CICLO BUENA MEMORIA, SEGUNDA ENTREGA

LA CÁRCEL Y LOS SITIOS DE MEMORIA EN GUALEGUAYCHÚ

Buena Memoria es un ciclo de entrevistas documentales especiales de La Mala al cumplirse 50 años de la última dictadura. En cada entrega del ciclo abrimos un canal de reflexión y aprendizaje sobre un pasado reciente que aún duele. En esta segunda entrega de Buena Memoria: la cárcel y los sitios de memoria.

Entrevistas y producción: Agustina Díaz | Edición: Isidro Alazard
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La mayoría de quienes hoy habitamos el suelo argentino nacimos y crecimos en democracia. Una democracia que, aún tensionada por las injusticias que no logramos vencer, nos ha permitido enunciar, a viva voz, lo que pensamos. El 50 aniversario del último golpe de Estado nos recuerda los tiempos donde pensar, decir y hacer eran un riesgo inmenso, tan grande que podían quebrar la libertad o hasta la vida.

Perder la libertad

La cárcel por motivos políticos es un capítulo importante de nuestra historia reciente, más en estos tiempos donde el derecho a la libertad se vocifera a la vez que se lo agrede. Y los recuerdos, por dolorosos que sean, se convierten en el territorio clave y fértil donde la memoria hecha sus raíces, especialmente donde otros quieren olvidar.

La historia de la violencia estatal en nuestro país viene de larga data. Especialmente a partir de la década de 1960, con la promoción en todo el continente de la Doctrina de Seguridad Nacional por parte de la Escuelas de las Américas de E.E.U.U., el proceso se recrudeció. Las cárceles con pabellones de presos políticos se multiplicaron por todo el país y en sus celdas se encontraban militantes políticos y sociales, delegados sindicales, miembros de centros de estudiantes, artistas, docentes, cristianos de base y todas aquellas personas que ingresaban en la difusa categoría de “agente subversivo”.

Gualeguaychú, con su Unidad Penal N° 2 de “máxima seguridad”, no escapó al contexto nacional y entre los años 1974 y 1977 alojó a 206 presos políticos, entre los que se encontraron, también, un número más pequeño de presas políticas. En sus celdas no sólo fueron alojadas personas oriundas de la ciudad, sino que se recibieron numerosos traslados desde otros puntos de la provincia de Entre Ríos.

En la construcción de memoria de las personas privadas de la libertad por motivos políticos no sólo aparecen los signos de dolor. Como en un ejercicio de rescate de la bondad en el alma humana, son muchas las anécdotas que buscan rescatar la belleza de lo bueno. Que quieren rescatar del olvido a aquellos que se jugaban el pellejo en medio de la oscuridad. Y en el caso de la UP2 de Gualeguaychú aparece recurrentemente la figura del Padre Fortunato, un cura católico bonachón y tranquilo que visitaba a todos en el pabellón para llevarles cartas, abrigo, comida y puchos. En ocasiones, aunque no hiciera mucho frío, se ponía debajo y arriba de la sotana dos o tres camperas, sólo para dejarlas allí donde la humedad y el frío hacían estragos en los cuerpos mal comidos de la cárcel.

Con la llegada del golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976, las condiciones de detención de los presos políticos empeoró drásticamente y eso que la cárcel era tan sólo la punta del iceberg de un siniestro sistema represivo. Aunque las garantías procesales y constitucionales estaban suspendidas, los presos políticos “legales” contaban con cierto reaseguro de su vida. Pero hubo otros miles de detenidos de manera ilegal y clandestina que fueron privados de su libertad sin ningún miramiento de sus derechos humanos básicos, cuyas familias ignoraban sus destinos. Muchos de esos miles integran la dolorosa lista de los detenidos desaparecidos de nuestro país aún hoy en día. 

Algunos de los presos políticos que pasaron por la UP2 lograron recobrar su libertad, pero más tarde fueron nuevamente detenidos de manera clandestina lo que los llevó a conocer los temidos Centros Clandestinos de Detención y a sufrir las más funestas torturas. Hasta lo que se ha llegado a reconstruir, es Enrique Gustavino es el único ex preso político de la UP2 que siendo luego secuestrado continúa en condición de detenido desaparecido.

Tensionar la memoria para mantenerla con vida.

Para quienes nacimos y crecimos en democracia, el proceso de construcción de memoria resulta un tanto más fácil. En tiempos de la represión y en aquellos primeros años de una democracia signada por los levantamientos carapintadas y por la impunidad, construir memoria conllevaba riesgos muy altos. Quienes sufrieron la cárcel y/o el secuestro, llevaban una especie de estigma social que se posaba sobre ellos y sus familias. Callar lo vivido era el más instintivo mecanismo de supervivencia que aparecía.

Pero el silencio doloroso se encontraba constantemente con el grito tozudo y amoroso de las Madres de Plaza de Mayo que habían decidido gritar hasta que alguien las escuche. Estamos hablando de las madres de todo el país y de las once madres que parió nuestra ciudad cuando les fueron arrebatados sus hijos.  Les decían “las locas” y su locura fue la que mantuvo cuerda a una sociedad, porque quebraron el silencio que enferma. Ellas lograron torcerle el brazo a la impunidad y al olvido y se las ingeniaron para preservar todo lo que documenta el carácter clandestino e ilegal de la represión masiva.

Fue recién en el año 2011, pasando más de veintiocho años de democracia, que el Congreso Nacional sancionó la Ley N° 26.691 para la Preservación, Señalización y Difusión de Sitios de Memoria del Terrorismo de Estado. Gracias a esa ley, en el año 2015 se inauguró el Museo Sitio de Memoria Esma (hoy patrimonio cultural de la humanidad, declarado por la UNESCO) donde fuera el centro clandestino de detención, tortura y exterminio más grande de la última dictadura.

Con el correo de los años decenas de lugares más se fueron transformando, a lo largo y ancho del país, en sitios de la memoria, mostrando la planificación acabada de cada arista del régimen autoritario. Y entre esos muchos sitios, está la UP2 de nuestra ciudad y su existencia ha sido posible por el insistente trabajo de la Asociación Madres de Plaza de Mayo de Gualeguaychú que hoy funciona allí.

Los sitios de la memoria no son un lugar de regodeo del dolor, todo lo contrario, son espacios pedagógicos que abren puertas hacia el pasado para pensarlo y tensionarlo. Allí tiene lugar la memoria activa, esa que también busca interpelar nuestro tiempo presente. Porque la memoria es una construcción viva, dinámica, que cambia con nosotros y nos transforma también.

El olvido sobre los graves crímenes de Estado es una decisión política y una postura ética que persigue intereses concretos. Por eso, el negacionismo siempre estuvo merodeando, como un fantasma que quiere despojarnos de todo. Depende de nosotros que no se salga con la suya. Y aún si no quisiéramos cumplir con ese designio, tendremos que recordar los versos del cantor que dijo:

La memoria despierta para herir
A los pueblos dormidos
Que no la dejan vivir
Libre como el viento.

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