DESAPARICIÓN EN DEMOCRACIA

BLANCA SUSANA SOLA: CÓMO SEGUIR BUSCANDO 36 AÑOS DESPUÉS

Un 17 de marzo de 1990, alrededor de las 19 horas, Blanca Susana Sola fue vista por última vez a dos cuadras de la casa paterna, ubicada en 2 de abril casi Schachtel, en la ciudad de Gualeguaychú. Nunca más se supo nada de esa chica de 14 años que hoy tendría 50.

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La familia Sola supo que Blanca Susana no estaba en lo de su hermana Gloria cuando el papá comenzó a preguntar por ella a la mañana siguiente. Habían transcurrido varias horas desde que la vecina Emma Mercado la vio cruzar apurada la esquina de su casa: “Se te hace de noche, Susana”, le gritó mientras regaba las plantas del fondo de la vivienda. La nena levantó la mano, sonrió y siguió con su trote ligero en el camino habitual que cruzaba los terrenos baldíos en una zona casi despoblada.

Ocurrió un sábado. Dicen que las chicharras cantaban sofocadas por el calor de una tarde que no anticipaba el final del verano. Esa noche, los hermanos Sola vieron juntos el partido de Boca, después una intensa jornada de amasar y hornear pan para salir a venderlo a la calle.

Nadie brindó testimonio sobre algún vehículo extraño. Tampoco nadie dijo haber escuchado un grito o un ruido que alertara sobre alguna situación violenta.

Susana –como la nombran sus hermanos– no volvió. Así, sin más. Susana no volvió. Algunas crónicas de la época se refieren a ella como “la chica que se tragó la tierra”. En los comentarios debajo de las publicaciones sobre Susana en redes sociales son recurrentes los recuerdos de los vecinos del barrio San Isidro que jugaban con ella en la calle o que tenían hijos en edad de jugar con ella en la calle.

Cuentan cómo la desaparición de Susana les cambió la vida. Cómo las madres prohibían a sus hijas salir de casa, cómo las buscaban de la escuela o de catequesis por miedo a que se desmaterializaran en el camino de regreso. Cuentan que con la desaparición de Susana el velo del “mundo seguro” en el que vivían se cayó abruptamente evidenciando un peligro hasta el momento desconocido.

Como toda desaparición, la ausencia inexplicable de Susana abrió una herida en la familia Sola, pero también en los vecinos del barrio. Sus papás Domingo y Blanca murieron sin saber qué ocurrió con su hija. Su hermano mayor, José, les siguió tiempo después. El resto de sus hermanos siguen amasando el pan y haciéndose las mismas preguntas desde hace 36 años.

“¿Qué pasa con la memoria de las personas cuando se mueren aquellos que los conocieron?”

De Susana solo quedan cuatro fotos: la última que le tomaron en un festejo familiar –y con la que ilustro esta nota–, una en la que sonríe con el cabello crespo despeinado luciendo un pullover azul con apliques blancos y rojos, la de su primera comunión y la del DNI de los 9 años. Nada más. Su vida se condensa en cuatro imágenes que sobrevivieron al paso del tiempo como postales de ese mundo que ya no existe.

¿Qué pasa con la memoria de las personas cuando se mueren aquellos que los conocieron? ¿Cuánto tiempo logramos conservar el recuerdo de la voz que no volvimos a escuchar? ¿Cuánto de lo que atesoramos realmente existió? ¿Se puede procesar la impunidad en soledad?

Desde un comienzo la investigación judicial estuvo orientada a “una fuga de hogar”. Era una nena de 14 años que no tenía vida social más allá del breve espacio de su barrio, que no llevó consigo abrigo, ni una muda de ropa, ni la libreta verde del DNI. No tenía dinero y dos horas antes de desaparecer quiso quedarse a acompañar a sus sobrinos pequeños para tomar jugo y comer torta. Como ella ya tenía 14 años y el cumpleaños era de un niño de uno, su hermana Gloria le dijo que dejara a los chicos y que volviera a tomar unos mates con ella a su casa. Nada indicaba que Susana se hubiera fugado, al menos voluntariamente o con una preparación mínima. Vale decir que dos testigos la ubican fuera de la casa de su hermana alrededor de las 19 horas. Así lo recordaron en sede judicial 30 años después de aquella tarde.

Lo que nos permite saber que la investigación fue considerada desde un primer momento como “una fuga de hogar” es el testimonio de los supervivientes de su familia, que recuerdan como los funcionarios policiales de la época, a cargo de buscar a la nena, les contestaban de mal modo que ya iba a aparecer, que seguramente se había ido detrás de algún noviecito.

Tenemos unos pocos elementos de la causa que se inició con la denuncia de la familia Sola aquel domingo de marzo de 1990. Muy pocos, porque luego de cerrar la investigación se decretó el archivo del expediente que fue a parar a la pila de carpetas que el fuego consumió junto a otras causas expurgadas por orden del Superior Tribunal de Entre Ríos. De esta manera, la justicia desapareció a Blanca Susana por segunda vez.

