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SAN CAYETANO

UNA PLEGARIA AL SANTO DEL PAN Y DEL TRABAJO

Este jueves 7 de agosto, como es habitual cada año, se realizó en Gualeguaychú y en cientos de puntos del país la procesión por San Cayetano. ¿Quién fue el santo italiano? ¿cómo llego a la Argentina? ¿Cuál es el país que el jueves pasado le prendió una vela?

Fotografía: Mauricio Ríos
Edición 94 - 9 de agosto de 2025
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San Cayetano nació en Italia en 1480. Se hizo Santo porque fue un sacerdote particular, que se dedicó a los más necesitados y a luchar contra la pobreza. Su devoción llegó a nuestro país de la mano de los inmigrantes tanos y se popularizó porque todos iban a sus capillas y santuarios a pedirles pan y trabajo. 

San Cayetano siempre acompañó el dolor y la esperanza del pueblo argentino, mutilado por crisis y planes económicos frustrados. En 2001, el país estaba destrozado tras años de convertibilidad: más del 70% de nuestra capacidad industrial había quedado destruida, se habían cerrado cientos de estaciones ferroviarias que daban vida a los pueblos y las persianas bajas de las fábricas delataban los índices más altos de desocupación de nuestra historia.

Desde Martínez de Hoz a Caballo se había construido un país para pocos, entonces sobraban miles de brazos. Y eran esos brazos, sin pan y sin trabajo, los que peregrinaban llevando alto las estampitas de San Cayetano atravesadas por una espiga de trigo.

Las familias entonces, y muchas familias hoy, rogaban la intercesión del Santo para que vuelva a sus hogares la dignidad del despertador que suena para avisarle al obrero, a la trabajadora, al empleado o al peón que ha iniciado la jornada para ganarse el plato de comida que adornara bellamente la mesa alrededor de la cual se junta la familia.

San Cayetano bien lo sabe, que la mesa tendida con el pan fresco, un vaso de jugo, una copa de vino, un guiso o unas milanesas, son el altar de los que viven en la tierra y buscan que el paso por este mundo no sea un infierno. 

Pobre San Cayetano, intentando torcer el rumbo que marcan los poderosos, que no saben el valor del pan. Hasta a él le parece una eternidad los más de cien años que nos quedan de deuda con el FMI, gracias a las decisiones de aquellos que fracasaron ayer y hoy vuelven a gobernar, mal entonados, más fuertes y más brutalmente sinceros.

Dicen que hay que gobernar con crueldad, que muchos seres humanos son un gasto. Son esos que reclaman y proclaman que hay que tener méritos para ganarse el derecho a la vida, al alimento y a la dignidad. Esos, los meritócratas, que no le permiten a nadie cosechar su propio mérito, que no abren nunca las compuertas de aquel río de donde el pueblo intenta pensar su pequeña mojarrita.

En Gualeguaychú, también, San Cayetano está en las billeteras y los pequeños altarcitos. El Santo del trabajo está ahí, frente al llanto de la madre que arrodillada pide a Dios que su hijito o su hijita consiga un laburo para “ser alguien” en la vida. San Cayetano se conmueve y está ahí, en la mirada perdida del padre de familia que engaña al estómago con un mate amargo y desde sus entrañas pide el milagro de la changa o algo que lo retenga en la vida.

Querido San Cayetano, quienes hacemos La Mala tenemos el gusto y la alegría de compartir, a veces, el pan y siempre el trabajo. Somos esta cooperativa de sueños, de palabras y de proyectos, así que te pedimos que nos bendigas y que escuches las plegarias que nacen de la injusticia y la inequidad.

Si estás ahí, escuchándonos (o leyéndonos), te pedimos San Cayetano, por favor, que no dobles tu codo y te mantengas firme en la pulseada contra aquellos que quieren señalar un rumbo en donde no hay pan, ni trabajo.

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