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CRECER EN LIBERTAD

Niña trans, niña libre: «Yo me sentí mujer desde siempre»

Cuando tenía 8 años, salió por primera vez de vestido a la calle, fue para la celebración de Halloween. Nunca más se puso ropa “de varón”. Constanza ahora tiene 11 años y, por primera vez, cuenta su historia. “Yo nací así y estoy orgullosa de ser trans”, dice.

Texto y fotografía: Luciano Peralta
Edición 1 - 14 de octubre de 2023
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Hace siete años publiqué la historia de Manu González. El título fue un textual de ella, “Tenemos que aprender a ponernos en el lugar del otro”, y recuerdo que la presenté como la primera maestra trans de Gualeguaychú. Fue una de las entrevistas más transformadoras que he hecho, en términos personales y en términos colectivos.

A mí me abrió puertas a un mundo al que, hasta ese momento, miraba de lejos. Y en términos comunitarios creo que sirvió para discutir un montón de prejuicios e injusticias, para poner sobre la mesa los derechos de las diversidades sexuales, en general, y de las personas trans, en particular.

Al momento de esa publicación Constanza tenía cuatro años. Hoy tiene once y, con la madurez de quien debió enfrentar situaciones difíciles desde muy chica, decidió contar su historia a La Mala. Para cuidarla, para no exponerla, decidimos no publicar su verdadero nombre, el que figura en su DNI desde el 2021, ni su rostro. Lo que vale acá son sus palabras, sus sentires, que son los sentires de muchas de las infancias trans que, aunque no salgan en los medios de comunicación, habitan las aulas de las escuelas de Gualeguaychú, sus calles, sus plazas, son parte de nuestra la comunidad.

“Como no teníamos muchos juguetes, siempre jugué con lo que tenía. Nunca fui de jugar sólo con muñecas, jugaba también con autitos. No pensaba que había juguetes de nena y juguetes de nene, yo sólo jugaba”, dice Constanza, después de un rato de lidiar con la ansiedad y los nervios provocados por la situación. Al lado está su mamá, su más fiel compañera.

“Yo me sentía mujer, yo quería ser mujer, entonces era algo muy horrible que me trataran como un hombre. Eso me dolía. Yo nací así y estoy orgullosa de ser trans porque soy única, como cualquier otra persona”

Constanza quiere decir más de lo que puede, sus palabras se amontonan, se apretujan, se pisan unas a otras, como desesperadas por exteriorizarse, por salir a la luz. De a poco, se va soltando, va ganando confianza y la figura del extraño que se presentó como periodista, a quien conoció hace apenas quince minutos, empieza a resultarle más amigable.

“Nunca me gustó la ropa de hombre, siempre la vi prácticamente como un disfraz. Siempre sentí que me definía más la ropa de mujer, me era más cómoda. En Halloween quise demostrarle al mundo que podía ser una mujer en frente de la gente”, cuenta. La referencia es fundante: el sábado 31 de octubre, junto a su mamá y a su hermano, como cualquier niña, Constanza salió por las calles de la ciudad en búsqueda de diversión y dulces. Y aquí la paradoja es reveladora: mientras el resto se disfrazaba para celebrar la Noche de Brujas, ella dejaba su disfraz (de niño) en casa y se ponía el vestido blanco, ese que, hasta ese día, no había traspasado los límites de su intimidad.

“No es que de un día para el otro dije me voy a llamar Constanza, yo me sentí mujer desde siempre, entonces elegí hacer mi transición ni bien pude. A los 8 años salí de vestido y desde ese día siempre me vestí como una mujer. Odio ponerme ropa de varón, siempre me molestó”, explica, ya más tranquila.

“Yo me sentía mujer, yo quería ser mujer, entonces era algo muy horrible que me trataran como un hombre. Eso me dolía. Yo nací así y estoy orgullosa de ser trans porque soy única, como cualquier otra persona. El pelo largo, la ropa, no es un disfraz, es lo que soy. No es que después me voy a vestir de hombre o que es un juego. No, yo soy esto. Y si las personas no lo aceptan, lástima, las voy a tener que dejar atrás y seguir adelante”, dice, con una seguridad envidiable.

Pero, el camino que la llevó a sentirse bien, a sentirse segura de sí misma, no estuvo exento de problemas. No los tuvo en el Hospital Centenario, cuando todavía su nombre no coincidía con el del DNI, ni cuando realizaron el cambio de identidad en el Registro Civil de la ciudad, tiempo después. “Siempre la respetaron y la trataron muy bien”, deja claro su madre.

Las complicaciones se dieron en la escuela. Cuando, Constanza empezó el cuarto grado con su identidad autopercibida y su nuevo DNI. “Los primeros días mis compañeros no aceptaban nada, hacían comentarios que me ofendían demasiado, pero yo no quería decir nada, nunca me enfrentaba a eso. Les decían a todas las seños que yo anteriormente era un nene y les decían mi nombre anterior, que yo no se lo quería decir porque no me gusta”, cuenta ante la mirada profunda de mamá.

Afortunadamente, la realidad de la educación es diferente a lo que era hace diez o veinte años atrás. Aunque es un tema que demanda capacitación constante, hoy las docentes cuentan con más herramientas para afrontar este tipo de situaciones. Lo cierto es que, planteado el problema, se lo pudo encausar y, de a poco, los resultados salieron a la luz. “Un día la fui a buscar y vi que los nenes que la habían conocido antes de la transición la saludaban con su nombre actual, eso me llenó de felicidad”, dice su mamá sobre esos días de mediado de 2021.

“El pelo largo, la ropa, no es un disfraz, es lo que soy. No es que después me voy a vestir de hombre o que es un juego. No, yo soy esto. Y si las personas no lo aceptan, lástima, las voy a tener que dejar atrás y seguir adelante”

“Siempre estuve segura de lo que quiero ser, a la psicóloga se lo dije muchas veces, nunca tuve que pensar mucho eso. Tampoco es que quiero ser una mujer como las demás, cada una tiene su forma de ser, como cualquier persona. Quiero hacer cosas que me permitan sentirme bien”, explica.

Y si de sentirse bien se trata, Constanza no puede dejar afuera su gran pasión: el baile. Ha ido a varias academias, pero en la actualidad no lo hace. “Soy autodidacta”, dice, y despierta la sonrisa de su mamá. Es que Constanza baila todo el tiempo: baila en su cuarto, baila en la calle, baila en la escuela, baila en la plaza. Ella baila.

“Todas las personas tenemos nuestro mundo. Mi mundo mágico empieza cuando bailo, nadie puede entrar ahí y nadie me puede juzgar por lo que a mí me gusta, ese es mi lugar privado y mi lugar feliz”, asegura, profunda. Y comparte su deseo de “dominar todos los tipos de baile, desde el hip hop, hasta el urbano, el ballet, el k-pop, el contemporáneo, todo”.

“Dominar todos los estilos y también la gimnasia artística y la gimnasia rítmica, ese es mi mayor deseo, algo que me haría muy feliz”, cierra, sonriente y mucho más tranquila.

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