¿PARA QUIÉN ES EL PROGRESO?

CUANDO EL PROGRESO AHOGÓ UNA DE LAS MARAVILLAS DEL MUNDO (Y CAMBIÓ PARA SIEMPRE EL RÍO PARANÁ)

En la frontera entre Brasil y Paraguay, hasta principios de los ‘80 hubo 18 saltos de agua únicos en el planeta. Decisiones políticas y económicas se los llevarían puestos y cambiarían para siempre el curso del Paraná. La crisis ambiental actual obliga a discutir: ¿qué y para quién es el progreso?

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Siguiendo el galope del río Paraná
Que ha nacido en un llanto y llegará hasta el mar

(Pájaro y Campana, Los Gardelitos)

El río no empieza ni termina donde lo vemos. Mucho antes de llegar al delta y abrazar la llanura, el Paraná otro cantar: más irreverente, caprichoso y salvaje. 

En la frontera entre Brasil y Paraguay, ese río se comprimía hasta estallar. Los Saltos del Guairá -también conocidos como Sete Quedas- fueron una sucesión de dieciocho caídas que concentraban uno de los mayores volúmenes de agua del planeta. El ruido podía escucharse a kilómetros. 

Durante buena parte del siglo XX, ese espectáculo natural fue también un polo turístico. Desde la década de 1940 y, con más fuerza, entre los años 60 y 70, miles de personas llegaban cada año para ver de cerca lo que muchos consideraban incluso más impactante que las Cataratas del Iguazú. Había pasarelas, miradores, hoteles.

Ese mundo tuvo un final abrupto: en 1982, el cierre de las compuertas de la represa hidroeléctrica de Itaipú hizo que el nivel del agua comenzara a subir de manera sostenida y en pocos días, los saltos desaparecieron bajo el embalse. El estruendo se apagó para siempre.

EL AHOGAMIENTO DE LA MARAVILLA

La construcción de Itaipú fue el resultado de una decisión política tomada en un contexto preciso: la década de 1970, con Brasil y Paraguay bajo dictaduras militares. El tratado firmado en 1973 estableció la explotación conjunta del río en ese tramo, en una negociación atravesada por fuertes asimetrías y disputas previas incluso territoriales sobre la zona de los saltos.

Brasil necesitaba energía para sostener su crecimiento industrial; Paraguay, con menor demanda interna, encontró en el acuerdo una vía para financiarse mediante la venta de su excedente. En ese clima de época, el proyecto aparecía como una meta indiscutida. 

El propio régimen paraguayo presentaba la represa como “una obra destinada a asegurar el progreso y el bienestar del pueblo”. El proyecto se apoyó en créditos internacionales, bancos -en gran medida brasileños- y el respaldo estatal. Itaipú Binacional asumió una deuda gigantesca que sería pagada durante décadas con la energía generada. 

La monumental obra de infraestructura duró unos diez años e involucró una decisión política, financiera y geopolítica que redefinió el río.

UNA MARAVILLA COLONIZADA Y ARRASADA

Mucho antes de convertirse en atractivo turístico o en proyecto para la ingeniería, los Saltos del Guairá formaban parte de un territorio profundamente significativo para los pueblos guaraníes. El propio nombre -que suele traducirse como “paso difícil” o “lugar inaccesible”- no describe solo una geografía, sino una forma de habitar, comprender y narrar el río.

Para los pueblos guaraníes el río no era un recurso sino un ser vivo, un espacio de tránsito, de relato y de conexión con otras dimensiones. Los saltos, con su fuerza y su estruendo, eran también umbrales: lugares donde la naturaleza se manifestaba con una intensidad que exigía respeto. 

No eran simplemente cascadas; eran parte de un territorio vivido, cargado de sentido. Algo que Rodolfo Kusch explicaba desde una ontología situada que rompe con el dicotómico «ser» o «estar» para reemplazarlo por el «estar siendo», como modo de habitar la realidad más que de definirla. 

