Compartir sitio

DE ROCA A MILEI

RAZA ARGENTINA: OTRO 12 DE OCTUBRE PARA PENSAR(NOS)

La administración nacional volvió a decretar el “Día de la raza” para denominar al 12 de octubre. La que sigue es una aguda historización del concepto en nuestro país, bajo la crítica mirada con la que Agustina Díaz analiza la historia y la política criolla.

Ilustración: Diego Abu Arab
Edición 155 - 10 de octubre de 2026
Publicidad
10 de octubre de 2026 • Reloj 11'

Corría el 4 de octubre de 1917 cuando el presidente argentino Hipólito Yrigoyen declaró al 12 de octubre como día de fiesta nacional para reconocer la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492 y así reivindicar los profundos vínculos culturales e históricos de nuestro territorio con la “madre patria”. Si bien la denominación “Día de la Raza” apareció después, ese era el clima que imperaba por aquellos años.

Por largas décadas la intelectualidad liberal argentina se había distinguido del hispanismo católico, rechazándolo por creerlo un escollo para la modernización del Estado y las relaciones sociales. Con los ojos puestos Estados Unidos, Londres o París, la elite se inspiró en otras latitudes y mostró desdén hacia España por verla como sinónimo de retraso y oscurantismo.

Sin embargo, para principios del siglo XX la masiva oleada migratoria obligó a las clases dominantes (económicas e intelectuales) a transformar su percepción de las cosas. En los barcos llegaban brazos para el modelo agroexportador, pero también venían formas de expresión, culturas, religiones e ideas políticas que incomodaban en una Argentina que ya no sabía qué rostro tenía. A eso se agregó que cientos de miles de los trabajadores llegados levantaron la voz para exigir mejores condiciones de vida e, incluso, llegaron a discutir las bases del sistema social y económico.

El temor de la elite al conflicto social y el rechazo a nuevas formas culturales dio lugar al surgimiento de una corriente hispanoamericanista (prácticamente ausente desde la caída de Juan Manuel de Rosas) que creía en la necesidad de mirar hacia el pasado para recuperar el orden perdido y veía con buenos ojos la herencia latina, española y católica, incluso en su mezcla con los componentes indígenas.

DEL DIAGNÓSTICO RACIAL NEGATIVO AL POSITIVO

Durante la segunda mitad del siglo XIX fueron muchos los hombres de letras, haciendas y armas que colaboraron en la construcción de un diagnóstico racial argentino negativo. Entre ellos ocupa un lugar central el “padre del aula”, Domingo Faustino Sarmiento, quien nunca escatimó improperios a la hora en expresar su odio hacia la “raza americana”, para la cual no veía otro destino que el aniquilamiento. En su exilio en Chile escribió Educación Popular, un texto en el que se lamentó que México y Bolivia no hubieran acabado con su población indígena, lo que promovió en su propio país a su regreso.

“Sarmiento puso la pluma, Mitre su odio para aplastar cruelmente a las últimas montoneras federales, Avellaneda la decisión política de su presidencia, el Congreso Nacional las leyes de presupuesto y Roca la conducción del exterminio”

Se recuerda a Sarmiento como el impulsor de un sistema de educación básica integral laica y gratuita de las más avanzados en la región para la época y esto es, en algún punto, cierto. Su propuesta fue, en términos formales, la más democrática por entonces, especialmente frente a otras perspectivas que sólo querían dedicar recursos y esfuerzos estatales en la formación de las elites. Sin embargo, el sujeto pedagógico en el que pensaba Sarmiento era el extranjero, ese que vendría del norte, donde estaban las mejores razas del mundo. Bajo su mirada, parte del pueblo nativo argentino era ineducable, salvaje, incivilizable. Gauchos, negros e indios, según su diagnóstico, debían perecer bajo la espada civilizatoria de la modernidad ilustrada.

Todos hicieron lo suyo: Sarmiento puso la pluma, Mitre su odio para aplastar cruelmente a las últimas montoneras federales, Avellaneda la decisión política de su presidencia, el Congreso Nacional las leyes de presupuesto y Roca la conducción del exterminio.

