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ESTUDIAR HASTA ROMPERSE: SALUD MENTAL Y UNIVERSIDAD

El suicidio de una alumna de Medicina golpeó a Concepción del Uruguay días atrás. Estudiantes de toda la provincia reaccionaron al dolor de la pérdida, inundando las redes con posteos respecto al esfuerzo que implica ser universitario. Una experiencia que se disfruta, pero también se padece. Traemos ahora, testimonios que dan cuenta de lo que pesa una carrera y la falta de comprensión durante el tránsito.

Edición 85 - 7 de junio de 2025
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EL PESO INVISIBLE DE LA VIDA UNIVERSITARIA

Se llega con la esperanza de ser aquello que siempre se deseó, sin embargo, entre las alegrías se mezclan las angustias: demanda, idealización, carga social (algunos comentarios registrados aquí). La Salud Mental se sienta al fondo del aula desde el primer día, haciendo ta-te-tí: a más de uno le va a tocar responder a su pedido de ayuda.

Reina, estudiante de Ciencia Política (UNER), lo describe con claridad: “Al principio no lo veía, pero fue un proceso de desgaste. La universidad nos mete en un sistema en el que lo primero es cumplir con las expectativas, y yo me olvidé de mí misma. Atravesé una depresión fuerte varios años. Lo más doloroso fue ver que mi cuerpo y mi mente no respondían como antes. Tuve que aprender a escucharme, a cambiar mis hábitos. Fue un largo proceso de adaptación, y al final, tuve que frenar un año para poder volver a estar bien”.

Damián, estudiante de Contador Público (UNER), sintió el peso de una manera diferente: “A veces siento que no hay tiempo para nada. Entre estudiar, trabajar y cumplir con lo que espera la familia, los momentos de paz se hacen escasos. Es complicado, porque todos quieren que sigas un ritmo ‘normal’, sin pausas, sin tropiezos, y es fácil caer en la trampa de compararse con los demás. Ver que otros avanzan mientras vos te quedas atrás genera frustración y dudas sobre si estás tomando el camino correcto”.

Rocío, estudiante de Comunicación Social (UNER), aporta una mirada en la misma línea: “Fue un antes y un después, tanto positiva como negativamente. Me forjó el carácter, alimentó mi autoestima. Sin embargo, también me ha hecho vivir en un constante estrés y estado de alerta. No conozco ningún estudiante que no padezca ansiedad o estrés por el ritmo que impone la cursada”.

Gerardo, estudiante del profesorado de Geografía (Escuela Normal Superior Martiniano Leguizamón), otra cara de la moneda: aunque no experimentó el impacto personal, pudo ver los efectos devastadores sobre otros. “He visto muchos desmayos, crisis de ansiedad y gente que abandona por completo la carrera. No es solo cuestión de rendir un examen, es toda la presión acumulada, las autoexigencias y lo que la universidad representa”, aportó, en diálogo con La Mala.

 EXPECTATIVAS Y COMPARACIONES

La presión externa es un factor crítico, desde lo familiar como de la sociedad en sí. El sentido común asume que estudiar es sentarse a leer, nada más. Poniendo una carga extra al no avanzar de manera lineal. Reina refiere a este fenómeno con un enfoque preciso: “Venimos con el fantasma del sacrificio, cuánto más sufrimos más valor tiene lo que logramos. Es una lógica peligrosa que nos empuja a competir contra nosotros mismos y a descuidar nuestra Salud Mental para cumplir con una expectativa que es más social que personal”.

Damián coincide: “Hay una idea generalizada de que hay una sola manera de cursar. Si no seguís ese ritmo, te sentís mal. Y la familia también te empuja a ese camino: estudiar, avanzar, no perder tiempo. Pero nadie te dice cómo manejar la frustración cuando las cosas no salen como esperabas”.

“¿Todo eso para qué? Si al final no existe tal mérito. Es decir, no te alcanza para mantenerte ni bancar tu carrera, mucho menos para mudarte solo/a”

Rocio, en tanto, señala a manera de advertencia: “Trabajamos, estudiamos, hacemos sacrificios, invertimos nuestro tiempo, la pasamos re mal a la hora de ir a rendir… ¿todo eso para qué? Si al final no existe tal mérito. Es decir, no te alcanza para mantenerte ni bancar tu carrera, mucho menos para mudarte solo/a. Aunque estudies para tener un futuro, cuando te recibís no encontrás laburo y si lo encontrás es muy mal pago, esa sensación tenemos hoy” 

Desde su lugar, Gerardo cuenta: “Hay estudiantes que están en su primer año y ya empiezan a sentir que no es lo que pensaban. Algunos siguen luchando por seguir, pero otros simplemente no pueden. En las mesas de examen esa presión llega al punto de que algunos compañeros se desmayan o directamente se retiran. La frustración es enorme cuando no cumplen con lo deseado”.

