Un barquito calle abajo, en lo más parecido a un río que puedo ver desde la vereda de casa. Una tarde de lluvia y las tortas fritas de la abuela que no se hacían sin el pedido oportuno. Ese era su momento, toda la magia que traía en sus manos lograba condenarse en el mismísimo instante en que el disfrute tocaba los labios.
La abuela guardaba muchas cosas, traía una historia muy larga de carencias y todo lo que tocaba tendía a conservarlo. De ahí que hacía el estofado más increíble que nunca volví a probar en una ollita negra de tanto hervir. Hacía las canciones más dulcemente desafinadas y hasta sus enojos tenían cierta ternura. La abuela guardaba su historia, juntaba hasta los almanaques viejos, los de un papel y un mensaje por día. Cuando terminaba el año los apilaba, los unía delicadamente con una banda elástica y los metía en el mismo cajón en que tenía los montoncitos de años anteriores, guardados de igual manera, uno pegado al otro. “El que guarda siempre tiene” decía la abuela y eso cargaba una verdad irrefutable cada vez que le pedía un papel, un botón o lo que fuera para algún trabajo de la escuela.
Siempre pensé en que cuando la abuela no estuviera, habría un universo increíble de cosas por descubrir. Juguetes que nunca vi, los primeros zapatitos de mi viejo, revistas de mil años, billetes de australes y lo que me diera la imaginación. La abuela guardaba muchas cosas, hasta su nombre guardaba. Su DNI le decía Marquesa y siempre fue Marta, “la china”. Guardaba sus frustraciones, las angustias, muchas miradas y guardaba, celosamente, la risa.
Como acto ineludible de un ciclo vital, un día se fue. Lo extraño es que se fue a carcajadas. Se retorcía de risa en la cama del hospital ante los ojos entre atónitos y perplejos de sus hijos, que nada entendían de tanta risa y las lágrimas se mezclaban entre júbilo y despedida. La abuela nos quiso dejar acá sus alegrías, hacernos saber que también fue feliz.
Y así, feliz y con algún entusiasmo entré a la casa de la abuela. La casa sola, en silencio, sin olores. De repente el universo que se planteaba inmenso se redujo a un puñado de cosas que poco valían, poco sentido tenían. Un juguete viejo que casi no funciona y en un estante junta mugre. Un mechón de pelo en una bolsa de plástico sin gracia. Un montón de papeles y cosas inútiles que solo pueden estar dentro de un mueble y no sacarse nunca más.
La abuela guardaba muchas cosas y eran sus manos las que hacían la magia. “Comete otra torta frita mijo” me decía. Gracias abuela, ando lleno de vos.
