Entre Ríos concentra alrededor de la mitad de la faena avícola argentina y sostiene una cadena integrada, profesionalizada y en permanente innovación. En ese escenario, la situación de una de sus mayores empresas plantea una paradoja: ¿cómo una firma que alcanzó una posición dominante puede reducir drásticamente su producción, acumular una deuda superior a US$350 millones, paralizar plantas y dejar a cientos de trabajadores sin empleo o sin ingresos regulares, mientras otras empresas de la actividad continúan produciendo, invirtiendo y creciendo?
El caso obliga a mirar las condiciones económicas, pero también las decisiones de inversión, financiamiento y gestión, y sus consecuencias sobre los trabajadores y el territorio.
Para comprender lo que ocurre en Concepción del Uruguay hay que comenzar por una distinción: no estamos frente a una crisis de la avicultura entrerriana, sino ante la crisis de una empresa de gran peso dentro de una cadena que mantiene capacidad productiva, conocimiento, tecnología y mercados.
Entre Ríos construyó durante décadas uno de los complejos avícolas más importantes del país. La provincia concentra aproximadamente la mitad de la faena argentina y una proporción mayoritaria de las granjas dedicadas a pollos parrilleros. En 2024 produjo más de un millón de toneladas de carne aviar y exportó alrededor de US$120 millones. Detrás de esas cifras existe una actividad extendida territorialmente, que articula producción primaria, industria, transporte, servicios, logística y comercialización.
Es desde esa fortaleza sectorial que aparece la pregunta que recorre este artículo: ¿Por qué, dentro de una misma cadena, algunas empresas pudieron sostener procesos de inversión y crecimiento mientras una de las de mayor escala acumuló semejante deterioro financiero y productivo?
UNA CADENA DE CONOCIMIENTO, TECNOLOGÍA Y TRABAJO
Para aproximarse a una respuesta conviene entender primero cómo funciona la actividad. La avicultura comienza mucho antes de la etapa industrial. La cadena articula genética, planteles reproductores, producción de huevos incubables, incubación, nutrición, sanidad y crianza.
Luego llegan la faena, el procesamiento, la conservación, el frío, el desarrollo de productos y el aprovechamiento de subproductos. Transporte, logística, mantenimiento, laboratorios, equipamiento, comercialización y mercados completan un sistema en el que cada etapa necesita de las demás.
Las entrevistas realizadas para este artículo muestran el nivel de especialización alcanzado. La genética utilizada está vinculada con desarrollos internacionales; la nutrición trabaja con formulaciones específicas; las condiciones sanitarias resultan determinantes; y las plantas incorporan automatización, ingeniería y nuevas tecnologías de procesamiento. La actividad sigue los cambios tecnológicos que se producen en el mundo y requiere inversiones continuas para sostener productividad, calidad y acceso a los mercados.
Los ciclos de producción permiten dimensionar ese grado de coordinación. La incubación demanda alrededor de 21 días y la crianza hasta alcanzar las condiciones de faena se desarrolla actualmente en aproximadamente 48 a 52 días, según el sistema productivo y el destino. En ese recorrido participan productores integrados, veterinarios, técnicos, responsables de nutrición y sanidad, transportistas y equipos industriales que deben funcionar dentro de una programación precisa.
La innovación continúa en la etapa industrial. El procesamiento permite pasar del pollo entero a cortes y productos con mayor elaboración, mientras el aprovechamiento de subproductos transforma vísceras, grasas y plumas en aceites, harinas y otros insumos. Modernizar determinadas líneas de procesamiento puede requerir inversiones de cientos de miles de dólares, además de ingeniería, montaje, pruebas, capacitación y adaptación de los procesos.
“La provincia concentra aproximadamente la mitad de la faena argentina y una proporción mayoritaria de las granjas dedicadas a pollos parrilleros”
Pero la competitividad no se explica solamente por la infraestructura y el capital invertido. También está en las personas. Profesionales de la producción, veterinarios, técnicos, especialistas en calidad e inocuidad, responsables de mantenimiento, frío, procesamiento, logística y administración trabajan junto con operarios que acumulan años de experiencia en tareas claves.
