Había una vez un gato llamado Pepe. Él era un gato diferente. A él le encantaba jugar al fútbol. Él hasta tiene su propia marca de pelotas de fútbol. El problema era que se lesionó y no puede jugar su último partido.
Acostado en una silla, agarró su teléfono y llamó a todos sus amigos para contarles de su lesión. Los amigos de Pepe decidieron suspender el partido para la semana que viene.
Pepe, superagradecido, esperó, esperó y esperó hasta la semana que viene, emocionado y muy, pero muy nervioso. Había pasado un solo día y Pepe decidió llamar a sus amigos y les dijo: ‘chicos, ¿no es mucho tiempo para esperar? ¿Y si lo adelantamos?’.
Los amigos dijeron: ‘pero Pepe, ¿no está lesionado?’. Y Pepe les contestó: ‘sí, chicos, pero me puedo quedar en el banco de gatisuplentes’. Los amigos le dijeron: ‘pero, Pepe, el partido no tiene sentido sin vos’. Pepe no sabía qué decir, ya que estaba muy triste. Pepe quería adelantar el partido, hasta que la pierna de Pepe se recuperó y pudieron jugar el partido.
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