Detrás de cada estructura hay mucho más que papel, pintura y soldadura. Hay tiempo, esfuerzo, creatividad y una experiencia que para muchos jóvenes queda marcada para siempre. Nos fuimos a los galpones del puerto a hablar con los protagonistas.
Hay cosas que son difíciles de explicar si uno no las vivió. En Gualeguaychú, las Carrozas Estudiantiles son una de ellas. Para muchos jóvenes de la ciudad, hacer una carroza no es nada más que ir a soldar, pegar papeles, pintar o competir. Es pasar meses trabajando con amigos y compañeros, quedarse hasta tarde, aprender a hacer cosas que nunca habían hecho y, sobre todo, compartir una de esas experiencias que quedan para siempre.
Atrás de cada carroza hay tiempo, esfuerzo, creatividad y un montón de historias. También hay una etapa de la vida que, para muchos, fue y será inolvidable. Por eso, más allá del desfile y de quién gana o quién pierde, las carrozas tienen un lugar particular en la vida de muchos jóvenes gualeguaychuenses.
Para esta edición, La Mala charló con algunos de ellos para conocer qué significa realmente ser parte de las Carrozas Estudiantiles y por qué es un espacio que hay que defender y valorar.
Compartí esta nota en:
SI LLEGASTE HASTA ACÁ, NUESTRO CONTENIDO ES ÚTIL PARA VOS
“Queremos aire limpio y, por sobre todas las cosas, queremos vivir sin miedo”, dice la técnica en Gestión Ambiental Antonella Manzo Rodríguez. Y habla de las muertes de todos los días y de la necesidad de no acostumbrarnos a ellas.
El drama de Granja Tres Arroyos, la empresa que llegó a procesar alrededor de 760.000 aves diarias, emplear a más de 6.500 trabajadores y exportar a más de 60 países, y hoy está paralizada. Lautaro Viscay reconstruye la paradoja de los pollos entrerrianos.
El final de Urribarri, Báez y Aguilera podría ser materia de un ensayo sobre los tiempos que corren. Las relaciones políticas y judiciales en el centro de la bitácora.