“La construcción de Itaipú fue el resultado de una decisión política tomada en un contexto preciso: la década de 1970, con Brasil y Paraguay bajo dictaduras militares”

Esa relación comenzó a ser erosionada con la llegada de la colonización y su racionalización occidental. La imposición de nuevas lógicas -territoriales, religiosas, económicas- fue desplazando las formas originarias de vincularse con el ambiente. El río empezó a ser medido, cartografiado, explotado. Lo que para los pueblos indígenas era un espacio de vida, para el orden colonial se convirtió en frontera, en recurso y en mercancía.

LO QUE REPRESENTA UNA REPRESA HIDROELÉCTRICA

Con el tiempo, Itaipú se convirtió en una de las mayores generadoras de energía hidroeléctrica del mundo. Abastece a millones de hogares, sostiene el entramado industrial del sur de Brasil y representa para Paraguay una fuente central de ingresos.

Durante su construcción, movilizó recursos, infraestructura y empleo a gran escala, transformando la región en un polo económico. Pero esos beneficios convivieron desde el inicio con conflictos. Desde comienzos de los años 70, miles de familias campesinas y pobladores de la zona comenzaron a resistir las expropiaciones de tierras que serían inundadas por el embalse. Se organizaron en acampes, protestas y reclamos por indemnizaciones que consideraban injustas. 

Entre Brasil y Paraguay, más de 60 mil personas fueron desplazadas entre fines de los ‘70 y comienzos de los ‘80, en un proceso atravesado por tensiones, presiones estatales y escaso margen para la negociación en contextos dictatoriales.

A esa conflictividad se sumaron las comunidades indígenas guaraníes, para quienes la pérdida no era solo territorial sino también cultural. 

La desaparición de los Saltos del Guairá fue una decisión técnica que arrastró un proceso conflictivo que combinó desarrollo, desplazamiento y silenciamiento.

LOS ECOSISTEMAS COMO TRAMAS COMPLEJAS

La desaparición de los saltos fue parte de un proceso más amplio de intervención sobre el Paraná. Represas como Itaipú y Yacyretá alteraron caudales, regularon crecidas y modificaron la circulación de sedimentos.

Hoy, cuando el río atraviesa bajantes extremas o comportamientos inusuales, ya no alcanza con pensarlo como un sistema natural. Es el resultado de decisiones acumuladas.

Desde la década de 1970, distintas corrientes del pensamiento ambiental latinoamericano comenzaron a cuestionar esa forma de intervenir en la naturaleza. No se trataba solo de medir impactos, sino de discutir la lógica que los hacía posibles.

En esa línea, el ambientalista Eduardo Gudynas advierte que “el desarrollo sigue siendo una idea que ordena nuestras decisiones, aun cuando genera impactos que ya no pueden ser ignorados”. La crítica apunta a una matriz más profunda: la que asocia progreso con cemento, con máquina, con la capacidad de transformar el territorio desde afuera, incluso cuando eso implica romper las tramas ecológicas existentes.

Décadas antes, Eduardo Galeano lo había formulado en términos más directos: “La naturaleza no es muda”, aunque muchas veces haya sido tratada como si lo fuera.

Esa lógica no quedó en el pasado. Se expresa hoy en la hidrovía del Paraná, en el dragado permanente para sostener el comercio exterior, y en la expansión de un modelo agroindustrial que reorganiza el territorio en función de la productividad.

Ese río marrón que hoy avanza hacia el sur es el mismo que alguna vez explotó en los Saltos del Guairá. Pero también es otra cosa: un río intervenido, regulado, convertido en soporte de una economía que lo necesita previsible.

Quizás por eso la imagen de los saltos sumergidos sigue siendo tan potente. No solo por lo que se perdió, sino porque obliga a preguntarse por la forma en que entendemos el progreso.

La historia de Guairá habla de una cultura que aprendió a asociar desarrollo con cemento, con asfalto, con máquinas, incluso cuando eso implica borrar las tramas vivas que sostienen el territorio.

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