Parte de ese conocimiento proviene de la formación técnica y otra se adquiere dentro de las plantas, trabajando con equipamientos, circuitos de producción y protocolos sanitarios. Ese capital humano forma parte de la capacidad productiva de Entre Ríos. Una planta puede conservar edificios y máquinas después de varios meses sin actividad; recuperar un equipo de trabajadores que conoce sus procesos, tiempos y exigencias puede resultar bastante más difícil.
DISTINTAS DECISIONES DENTRO DE UNA MISMA CADENA
La información recogida para este artículo muestra empresas que aproximadamente duplicaron su escala de faena durante la última década. Lo hicieron atravesando inflación, devaluaciones, dificultades financieras, cambios regulatorios, pandemia y problemas sanitarios. Esto no significa que todas hayan enfrentado condiciones idénticas ni que sus situaciones puedan compararse linealmente. Sí, muestra que existieron trayectorias empresariales diferentes frente a un contexto general compartido.
En una actividad sometida a cambios tecnológicos continuos, las decisiones de inversión adquieren un peso particular. Mientras algunas empresas automatizan procesos, mejoran rendimientos, desarrollan productos o amplían mercados, postergar una modernización puede generar desventajas que se acumulan con el tiempo.
Las condiciones externas también cuentan. El tipo de cambio, los impuestos, las tasas de interés, el costo de la energía, la infraestructura, las regulaciones, el acceso al crédito y las condiciones comerciales afectan a cualquier empresa. La influenza aviar produjo restricciones sanitarias y alteró mercados externos. La competencia internacional ejerce presión sobre las empresas argentinas, incluida la proveniente de Brasil, cuya industria posee una escala productiva y exportadora muy superior.
El contexto explica una parte de las trayectorias empresariales. La otra corresponde a decisiones sobre financiamiento, endeudamiento, reinversión, modernización, mercados y estrategias frente a las primeras señales de deterioro. Es en esa interacción entre condiciones externas y decisiones propias donde conviene analizar lo ocurrido con Granja Tres Arroyos.
DE LA EXPANSIÓN AL DETERIORO
La escala que alcanzó Granja Tres Arroyos permite dimensionar lo ocurrido. La empresa llegó a procesar alrededor de 760.000 aves diarias, emplear a más de 6.500 trabajadores, exportar a más de 60 países y alcanzar una facturación anual cercana a US$1.300 millones. Durante el proceso de deterioro, la faena del grupo cayó hacia niveles próximos a las 200.000 aves por día.
El problema financiero excede una caída coyuntural de las ventas. Según el plan de reestructuración presentado a los acreedores y difundido por medios nacionales, el pasivo del grupo fue estimado en US$350,9 millones. De ese total, unos US$123 millones corresponden a deuda comercial y US$88,1 millones a obligaciones fiscales, mientras la deuda financiera suma US$139,8 millones, dividida entre US$85,1 millones con garantías y US$54,7 millones sin garantías. A este cuadro se agregaron más de 1.800 cheques rechazados por un monto superior a $29.000 millones (Infobae, 4 de junio de 2026).
La empresa atribuyó parte de sus dificultades a la influenza aviar, las restricciones de mercados internacionales, la reducción de exportaciones, la sobreoferta interna, la caída de precios y el aumento de los costos. Son factores que deben formar parte del análisis. La magnitud del pasivo y la reducción de la producción llevan, al mismo tiempo, a observar la estrategia financiera, las inversiones realizadas o postergadas y las decisiones adoptadas durante ese proceso.
En Concepción del Uruguay las señales fueron acumulándose. A fines de 2025 dejó de funcionar la histórica planta Beccar y parte de sus trabajadores fueron trasladados a La China. Los problemas productivos y salariales continuaron durante los meses siguientes hasta que, a fines de mayo de 2026, esta última planta quedó paralizada por tiempo indeterminado. Los trabajadores llegaron a acumular casi tres meses sin cobrar y posteriormente comenzaron las desvinculaciones.
El conflicto laboral abrió también una discusión sobre las causas. La representación sindical rechazó el intento de encuadrar las desvinculaciones bajo el artículo 247 de la Ley de Contrato de Trabajo, que contempla indemnizaciones reducidas en determinadas circunstancias, y sostuvo que la situación correspondía específicamente a la empresa y no a una crisis general de la actividad.
