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¿EL FUTURO DE LAS OBRAS SOCIALES?

LA MÁQUINA NO ABRAZA

Una “novedad” de la época: la utilización de la inteligencia artificial para realizar las admisiones en salud mental. Algo que, a priori, nos hace pensar y preguntarnos: ¿cuál es el destino de nuestras palabras? ¿para qué hablamos? ¿da lo mismo quién te escuche?, e interrogantes por el estilo que podríamos seguir sumando.

Texto: Paula Ripa
Ilustración: Diego Abu Arab
Edición 138 - 13 de junio de 2026
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Carta a alguien que podrías ser vos, o cualquiera que sienta tener un sufrimiento psíquico (y que busque alguien que lo ayude):

La obra social OSDE dejará las admisiones en el campo de la salud mental a la inteligencia artificial. ¡Wow!, si me lo decías hace un tiempo atrás, –no sé si tanto– me hubiera parecido para un capítulo de Black Mirror. Recuerdo que la primera vez que vi un capítulo de esta serie quedé con una angustia bárbara, y claro, no es para menos… Pero esta serie creo nos preparó – y habría que advertir la función de la industria cinematográfica en la cultura, en cómo se performa el discurso de épocas- para hacer posible que nos podamos representar que cualquier cosa, por más siniestra que parezca, podría suceder. Pero no se le ocurrió a Charlie Brooke, el creador de la serie, fue idea de quienes gestionan la Organización de Servicios Directos Empresarios, más conocida como OSDE. Aunque, para ser precisa, tengo que decir que es una idea importada –para seguir la línea de un proceso generalizado–, que ya se utiliza en otros países.

“La admisión o «triaje» psiquiátrico mediante Inteligencia Artificial (IA) implica la evaluación de síntomas, priorización de urgencia y derivación”. ¿Acto médico? –lo digo en el sentido ético del término–. Más bien, suena a acto mecánico.

Me gustaría empezar por el principio.

Si le preguntás a la IA qué es la inteligencia, puede darte definiciones como esta que me acaba de tirar: “La inteligencia es la capacidad cognitiva general para comprender, razonar, resolver problemas y aprender de la experiencia”.

Sin ir más lejos que esto, habría que decir que comprender no es una acción cognitiva sino afectiva, no es, por lo tanto, un acto que pueda realizar un robot. Un robot no produce experiencias, repite algoritmos; las experiencias tienen el sello de lo singular e irrepetible. Aclaro que comprendo perfectamente la diferencia entre inteligencia artificial y robot; pero si tengo que meter ese cerebro artificial en algún cuerpo, me da como resultado un robot. IA es para mí, y propongo sea así en adelante en lo que queda de este ensayo, el nombre de un robot, solo eso. Saquémosle el glamour que le da ser el significante del momento, una pura palabra vacía, sin cuerpo, la palabra estrella, ‘the star word’ –¡ups!, suena parecido a Stars Wars, a ciencia ficción-.

Entonces, a diferencia del entendimiento, que es un proceso racional y superficial (me lo dijo IA sin ir más lejos), la comprensión implica una asimilación profunda que involucra la experiencia, la empatía y la capacidad de aplicar el conocimiento. Nuestra amiga IA no tiene posibilidad de asimilar, no tiene profundidad, no produce experiencias, no empatiza, por lo tanto, es imposible que pueda aplicar el conocimiento. O sea, someter esa información que recibe a un proceso humano que se llama comprensión.

Perdón IA, voy a dejar de hacerte preguntas a vos. Vayamos a fuentes históricas establecidas, vayamos al diccionario etimológico: comprender viene del latín comprehender; vocablo formado por dos componentes léxicos: el prefijo com (todo, junto, completo) significa unión; y hendere que significa atrapado, agarrado, abrazado. Es decir que, como pueden representarse a partir de las resonancias de estos términos, una cosa es que te entiendan lo que decís, lo metan en un ordenador que lo clasifique y te den el resultado de ese acto mecánico acompañado del nombre de un profesional; y el encontrarte frente a otro, aunque hasta el momento del encuentro sea solo un nombre que buscaste o te recomendaron, que te escuche y en tal caso procese lo que decís en términos humanos. En algún otro ensayo de estos, voy a ahondar particularmente en la relevancia que tiene ese primer encuentro.

No tengo que explicarte, vos sabés bien cuándo te sentís comprendido y la diferencia con que otro simplemente entienda lo que decís. IA escucha lo que le decís como información, pero no comprende, no puede hender, agarrar, atrapar el sentido de lo que eso puede significar. Para ella hay palabras, planas, sin dimensión; no puede significar la diferencia que puede hacer una palabra dicha con un tono particular, un gesto, un silencio; no puede abrazar, siquiera darte la mano. Lisa y llanamente: no puede dimensionar lo que decís. Juntar la palabra con el tono, con el gesto, interpretar, valorar adecuadamente el silencio; no puede anticipar hipótesis acerca de lo que te puede estar sucediendo. En fin.

Las personas para expresarnos hacemos un uso muy singular, muy de cada uno, del lenguaje. Hablamos no tanto para que el otro nos responda sino más bien para que nos escuche, nos contenga, que es una forma del abrazo. Si a veces decimos, “no me interrumpas, no me digas lo que tengo que hacer, no me contestes, solo déjame hablar”, como fue hasta ahora, entonces no nos dirijamos a IA. Ella está hecha para responder, para dar la respuesta que le indica un procesador, a partir del procesamiento –perdón por la redundancia, pero es que no hace más que eso- de los datos que alguien, un humano le ingresó. No comprende. Ella es buena para sacarte de apuros intelectuales, encontrar datos precisos, y otras cosas así, que no requieren de humanidad del otro lado. Pero tu salud mental no es un hecho intelectual, es un sufrimiento que ella no es capaz de comprender. La pobre…

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