y una búsqueda
Marta Bugnone y Jorge Ayastuy fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1977 en la Capital Federal. Su hijo Matías, de tan sólo 9 meses, también fue secuestrado, pero gracias al coraje y la lucha de las familias pudo ser recuperado días más tarde. Recién en 2010, Matías y toda su familia se enteraron de la posibilidad de que su madre haya estado cursando un embarazo al momento de su secuestro y, por tanto, haya sido madre durante su cautiverio. Los testimonios de los sobrevivientes hablan de un embarazo, no de un parto, pero la duda y la esperanza iniciaron la búsqueda, dolorosa y amorosa. Ese niño o niña pudo haber nacido entre marzo y agosto de 1978.
Luchar como una abuela
Este capítulo de la historia nacional lleva tatuado de manera especial el nombre de las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes desde los primeros momentos se pararon de mano frente al poder de la dictadura y continuaron su larga lucha hasta nuestros días.
En abril de 1977, las Madres de Plaza de Mayo ya habían convertido la orden policial de “circular” en “la ronda de los jueves”. Meses más tarde, el 22 de octubre de 1977, quienes buscaban a sus nietos o a sus hijas o nueras embarazadas secuestradas realizaron la primera reunión de un grupo que, en ese momento, se autodenominó Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, aunque más tarde adoptaron el nombre con el que las llamó el periodismo internacional: Abuelas de Plaza de Mayo.
En su lucha incansable, las abuelas corrieron los límites del desarrollo científico global. La irrupción de los estudios genéticos fue el puntapié para la invención del “índice de abuelidad”, creado a raíz del caso argentino de la mano de la genetista Mary Claire King y la colaboración de un grupo de científicos entre los que estaba el argentino Víctor Penchaszadeh. Por la importancia de los estudios genéticos y especialmente a partir del índice de abuelidad surgió la necesidad de crear un espacio donde se pudiera obtener, conservar y analizar los perfiles genéticos de los miembros de las familias que sufrieron el secuestro y desaparición de alguno de sus integrantes. En 1987 se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos, a través de la Ley N° 23.511, que continúa trabajando por la verdad hasta el día de hoy, aunque desde la gestión del presidente Javier Milei su proceso de desfinanciamiento lo ha puesto en una situación crítica inaudita en más de 40 años de democracia.
Otro gran aporte de las Abuelas de Plaza de Mayo a la construcción del paradigma de los DDHH a escala mundial ha sido su participación en la redacción de la Convención Internacional de los DDHH de los Niños, Niñas y Adolescentes, especialmente en lo que refiere a los artículos N° 3, 7, 8 y 9, en los que se subraya el interés superior del niño y el derecho a la identidad, entre otros puntos fundamentales.
En su testaruda y valiente convicción las Abuelas han esparcido semillas por toda la Argentina y por todo el mundo. Aquí, en Gualeguaychú, Entre Ríos, el Nodo Gualeguaychú de Abuelas de Plaza de Mayo es la extensión de aquellos brazos generosos que aguardan el reencuentro.
La búsqueda sigue porque continúa el pacto de silencio, pero también el amor.
Medio siglo pasó del último golpe militar. En estas cinco décadas 140 casos se han resuelto, sin embargo más de trescientas familias siguen esperando el abrazo postergado, como las familias Angerosa y Bugnone. La contracara de la búsqueda incesante y la espera amorosa es el pacto de silencio criminal y cómplice que se niega no sólo a decir dónde están los desaparecidos sino también que hicieron con las personas apropiadas o nacidas en cautiverio. Solo algunas voces de coraje, las historias disidentes en las familias de los represores, han puesto un manto de humanidad al silencio brutal.
Pero como un árbol sigue buscando el sol y se mantiene erguido a pesar de los vientos y las tormentas, las Abuelas y los familiares continúan con los brazos extendidos para la hora del encuentro, no sólo con los suyos sino con una verdad histórica que nos pertenece a todos. La búsqueda sigue y seguirá existiendo, hasta que cada niño y niña apropiada vuelva al seno de su identidad del que jamás tendría que haber sido arrancado y por eso hemos querido retratar esta lucha.
Blanca y Marta fueron amadas y amaron. Siempre estarán entre nosotros. Y aquí esperaremos, por ellas, esos días en los que podamos compartir el pan y el vino. A donde estén, hermanos y hermanas, sepan que en este pago de río y litoral siempre los estaremos esperando.
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