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EL OTRO NO ES DISTINTO

¿CUÁLES SON TUS ADICCIONES?

Frente a un juicio social atravesado por el estigma y el clasismo, el abordaje de los consumos problemáticos exige mirar más allá de la sustancia. El trabajador social Gonzalo Alcaino ofrece valiosos aportes. Tejer redes comunitarias en las que la vulnerabilidad no sea leída como una amenaza se torna urgente.

Fotografía: Analía Devalle
Edición 151 - 12 de septiembre de 2026
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12 de septiembre de 2026 Reloj 10'

Hay un miedo que repercute en la vida y afecta de maneras impensadas. No se trata de arañas, de la oscuridad, del cuco, ni de ningún fantasma. Es el miedo al otro que no se reconoce como un igual.

¿Por qué se rechaza al adicto? ¿Por qué se escapa de quien se está escapando de algo?

Históricamente las adicciones se han visto desde el estigma, donde la respuesta social va desde la distancia a la condena. Se dice muy livianamente que la solución tiene que ver con la “voluntad” de los sujetos, reduciendo así un problema muy complejo que, pese a su individualidad, debe ser contextualizado para ser comprendido.

La Mala dialogó con el trabajador social Gonzalo Alcaino sobre las complejidades de padecer una adicción en un contexto que ha excluido y prejuzgado más de lo que supo acompañar.

Lamentablemente, se puede encontrar un paralelismo entre la figura del “loco” y la del “adicto”: ambos sufren ser un descarte, esa creencia que si se los saca de la vista el problema desaparece.

Las lógicas punitivas han desviado el tema con tanta voracidad que durante un gran tiempo el miedo fomentaba su aislamiento. Lo que tenemos que preguntarnos, reflexiona Gonzalo, es ¿cuánto de los consumos nacen de un malestar subjetivo y social que no encontró un espacio de escucha? Centrar el juicio en la sustancia o en el acto de consumir ha impedido ver las historias de vida que sostienen ese malestar.

“Cuando logras correr la sustancia del medio lo que aparece abajo es la historia de la persona: situaciones de abuso, violencias, ausencias, abandonos o simplemente un chico que nunca recibió un abrazo. El consumo es un emergente, un intento de tapar un dolor hasta que se lo pueda poner en palabras”, explica Alcaino. “El señalamiento y la culpa no curan, aíslan. Cuando la comunidad deja de acusar y se dispone a alojar ese padecimiento desde la empatía, las posibilidades de recuperación cambian por completo”, remarca.

“Cuando logras correr la sustancia del medio lo que aparece abajo es la historia de la persona: situaciones de abuso, violencias, ausencias, abandonos o simplemente un chico que nunca recibió un abrazo”

Suena fácil, pero el juicio social no opera en la historia de manera igualitaria para todos los cuerpos, ni para todas las sustancias. Coexiste una doble vara cultural que aplaude al tío que se pasa de copas en una fiesta familiar mientras condena al pibe de la barriada que encontró en el polvo a un compañero ante su tremenda soledad. El estigma conlleva siempre clasismo: el consumo en ámbitos de privilegios se lee como entretenimiento, mientras en los barrios se responde con desprecio y policía.

Lo antes dicho aumenta, inevitablemente, el aislamiento y la culpa de quien padece la adición. Haciéndole creer que su dolor es un fallo puramente individual, y no una consecuencia de un conjunto de factores.

“La culpa no arregla nada, solo somete y paraliza”, remarca nuestro entrevistado. Mientras la sociedad se siga posicionando desde el dedo acusador y no se abra a preguntarse qué le pasa a quien tiene enfrente, la única respuesta seguirá siendo el encierro o la marginación, obturando la posibilidad de construir un acompañamiento verdadero. Claro está que la adicción no justifica accionares, pero no se puede prevenir sin conocer sus entramados.

NI SOLEDAD CLÍNICA, NI ABANDONO ESTATAL

Entender la complejidad de los consumos  exige superar la falsa dicotomía entre la atención médica profesional y el trabajo en el territorio. Para Alcaino, el abordaje interdisciplinario es una necesidad urgente, en la que la salud pública debe articular de manera real con las instituciones de cercanía.

“La psicología y la psiquiatría son herramientas fundamentales para el diagnóstico y el tratamiento clínico, pero el consultorio o una sesión de una hora a la semana no pueden acompañar las 24 horas de la vida de una persona”, explica el trabajador social. “El Estado tiene que hacerse cargo y garantizar recursos, pero no puede actuar como una isla. Ahí es donde el trabajo comunitario, las organizaciones de barrio y los clubes cumplen un rol insustituible: tejen la red cotidiana que el consumo rompió y que la atención médica por sí sola no llega a sostener”.