ENSEÑAR NO ALCANZA: PEDAGOGÍA Y MALTRATO

El vínculo entre docentes y estudiantes tiene un rol fundamental en el bienestar emocional, las actitudes pueden ser apoyo o condena. Reina afirma (después de mencionar que por miedo a represalias hay cosas que se prefiere no decir): “No todos caen en estos patrones, pero, podes ser doctor/a, tener todos los títulos del mundo e igual si no sabes enseñar vas a impactar en los estudiantes negativamente. He tenido que lidiar con docentes que no te enseñan, solo pasan la materia de manera abstracta. Eso genera frustración, te hace dudar de tus capacidades. La educación no debería ser competitiva, ni destructiva”.

Damián lo reconoce desde su espacio: “No es algo que pase todo el tiempo, pero hay docentes que, por su manera de ser, hacen sentir que hasta preguntar está mal. A veces la actitud es despectiva o de ridiculizar, y eso afecta mucho la confianza en uno mismo”.

Gerardo destaca lo institucional: “Escuché a muchos compañeros que se sintieron maltratados o ninguneados. Ocurre también con acciones como no devolver un examen, no explicar bien los errores, que generan una sensación de injusticia que no siempre se puede manejar, sobre todo cuando ya se viene sintiendo un agotamiento”.

Rocío, en tanto, trae una reflexión crítica: “Hay quienes se olvidan de que fueron estudiantes. No contemplan que se tiene una vida por fuera de su materia. Quienes enseñan desde la empatía son los que más huellas dejan. Si sos docente, ¿en qué le aporta profesionalmente a tu alumno que le generes un ataque de ansiedad o dolor de panza cada vez que esté en tu clase?”.

CONSTRUIR COMUNIDAD

Siendo conscientes de sus realidades, los y las jóvenes consultadas no sólo relatan el problema, también aportan ideas para aliviar los trayectos. Todos coinciden en la necesidad de tener acompañamiento emocional y de flexibilizar el sistema académico. 

Reina propone que se generen instancias de diálogo y prevención. La universidad en la que cursa ha atravesado suicidios y el silencio frente a ello todavía tiene secuelas. 

“La universidad no es solo un espacio para producir conocimiento, sino para vivir un proceso humano. Quizás se puede pensar un sistema evaluativo más flexible y menos punitivo”

Damián llama a la sociedad a cambiar su mirada: “Es fundamental valorar más el esfuerzo que la eficiencia. La universidad no es solo un espacio para producir conocimiento, sino para vivir un proceso humano. Quizás se puede pensar un sistema evaluativo más flexible y menos punitivo”.

Con esto último coincide Gerardo: “Los finales son una bomba de tiempo. La evaluación debe ser más en proceso, muchas veces que alguien no pase un examen no es porque no estudió, sino porque el sistema lo presiona demasiado”.

Por último, Rocío comenta la importancia de la extensión, de poder salir del aula y trabajar en territorio. “Es como tomar aire, no sentir que son los apuntes y nada más hasta que te recibas”.

Además, hace un llamado: “Mientras el sistema universitario que tenemos y el contexto económico sigan como están, nadie debería preguntarnos cuánto nos falta para recibirnos. Para estudiar una carrera de grado y recibirse actualmente hay que tener recursos y mucha voluntad. Así que no nos pregunten cuánto nos falta. Aunque nos falte poco, siempre se siente lejos. Porque cada vez parece más cuesta arriba”

Es urgente cuidar la Salud Mental de los estudiantes. 

captura de pantalla

Love Liza (Todd Louiso, 2002)

Philip Seymour Hoffman en un duelo tóxico. Tras la muerte de su esposa, Wilson se refugia en los vapores de nafta que inhala desde bolsas de plástico. Un ritual autodestructivo para entumecer el vacío, mientras su vida se reduce a construir avioncitos a escala. Hoffman retrata el dolor como un agujero negro: silencioso, voraz y sin salida visible. Cada bocanada es un grito ahogado.

El sabor de las cerezas (A. Kiarostami, 1997)

Un hombre recorre Teherán en su auto buscando a alguien que entierre su cuerpo tras suicidarse. Kiarostami no juzga: convierte el acto en un viaje filosófico. Planos largos, diálogos secos y esa tierra árida que refleja su desesperanza. ¿Es un grito de auxilio o una decisión irrevocable? La respuesta está en el último amanecer.

Cake (Daniel Barnz, 2014)

Jennifer Aniston como nunca: Claire, una mujer con dolor crónico y cicatrices físicas/mentales, obsesionada con el suicidio de una compañera de terapia. La película no muestra el acto, sino sus ecos: la culpa de los vivos, la rabia de quien queda atrapada en su cuerpo. Un retrato ácido sobre cómo el sufrimiento prolongado nubla el horizonte.

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