CUANDO EL PROBLEMA ENTRA EN LOS HOGARES
Los efectos alcanzan a diferentes actores, aunque no todos los padecen con la misma intensidad. La situación más urgente se encuentra entre quienes dependían directamente de la planta para trabajar y percibir su salario. Son familias que primero atravesaron atrasos, luego meses de incertidumbre y finalmente, en muchos casos, la pérdida del empleo.
Para una familia, el tiempo de una crisis empresarial transcurre de otra manera. Mientras una empresa puede pasar meses negociando una reestructuración con bancos, proveedores, acreedores o potenciales inversores, un hogar necesita resolver todos los días cómo pagar los alimentos, la electricidad, el alquiler, los medicamentos y las deudas.
Después de varias semanas sin ingresos regulares, una discusión sobre balances y pasivos comienza a sentirse en la mesa familiar.
Hay además una dimensión productiva. Muchos de los trabajadores afectados acumulan años de experiencia en la industria avícola. Conocen procesos, equipos, normas sanitarias, procedimientos de calidad y rutinas de producción que requieren formación y práctica. No son solamente puestos dentro de una estadística laboral: constituyen parte del conocimiento productivo acumulado por la actividad en Concepción del Uruguay.
Cuanto más se prolonga la paralización, mayor es el riesgo de dispersar ese conocimiento. Algunos trabajadores buscarán empleo en otras actividades o ciudades; otros, si están en condiciones, podrán jubilarse; otros dejarán de realizar tareas que desarrollaron durante años. Una eventual recuperación de la planta necesitará de trabajadores experimentados, tanto como de instalaciones y equipamiento en condiciones de volver a producir.
“La empresa llegó a procesar alrededor de 760.000 aves diarias, emplear a más de 6.500 trabajadores, exportar a más de 60 países y alcanzar una facturación anual cercana a US$1.300 millones”
La respuesta provincial frente a la emergencia permite dimensionar la situación social. En una primera etapa se tramitaron alrededor de 825 solicitudes para una asistencia extraordinaria de $200.000, se distribuyeron más de 1.800 módulos alimentarios y se implementó ayuda para las facturas eléctricas que alcanzó a 525 trabajadores.
Las dificultades llegaron también a la atención de la salud: ante problemas en la cobertura de la obra social, la Provincia articuló con el hospital público de Concepción del Uruguay un mecanismo destinado especialmente a trabajadores y familiares con enfermedades crónicas que necesitaban atención y medicamentos.
La asistencia resulta indispensable, pero tiene límites. Un subsidio o un módulo alimentario pueden resolver una necesidad inmediata; no sustituyen un empleo industrial ni un salario regular. Para esas familias, la salida de fondo sigue dependiendo de recuperar posibilidades de trabajo.
UNA CADENA AFECTADA DE DISTINTAS MANERAS
Fuera de la planta, la reducción de actividad alcanza a productores integrados, transportistas, proveedores y empresas de servicios. El impacto depende del grado de vinculación con Granja Tres Arroyos y de las alternativas que cada actor pueda encontrar.
Los productores integrados realizaron inversiones en galpones, sistemas de alimentación, climatización, energía y equipamiento. La interrupción de una relación de integración puede dejarlos temporalmente sin producción y generar dificultades, especialmente cuando existen créditos o inversiones pendientes. Una parte podría vincularse con otras empresas, siempre que exista capacidad para incorporarlos, proximidad territorial y condiciones contractuales adecuadas.
El transporte y los proveedores enfrentan una situación semejante. Menos faena significa menos movimiento de aves, alimento, productos terminados e insumos. Quienes dependen fuertemente de un solo cliente quedan más expuestos, mientras otros pueden redistribuir parte de sus servicios.
Estas diferencias importan al momento de diseñar respuestas. Los trabajadores necesitan recuperar ingresos y empleo; los productores, alternativas para utilizar su capacidad instalada; los transportistas y proveedores, sostener volumen de actividad. Forman parte de la misma cadena, pero no enfrentan el mismo nivel de exposición ni disponen de iguales posibilidades de reacción.
CUANDO LAS DECISIONES PRIVADAS TIENEN CONSECUENCIAS PÚBLICAS
La situación conduce a una discusión que trasciende los balances de la empresa. Accionistas y administradores toman decisiones sobre inversión, financiamiento, expansión, endeudamiento, tecnología y mercados. Los resultados positivos corresponden a la empresa y a sus propietarios; asumir riesgos forma parte de la actividad empresarial.