“El estigma conlleva siempre clasismo: el consumo en ámbitos de privilegios se lee como entretenimiento, mientras en los barrios se responde con desprecio y policía”

Las articulaciones efectivas no llegan a ser efectivas por falta de continuidad de políticas públicas, por presupuestos que se recortan y por intervenciones esporádicas que priorizan el impacto en redes sociales ante el real compromiso.

“A veces se gastan fortunas en eventos masivos o en una charla de un día, porque la gente necesita verse reflejada en un testimonio, y eso no está mal. Pero si al otro día esos pibes no tienen un club a dónde ir o un equipo territorial que los reciba, la política pública queda desmantelada”, remarca el profesional. Y, otra vez, lo obvio: la importancia de algo tan simple como poner en condiciones un potrero de barrio, comprar materiales para que los guríses jueguen y garantizar una presencia constante de quienes acompañan el día a día.

“A veces no registramos el nivel de segregación cotidiana”, advierte. Y sigue: “En los talleres comunitarios nos encontramos con pibes que viven a diez minutos del centro y nunca pudieron ir a conocer el río o cruzar la ciudad porque no tienen cómo trasladarse. Hay una exclusión geográfica y afectiva enorme. Cuando logras alojar esa necesidad simple, generar el traslado y compartir ese espacio, recién ahí construís el lazo de confianza que permite que la palabra empiece a circular”.

Entrevista sobre adicciones y consumos problemáticos con el trabajador social Gonzalo Alcaino.

Se suma a ese entramado el recelo adulto, que le teme al abordaje de ciertas cuestiones. “Pensar que porque le nombras una problemática a un pibe lo estás tentando es ignorar su realidad. Ellos ya conviven con eso, tienen la información y lo ven en sus calles. Las palabras no enferman, el verdadero problema es que los adultos no estamos dispuestos a escuchar lo que ellos tienen para decir o pretendemos que se adapten a nuestras formas”.

LA URGENCIA ES PENSAR EN EQUIPO

Los consumos deben comprenderse desde la trama multidimensional, esto exige romper con la mirada de un único campo profesional capaz de dar respuesta. La complejidad de la realidad no se resuelve únicamente desde el saber médico, ni exclusivamente desde la intervención social o educativa.

Para Alcaino el abordaje real solo es posible cuando se cruzan los saberes disciplinares con las lecturas territoriales: “Ninguna profesión por sí sola tiene la respuesta completa. La interdisciplina no es una teoría bonita de manual, es la práctica diaria de sentarse en una mesa la psicología, el trabajo social, la comunicación y los referentes comunitarios para pensar una estrategia centrada en el sujeto y no en la lógica del expediente”.

“Muchas veces se le exige a una sola institución o a un solo profesional que solucione lo que requiere de toda una red”

Ese cruce interdisciplinario permite desarmar respuestas estandarizadas que suelen fracasar en la práctica. Cuando un equipo logra mirar a la persona desde sus distintas dimensiones (salud física, estado emocional, redes afectivas, posibilidades concretas de inserción, etcétera), evita la fragmentación del acompañamiento.

“Muchas veces se le exige a una sola institución o a un solo profesional que solucione lo que requiere de toda una red. Si la escuela no dialoga con el centro de salud, o si el espacio de salud mental no registra la realidad del barrio, la intervención se vuelve un parche temporal que se rompe a la primera crisis”, señala el profesional.

De nada sirve construir diagnósticos impecables o protocolos técnicos si las personas que sufren no logran apropiarse de las herramientas o sienten que la institución habla en un idioma ajeno. El sujeto debe sentirse alojado en su singularidad.

REIVENTAR LOS LAZOS PARA ALOJAR LA VIDA

La recuperación de un consumidor problemático no es una hazaña individual ni un milagro que dependa únicamente de la fuerza de voluntad. Frente al aislamiento, a la individualización del dolor y a la fragmentación social, la salida siempre requiere la construcción de una trama colectiva.

“Ninguna persona se cura ni se sostiene sola”, enfatiza el trabajador social consultado. Para acompañar procesos reales se necesita un Estado que garantice recursos e instituciones presentes, pero también una comunidad dispuesta a aflojar el dedo acusador, a construir espacios de pertenencia cotidiana y a ofrecer un lugar donde la vulnerabilidad no sea leída como una amenaza.

Al final, el desafío vuelve al principio: reconocerse en el otro y aceptar que no existen vidas ajenas al sufrimiento. ¿Qué tan distinta es la sustancia que condena la sociedad de aquellas otras formas que cada quien encuentra para anestesiar el dolor, la soledad o la incertidumbre? Dejar de juzgar al adicto empieza por entender que detrás del consumo hay una persona intentando sostener su existencia.

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