Desde 1879 a 1917 el genocidio constituyente argentino sobre los pueblos originarios tuvo lugar para ocupar sus tierras (y delimitar el territorio nacional) y para terminar con los modos de vida que se resistieran a la organización capitalista en torno al modelo agroexportador.

Primero la “Campaña del Desierto” para incorporar plenamente los territorios patagónicos a la administración del Estado nacional, con su saldo de asesinatos, traslados forzosos, separación de los miembros de los grupos étnicos para evitar su reproducción, exposición de seres humanos en museos y zoológicos (norteamericanos, belgas, franceses, alemanes y locales), disecaciones de cuerpos con fines “científicos” y campos de concentración. Después, la “Campaña del Gran Chaco” en el noreste, donde además de las acciones de extermino se impuso el sistema de reducciones para los sobrevivientes, cuya explotación en las producciones forestales y algodoneras diezmaron a las comunidades y sus culturas.

Pocas voces, valientes visibilizaron el horror del racismo moderno instrumentados por los grupos de poder argentinos al servicio del comercio exterior inglés. El resto aplaudió o ignoró, como quien ve un camino inexorable imposible de torcer.

Pero a la vez que la elite aniquilaba a gran parte de la población nativa, veían horrorizados las consecuencias de la propia “solución racial” que habían orquestado. Rusos, polacos, húngaros, armenios, judíos, gallegos y sicilianos; pobres, analfabetos, explotados de otras latitudes, exiliados, pintaban como querían el lienzo blanco de la patria. El cálculo había fallado. Los que venían, por más europeos que fueran, no eran mejores, ni más dóciles.

EL GAUCHO ES BUENO

El patriotismo, que unos años antes en nombre de los intereses nacionales había procurado la eliminación de la población nativa y la importación de una mejor, caminaba sobre sus pasos. El ser criollo, mezcla de la herencia española e indígena, y hasta el gaucho se convertían en símbolo de un espíritu nacional en peligro que había que defender a la fuerza.

Periodistas, políticos, intelectuales, docentes y sacerdotes abogaban por una Argentina para los argentinos, que no fuera degenerada por lo que nos llegaba de afuera. Lo propio, antes despreciado, había adquirido otro valor en el contexto de la inmigración masiva.

En el campo educativo, el médico y pedagogo Enrique Romero Brest impulsó la educación física argentina para el mejoramiento de la raza nacional a la que veía con buenos ojos. Despojado de aquellos diagnósticos raciales sarmientianos, Romero Brest veía positivamente a la conformación del pueblo argentino, que mezclaba un fuerte carácter cosmopolita con el elemento indígena fusionado con la raza europea.

Decía Brest: “Nuestra raza no tiene de ninguna manera un carácter especial y distintivo, formada como está por elementes heterogéneos de un pronunciado cosmopolitismo. El elemento indígena en su fecundo consorcio con la raza europea ha formado casi toda la población argentina (…) es imposible decir tal tipo es argentino (pero) se destaca notablemente una raza: la raza latina. Es la raza latina la que domina y la que nos da su sello particular”.

Bajo esas ideas, Romero Brest impulsó un sistema argentino de educación física que, aunque se sirviera de tradiciones de otros países, pensara bajo sus propias lógicas para desarrollar al máximo las capacidades de la raza argentina, cuyo potencial radicaba en la mezcla del componente indígena y, sobre todo, latino.

Las ideas romeristas consideraban al cuerpo (masculino) argentino ágil, veloz, con amplia destreza y elegante, mientras que en los cuerpos de los extranjeros pesaba más la lentitud, la fuerza torpe y la falta de elegancia. Sus ideas imperaron por más de veinte años hasta que el deporte fue ocupando un rol cada vez más preponderante en la educación física.

EL PROBLEMA NO ES MI RAZA, SINO TU RACISMO

La categoría racial dentro del género humano fue una construcción discursiva, política y científica, que por siglos buscó revestir de legitimidad y legalidad la jerarquización entre los seres humanos y la explotación y el aniquilamiento de unos por parte de otros.