Los trabajadores no decidieron cuánto debía endeudarse la empresa, qué inversiones realizar, qué mercados priorizar ni cómo administrar sus finanzas. Tampoco participaron de las decisiones que desembocaron en una propuesta de reestructuración superior a US$350 millones. Sin embargo, enfrentan de manera inmediata la falta de salario y la pérdida del empleo.
Cuando eso sucede, el Estado interviene sobre consecuencias que no originó. La asistencia alimentaria, energética y de salud necesaria para sostener a las familias convierte una parte del costo privado en gasto público. Esa intervención es necesaria frente a la emergencia, pero deja abierta una cuestión: cómo evitar que las pérdidas terminen trasladándose hacia trabajadores y recursos públicos mientras nadie termina haciéndose cargo de las decisiones que condujeron a esta situación.
El Estado tiene también responsabilidades propias. Debe generar infraestructura, facilitar el financiamiento productivo, garantizar condiciones de cumplimiento y vigilancia sanitaria, contribuir a la formación y la investigación, favorecer el acceso a mercados y establecer reglas que permitan competir. Frente a empresas con fuerte peso territorial necesita, además, información y herramientas que permitan detectar tempranamente situaciones capaces de comprometer empleo y capacidades productivas.
PRESERVAR LA CAPACIDAD PRODUCTIVA SIN RESCATAR PROPIETARIOS
El peso territorial de una empresa no debería convertirse en un seguro público frente a malas decisiones. Utilizar recursos estatales para cubrir pérdidas sin conocer su situación patrimonial, financiera y productiva significaría trasladar el riesgo empresario al conjunto de la sociedad.
Preservar una capacidad productiva es otra cosa. Una planta puede cambiar de dueño, incorporar inversores, reestructurar pasivos o desarrollar una estrategia diferente. Sus instalaciones, equipamiento, habilitaciones, relaciones productivas y capacidades comerciales mantienen valor más allá de quién controle la empresa.
“La asistencia alimentaria, energética y de salud necesaria para sostener a las familias convierte una parte del costo privado en gasto público”
Lo mismo ocurre con sus trabajadores. Si durante meses se dispersan las personas que conocen el funcionamiento de la planta, una parte de esa capacidad productiva también se pierde. Por eso, cualquier apoyo público destinado a recuperar la actividad debería estar asociado a información financiera suficiente, capital de trabajo y compromisos verificables de inversión, producción y empleo dentro de un proyecto viable.
Si la salida requiere nuevos inversores o una modificación de la propiedad, la prioridad debería ser preservar el trabajo y la capacidad de producir, no garantizar la continuidad de determinados accionistas.
LA AVICULTURA ENTRERRIANA FRENTE AL ESPEJO
El caso de Concepción del Uruguay deja una pregunta que trasciende a Granja Tres Arroyos: ¿Qué sucede cuando las decisiones de una empresa de gran escala comienzan a producir consecuencias que alcanzan a trabajadores, familias, productores, proveedores, una ciudad y finalmente al propio Estado?
La respuesta no pasa por desconocer las dificultades económicas, sanitarias o comerciales que atraviesa la producción. Tampoco por transformar cada problema empresario en un problema general de la actividad, pasa por poder distinguir responsabilidades y actuar sobre ellas.
Entre Ríos tiene una cadena avícola construida durante décadas y dispone de conocimientos, trabajadores capacitados, productores, infraestructura y capacidades industriales que siguen teniendo valor. En Concepción del Uruguay, una parte de ese patrimonio productivo está hoy detenida mientras cientos de familias necesitan recuperar un ingreso.
Allí aparece el verdadero desafío, preservar esa capacidad no significa garantizar la continuidad de quienes la administraron hasta ahora. Significa encontrar una salida que permita volver a producir, recuperar trabajo y evitar que se pierdan conocimientos y capacidades que llevaron años construir. Para una provincia cuya avicultura continúa teniendo un lugar central en la producción nacional, esa discusión ya no pertenece solamente a una empresa.
¿Cuánto puede depender el futuro de una ciudad de las decisiones que se toman dentro de una empresa?
¿El Estado tiene que esperar a que el problema explote para intervenir o debería poder actuar antes de que el costo lo terminen pagando los trabajadores y toda la comunidad?

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