“Primero surge la relación social en la práctica material; luego el derecho la reconoce, la organiza y la convierte en ley”, sugiere una frase endilgada al marxismo.
Las noticias agobian, paralizan y hasta se vive un clima de fatiga política: reforma laboral, baja de la edad de imputabilidad y modificación de la ley de Glaciares (casi lista). Todas le salen al Gobierno de Javier Milei, que parece tener el camino allanado para avanzar con un modelo a medida del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Estados Unidos.
Podría pensarse que la reforma laboral es la cristalización perfecta a una realidad indiscutible: en más de dos años Milei no tuvo una respuesta u oposición política a la altura de las circunstancias. Ni en la calle, ni mucho menos en las instituciones.
No obstante, por abajo se sigue cocinando el descontento: cerraron miles de empresas, hay despidos, la economía está paralizada y esto, en efecto, redundó en pluriempleo y más precarización. Pero la gente, todavía, parece aguantar.
Los cacerolazos de diciembre del 2023 frente a la Ley Bases y las luchas cuerpo a cuerpo de los jubilados, trabajadores estatales, de la educación, salud y discapacidad, cultura, no condujeron a edificar un gran escenario de disputa de poder frente a la opinión pública.
El corset subjetivo y emocional (resignación, desánimo, derrota, aceptación, apatía: el orden no altera el producto) se solidifica. A esto hay que sumarle el miedo, por los operativos represivos de Patricia Bullrich. La complicidad de los medios de comunicación, los partidos políticos tradicionales y los sindicalistas garantizando la gobernabilidad.
Todo configura una red de contención.
“Cada enojo se vuelve un post, cada frustración un hilo de Twitter o un comentario en Instagram. La indignación circula, pero no necesariamente se organiza”
LA POLÍTICA EN LA ERA DEL ALGORITMO
También está el propio aparato mediático del gobierno, que alimenta un discurso de odio, ridiculización y estigmatización a todo lo que esté en la vereda opuesta, que sintoniza con el clima de época del relativismo insuflado por la cultura digital y la lógica de embobamiento generalizado que ofrecen las redes sociales. Una época de culto al individualismo de niveles inéditos en la historia universal.
Un mundo hiperconectado y al mismo tiempo más fragmentado que nunca termina siendo el caldo de cultivo para la apatía política. En el medio conviven una guerra, Palestina, Trump, otra guerra, Messi. Todo circula en la misma licuadora del espectáculo constante, donde lo urgente dura apenas unas horas.
Cada enojo se vuelve un post, cada frustración un hilo de Twitter o un comentario en Instagram. La indignación circula, pero no necesariamente se organiza.
UNA HISTORIA LARGA DE PRECARIZACIÓN
El Congreso de la Nación acaba de materializar en ley algo que ya se venía cocinando desde hace tiempo: la precarización laboral. La discusión no nació con el gobierno de Javier Milei, se arrastra desde los años noventa, cuando la apertura económica, las privatizaciones y la desindustrialización modificaron profundamente la estructura productiva del país.
La caída de fábricas, el aumento del desempleo y la flexibilización laboral, impulsada como receta de competitividad por los organismos internacionales, marcaron una transformación duradera del mercado de trabajo. Desde entonces, el empleo estable comenzó a convivir cada vez más con formas de contratación frágiles, tercerizaciones y trabajos sin protección social.
Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se produjo una recuperación del empleo formal al calor del crecimiento económico y la reactivación industrial, pero la precarización no desapareció. Persistieron altos niveles de informalidad y nuevas modalidades de trabajo flexible, mientras el mundo laboral seguía cambiando.
El macrismo intentó avanzar con una reforma laboral en 2017, pero el proyecto quedó frenado por la resistencia social. Mientras tanto, el mercado de trabajo continuó mutando: crecieron los empleos inestables y se consolidó la economía de plataformas –como Uber o Rappi– que amplificaron formas de trabajo sin derechos laborales plenos.
LA OLA DE DESPIDOS ES REAL, NO ES FAKE
El miércoles último, la movilización de los trabajadores de Fate frente a la Secretaría de Trabajo de la Nación derivó en una nueva represión policial contra los manifestantes. El conflicto se originó por el rechazo gremial al anuncio de cierre de la planta y los despidos masivos, y escaló rápidamente.
Se trata de casi 1.000 familias en la calle luego de que la empresa anunciara el cierre de la planta de San Fernando, la más importante del país. Frente al diálogo roto, el Gobierno prorrogó la conciliación obligatoria hasta el próximo 11 de marzo.
“La calle no explota como otras veces. Hay un clima de suspensión, una pausa social, como si nadie terminara de estar seguro de los resultados del experimento libertario”
En paralelo, el frigorífico Ganadera San Roque bajó definitivamente la persiana de su planta en Morón y dejó sin empleo a 140 trabajadores; la icónica distribuidora de bebidas Beer Market despidió a todo su personal (300 trabajadores) y 75 personas quedaron en la calle tras el cierre de Panpack (ex Panamericana de Plásticos) en Los Nogales, Tucumán.
En Entre Ríos, entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025, se perdieron 868 empleadores con trabajadores registrados (-5%), al pasar de 17.405 a 16.537, y se destruyeron 6.416 puestos de trabajo registrados (-2,3%), cayendo de 281.045 a 274.629 trabajadores, según datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo analizados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA).
La caída, que afectó principalmente a sectores como la construcción, el comercio y la industria, se ensañó con el sector PyME: el 98% de los despidos y la casi totalidad del cierre de firmas corresponden a empleadores de hasta 500 trabajadores, mientras que las grandes empresas lograron sostener sus estructuras.
¿QUÉ SE PUEDE ESPERAR?
La pregunta queda abierta a una dinámica política que seguramente deba ser protagonizada por los sectores no institucionalizados. Y romper con ese corset subjetivo de “esperar”: esperar a que la oposición se organice, que haya un líder, que haya una propuesta nueva, que la CGT llame a un paro de 36 horas, etcétera. La otra opción es accionar, tejer desde abajo, pasar a la acción organizada no institucionalizada.
El gobierno de Mauricio Macri fue derrotado en las calles luego del 18 y 19 de diciembre del 2017, cuando intentó pasar una reforma previsional. El peronismo capituló y pidió “esperar al 2019” para que las elecciones lo devuelvan al poder. A Macri se le garantizó el ejercicio del poder hasta cumplir el mandato, pese a que las demandas sociales ya eran urgentes.
Por ahora, el conflicto social parece haberse vuelto silencioso. La calle no explota como otras veces. Hay un clima de suspensión, una pausa social, como si nadie terminara de estar seguro de los resultados del experimento libertario.
¿Y si los trabajadores de Fate recuperan la fábrica?
¿Y si de ese conflicto u otro sale una llave que contagie a otros a salir a pelear?
¿Y si la presión desde abajo empezara a desbordar a las burocracias sindicales contra la reforma laboral?
¿Y si nos organizamos en cada barrio?
¿Y si desbordamos la Plaza de Mayo como nunca antes?
La única herramienta que tenemos los de abajo sigue siendo la calle. Eso es lo único claro.
El estratega prusiano Carl von Clausewitz decía que en todo conflicto existe una fricción invisible que retrasa los movimientos hasta que, de repente, todo se acelera.
El silencio actual puede ser de resignación, claro. Pero también puede que estemos ante la fermentación de algo que está por despertar.