A partir de la experiencia nazi durante la Segunda Guerra Mundial y los horrores de las prácticas eugenésicas en los campos de concentración y exterminio es que se abandonó el uso extendido de la palabra “raza” para referirse a las diferencias étnicas de las comunidades y los pueblos. En ese marco, con la emergencia del concepto de genocidio en el plano del derecho internacional, con el revisionismo histórico y con la persistente lucha de los pueblos indígenas en su permanente resistencia en el continente es que la idea de reivindicar al 12 de octubre de 1942 como un día de “celebración” y “encuentro de razas” fue quedando paulatinamente en desuso.

“Las huellas del genocidio indígena argentino están presentes en nuestro racismo, en nuestra ignorancia y en las condiciones sociales y territoriales en la que están los pueblos en la actualidad”

Recién en la reforma de 1994 la Constitución Nacional argentina reconoció a los pueblos originarios como comunidades preexistentes al Estado y se incorporaron a la jurisprudencia local tratados internacionales de Derechos Humanos vinculados a pueblos indígenas. Desde ya, todos esos importantes avances no fueron ni serán suficientes en un país en el que por décadas se aplicaron políticas genocidas y cuyas consecuencias se ven en la actualidad. Los genocidios transforman para siempre las sociedades que los generan y en los que se desarrollan. Las huellas del genocidio indígena argentino están presentes en nuestro racismo, en nuestra ignorancia y en las condiciones sociales y territoriales en la que están los pueblos en la actualidad.

En el año 2010, mediante el Decreto 1.584, el 12 de octubre pasó a denominarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural, como muestra de un cambio de enfoque hacia la reflexión histórica. Dieciséis años más tarde, en otra demostración del péndulo ideológico argentino, el presidente Javier Milei emitió un decreto que anula al otro para volver al Día de la Raza y a la reivindicación de la labor “civilizatoria” de Cristobal Colón.

Claro está que es otra provocación, una más, otra acción “antiwokista” para los ejércitos de trolls de derechas que se creen fuertes insultando a las mujeres, acobardando a las diversidades, reivindicando los horrores de las dictaduras. Son eso. Pero son más que un puñado de energúmenos, son los que administran la cosa pública y, por tanto, los que destruyen los pocos mecanismos de reparación que quedaban, alimentando desde las cajas oficiales los discursos racializadores y odiantes que nunca pudimos desactivar.

Paradójicamente, son los migrantes perseguidos en Estados Unidos los que hablan del “orgullo de la raza latina” cuando toman fuerte con sus manos los santos que cuelgan de su cuello para rezarle a la guadalupana y a Dios para que no los deporten.

El problema de Milei es su racismo, ese que habita en parte de nuestro corazón como pueblo argentino, y que hoy es alimentado a rienda suelta como una forma de despojar de todo a los despojados de siempre.

No existen las razas, no hay argumentos científicos para que nadie cuerdo en el mundo sostenga eso, pero si queremos burlarnos de las palabras con las que alguna vez quisieron oprimir a los de abajo, podemos decir que, de existir una raza argentina, mezclada, valiente, resiliente y generosa, pues Milei no tiene en su sangre absolutamente nada de esos genes.

SI LLEGASTE HASTA ACÁ, NUESTRO CONTENIDO ES ÚTIL PARA VOS

SUSCRIBITE con aportes mensuales

DONÁ con aportes únicos

En esta edición también podés leer

ENTREVISTA

NOELIA RECALDE: “ESTOY EN UN MOMENTO DE MUCHO AGRADECIMIENTO CON LA VIDA”

El último jueves, charlamos con la artista oriunda de Gualeguaychú, que por estos días anda por la ciudad. Lo que sigue es una conversación amena, tranquila, con profundidad, reflexión y datitos más que interesantes.

LA HISTORIA DE UMMA Y PAZ

PATÍN ARTÍSTICO: LO QUE HAY ATRÁS DE UNA COMPETENCIA

Unos minutos sobre la pista pueden resumir meses de trabajo. Horas de entrenamiento, esfuerzo, disciplina, nervios y una pasión que sostiene cada paso. Detrás de una competencia hay mucho más que una coreografía, veamos de qué se trata.

TEATRO EN GUALEGUAYCHÚ

10 GRAMOS DE AMOR

El director Silvio Del Valle estrena una nueva obra en la sala de Sinergia Teatral. Una conversación sobre el tiempo que pasa, las decisiones que no se toman y lo que pesa un sentimiento cuando ya no alcanza.