Durante mucho tiempo, viví sintiendo que el mundo se movía a una velocidad distinta a la mía. Sentía que todos tenían un manual de instrucciones para la vida que a mí nunca me entregaron. Me llamaron tímido, intenso, raro o distraído. Yo mismo me llamé muchas cosas peores mientras intentaba encajar en un molde que simplemente no era de mi talla.
Durante la mayor parte de mi vida, caminé en una soledad que no elegí. Crecí sin amigos, no porque no quisiera tenerlos, sino porque el mundo hablaba un idioma que yo no lograba descifrar. Esa incomprensión me empujó a relaciones en las que me sentía invisible, intentando encajar en moldes ajenos solo para que alguien, por fin, se quedara a mi lado. Pero nadie lograba verme de verdad, porque ni yo mismo sabía quién era realmente.

En esa búsqueda, pasé años en manos de un sistema de salud que me falló. Me diagnosticaron y me medicaron durante décadas tratando «partes» de mí —la ansiedad, la tristeza, el aislamiento— como si fueran enfermedades aisladas. Se enfocaron en lo rápido, en el síntoma que molestaba a los demás, pero nunca en lo real, en mi totalidad. Lo que hoy parece tan claro, para los profesionales fue invisible. Hoy, denuncio que nuestros sistemas de salud no están preparados para vernos como seres integrales, solo saben fragmentarnos.
Hace poco, ese misterio finalmente tuvo un nombre: Autismo. Recibir este diagnóstico en la adultez no ha sido recibir una etiqueta de «enfermedad», sino encontrar la pieza que le faltaba al rompecabezas de mi historia. No soy una persona «rota» que necesita ser reparada; soy una persona con un sistema operativo diferente.

“Recibir este diagnóstico en la adultez no ha sido recibir una etiqueta de ‘enfermedad’, sino encontrar la pieza que le faltaba al rompecabezas de mi historia”
Pero hoy mi denuncia va más allá: nadie sabe lo difícil que es, económicamente, acceder a las terapias que necesitamos. Es profundamente frustrante no contar con el dinero o con un Estado presente que exija que se cumplan las leyes ya aprobadas. Parece que esas leyes se hacen solo para ilustrar un papel que queda guardado en un cajón. Si tan solo entendieran la impotencia que se siente cuando la burocracia nos hace ir de un lado a otro buscando soluciones que nunca llegan… es un sistema que nos agota antes de ayudarnos.

Sé que no he transitado este camino solo. Soy totalmente consciente de que para las familias esto tampoco es fácil. Entiendo el desgaste, la incertidumbre y el cansancio que llevan. Y no hablo solo del autismo; hablo de todas las familias que conviven con cualquier condición. Ustedes también necesitan contención y ser sostenidos por un sistema que hoy los deja solos en el cuidado. Reconozco su esfuerzo y su entrega en este escenario tan adverso.
Sé que recibir este diagnóstico no es encontrar una cura, es encontrar el mapa de mi propia tierra. Mi diagnóstico no me cambia, me explica. Me da permiso de dejar de actuar y de buscar vínculos que nazcan desde mi esencia. Ahora entiendo por qué algunas luces me lastiman, por qué ciertos ruidos me agotan o por qué las charlas triviales me resultan un laberinto. Entiendo el esfuerzo monumental que he hecho toda mi vida para «parecer normal», para camuflar mis dificultades y para que mi cansancio no se notara. A ese esfuerzo lo llamamos masking, y hoy decido que ya no quiero cargar con esa máscara todo el tiempo.

Ser autista también significa que veo detalles que otros pasan por alto, que mis intereses me apasionan con una intensidad vibrante y que mi honestidad es mi brújula. Mi diagnóstico no me cambia, me explica. Me da permiso de ser amable conmigo mismo, de usar auriculares si el ruido me aturde y de decir «no puedo» sin sentir que he fallado.
“Mi diagnóstico no me cambia, me explica. Me da permiso de dejar de actuar y de buscar vínculos que nazcan desde mi esencia. ”
A menudo, la sociedad dice que intenta empatizar, pero sin darse cuenta, esa «ayuda» termina en segregación. Nos ofrecen espacios apartados o condescendencia, cuando lo que reclamamos es nuestro derecho a habitar el mundo común. Se nos excluye de experiencias, de empleos o de encuentros sociales bajo la excusa de que «es mejor para nosotros», negándonos el derecho básico de participar y disfrutar de la vida en igualdad. No queremos que nos aparten para protegernos; queremos que el mundo sea lo suficientemente accesible para que quepamos todos. Reclamamos nuestro derecho a habitar el mundo común. No queremos que nos aparten bajo la excusa de que «es mejor para nosotros»; queremos que el mundo sea lo suficientemente accesible y justo para que todos tengamos las mismas oportunidades de bienestar.
Les comparto esto no para pedir lástima, sino para exigir claridad y justicia. Mi diagnóstico es un puente, no un muro. Los invito a conocer esta versión auténtica de mí y la de todos a construir un lugar donde nuestros derechos no sean solo papeles guardados, sino una realidad compartida.
Gracias por leer mi verdad.
