Hace días se desató la polémica por el lanzamiento de Ori, la Inteligencia Artificial (IA) que busca posicionarse como herramienta preventiva para docentes y padres frente a la problemática de la salud mental en la provincia de Entre Ríos. La iniciativa no tardó en generar reacciones negativas: universidades, asociaciones profesionales y colegios disciplinares manifestaron su preocupación por la ausencia de participación en su desarrollo.
En ese marco, el sociólogo Jorge Kerz —con paso reciente por la gestión— planteó que el gobierno parece priorizar respuestas en términos de comunicación antes que construir legitimidad. La afirmación no resulta menor si se la pone en diálogo con una consigna que se repite hasta el hartazgo como marca de gestión: “Estamos destinando cada peso a dónde tiene que ir”.
La pregunta, entonces, deja de ser retórica: ¿Dónde tiene que ir cada peso?
Está claro que al diseño de una IA sobre la problemática de salud mental no. Entender, interpretar y traducir un problema de salud mental necesita imprescindiblemente contacto humano. Supone procesos, vínculos, trayectorias. El riesgo no es la existencia de la herramienta, sino el sentido que adquiere cuando se la presenta como respuesta en un contexto en el que Entre Ríos representa la mayor tasa de suicidios del país.
Promover una herramienta de innovación tecnológica sobre un sistema de salud pública colapsado es pensar la salud de todos los entrerrianos desde la responsabilidad individual. El simple hecho de que un centro asistencial no funcione los fines de semanas o que los turnos tengan meses de espera implica invertir el orden de prioridades. Una crisis no se administra desde la mediación, sino desde la capacidad de intervención directa.
Hace unos días escuché una clase del licenciado Alejandro Heinrich, titular de la cátedra de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader), en la que sostenía no sólo estar en desacuerdo con la propuesta de Ori, sino que insistía con que “no deberíamos poner más cosas en el medio”, haciendo alusión a la distancia que provocan las pantallas y la necesidad del contacto humano en estas circunstancias.
La urgencia de estrategias territoriales por parte del Estado es también una impresión de la lejanía de la dirigencia política y su constante enfoque gerencial para tratar cuestiones sociales.
“El riesgo no es la existencia de la herramienta, sino el sentido que adquiere cuando se la presenta como respuesta en un contexto en el que Entre Ríos representa la mayor tasa de suicidios del país”
LA TECNOLOGÍA NO ES EL PROBLEMA, NI LA SOLUCIÓN
En la Carta Iberoamericana de Innovación en la Gestión Pública del CLAD se menciona a la tecnología como un medio y no un fin en sí mismo. Se entiende que, para avanzar hacia una administración pública inteligente la verdadera innovación es la que transforma la relación entre el Estado y la ciudadanía, con el objetivo de responder de manera más efectiva, legítima y sostenible a las necesidades colectivas. La carta también hace mención al uso y utilidad de la IA.
En ese sentido, cabe preguntarse si la incorporación de herramientas como Ori fortalece esa relación o si, por el contrario, corre el riesgo de profundizar una lógica en la que la respuesta estatal se desplaza hacia dispositivos que median y en algunos casos reemplazan el encuentro directo.
Esta institución internacional ha elaborado un gran abanico de categorías nuevas que fueron posibles gracias al estudio de experiencias justamente innovadoras en otros gobiernos de Latinoamérica, el caribe y Europa, que por cierto tienen el mismo discurso preponderante y repetitivo de la modernización.
Las líneas estratégicas vinculadas a la transformación digital y la mejora de procesos en el sector público no pueden perder de vista la urgencia de fortalecer la presencia territorial. Esto implica, como mínimo, consolidar redes comunitarias, recomponer las condiciones salariales de los profesionales, garantizar la interdisciplina en guardias activas y profundizar la articulación con las instituciones educativas.
El desafío central no puede limitarse a digitalizar procedimientos sin fortalecer el sistema sanitario en su capacidad de respuesta. La innovación pública adquiere valor no solo por su capacidad de generar nuevas herramientas, sino por su aporte sustantivo a la legitimidad de las políticas estatales. Sin ese anclaje, cualquier solución, por más sofisticada que sea, corre el riesgo de convertirse en una respuesta parcial frente a una urgencia que sigue siendo profundamente humana.
captura de pantalla
por Tati Peralta
Her (Spike Jonze, 2013)
El algoritmo que te conoce mejor que vos mismo. Theodore (Joaquin Phoenix) es un hombre solitario que se enamora de Samantha, un sistema operativo con voz de Scarlett Johansson. Ella lo escucha, lo entiende, lo acompaña en su duelo y hasta organiza su vida. Pero la película no es una comedia romántica futurista: es un alerta sobre la ilusión de reemplazar el vínculo humano por una pantalla que te dice lo que querés escuchar. Samantha es empática, disponible y perfecta… justo lo que un ser humano nunca puede ser. Cuando la salud mental se reduce a una app, ¿qué pasa con el contacto real, el error, el silencio compartido?
A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001)
El niño robot que quería ser amado. En un mundo devastado por el cambio climático, David (Haley Joel Osment) es un prototipo de niño artificial diseñado para sentir amor. Su problema: es un programa, no una persona. Cuando su familia humana lo abandona, emprende una odisea para convertirse en «real» y recuperar el afecto de su madre. La película –iniciada por Stanley Kubrick– es una pregunta incómoda: si una máquina puede imitar la angustia, la soledad y la necesidad de ser escuchado, ¿eso la hace digna de atención? El film advierte que confundir simulación con presencia es el primer paso para naturalizar que un chatbot pueda «atender» una crisis.
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004)
Borrar el dolor no es curarlo. Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) se someten a un procedimiento científico para eliminar de su memoria los recuerdos dolorosos de su relación fallida. Lo que descubren en el proceso es que el amor y el daño están hechos de la misma tela. La película es la metáfora perfecta de lo que propone una IA sin acompañamiento humano: la ilusión de que se puede «borrar» el malestar sin elaborarlo, sin transitarlo, sin otro que te sostenga. Como advierte el sociólogo Jorge Kerz en la nota, «una crisis no se administra desde la mediación»: el dolor necesita cuerpo, tiempo y presencia. No un bot que lo suprima.