“La justicia desapareció a Blanca Susana por segunda vez”

Tenemos algunos indicios sobre cuál de los cinco jueces intervinientes pudo haber decretado el archivo de la causa y tener el descuido, la desidia o el desprecio por la vida de mandar la carpeta con la investigación de Susana a la pila de los expedientes para expurgar. Tenemos también algunas declaraciones públicas, en los matutinos de la época, sobre que se la dejaría de buscar cuando cumpliera la mayoría de edad porque si no aparecía antes sería por su propia voluntad.

¿Qué hubiera pasado si Blanca Susana hubiera sido la hija de un juez, si hubiese vivido en calle 25 de Mayo, si su familia no hubiera vendido pan en la calle para subsistir?

Probablemente se hubiesen esmerado en buscar respuestas. O al menos hubiesen disimulado lo poco que le importó a la justicia entrerriana –encarnada en estos dinosaurios machistas y misóginos– buscar a una piba pobre que faltaba de su casa.

Nos enteramos de esta violación a los Derechos Humanos (DDHH) de la familia Sola en la mañana del 6 de marzo de 2018. Unos meses después de la excavación de unos huesos declarados por un albañil que había trabajado en una obra hacía muchos años y que recordaba el hallazgo de un esqueleto que él creía humano. Hizo este comentario a un periodista que fue a declarar lo escuchado a Fiscalía y eso desencadenó una serie de eventos que me chocaron de frente con la desaparición de Blanca Susana.

Yo vivía en Gualeguaychú desde noviembre de 2006 y jamás había escuchado su nombre y mucho menos su historia. Cuando pregunté de quien podían ser esos poquitos huesos encontrados en el límite de una plaza en calle Río de los Pájaros, un policía que fumaba un cigarrillo cerca lanzó al aire el apellido Sola: “Deben ser los huesos de la piba Sola”, dijo. Googleé para ver qué encontraba al respecto y me topé con una publicación en Facebook –que exhibía su foto de la primera comunión– y un recordatorio en un nuevo aniversario de su desaparición, con fecha 2011, en diario El Argentino. No había nada más que eso. Dos notas y un puñado de hermanos que se acercaron al lugar cuando escucharon que cerca de la casa familiar había huesos enterrados.

El fiscal Martín Scatini –recién llegado a la ciudad– fue designado para investigar los huesos encontrados. Fue él quien me sugirió que buscara en Tribunales si había algo de la chica Sola, porque la desaparición era previa al cambio de la vieja instrucción a la implementación del nuevo Código Procesal Penal. Allí me informaron que tenía que consultar en Garantías. Por el momento nada conectaba esos trocitos de huesos al destino de Blanca Susana. Más adelante ni siquiera se pudo confirmar si el origen de esos restos era humano o animal.

“¿Qué hubiera pasado si Blanca Susana hubiera sido la hija de un juez?”

Presentamos una nota con la firma de Juan Sola el 15 de diciembre de 2017, cinco días después del hallazgo de los huesos. Nos agarró la feria judicial. Fue recién en esa mañana del 6 de marzo de 2018 cuando el juez titular de Garantías N°2 –Ignacio Telenta– nos recibió en su despacho y nos contó sobre el posible derrotero del primer expediente. Estrechó la mano de Juan, el que ahora ejercía de hermano mayor de Susana, le pidió disculpas por el comportamiento de la Justicia y se comprometió a reabrir la investigación. Esto fue hace ocho años. En ese camino estamos.

Mientras tanto, su familia volvió a hablar de cara a la comunidad sobre la ausencia de Susana. Se animaron a dar entrevistas a medios nacionales, provinciales y a responder las consultas de los locales. Gestionamos la colocación de una placa en la puerta de la casa familiar –para que el Estado, al menos el municipal, reconociera que nos faltaba Susana–, fuimos a buscar a decenas de testigos para aproximarnos, todo lo que fuera posible, a lo que contenía el primer expediente. Fueron a declarar periodistas que cubrieron la desaparición de la nena, vecinos, familiares, funcionarios policiales y judiciales. Se inauguraron nuevas líneas de investigación, descartando la fuga de hogar por la evidencia que surgió del nuevo proceso. Se ingresó a Susana en el Sistema Federal de Búsqueda de Personas (Sifebu), se peinaron los bancos de datos, los registros NN, los organismos nacionales para descartar la posibilidad de que haya hecho algún trámite. De esa manera confirmamos que su DNI nunca se renovó, al menos con la identidad Blanca Susana Sola.

La causa está en movimiento, no a la velocidad que necesita la familia para entender qué pasó, pero se mueve: como un cuerpo que respira, que está vivo, que busca. Incluso están previstas nuevas testimoniales para los próximos meses. Las últimas fueron en octubre de 2025.

Después de escribir todo esto, de contar una vez más lo que vengo contando –junto a otros compañeros periodistas– hace ocho años, vuelvo a preguntarme si tiene sentido hacerlo. Y me respondo que sí. Que tiene todo el sentido del mundo. Que contar lo que sabemos que pasó es todo lo que tenemos.

¿Estamos buscando bien? ¿Quiénes buscamos? ¿Cómo se busca a alguien que falta desde hace 36 años? ¿Cómo se reconstruye un expediente arrasado por el fuego? ¿Cómo duermen por la noche los que tuvieron la posibilidad de buscar a Blanca Susana y no lo hicieron? ¿Cómo van al cajero a cobrar sus jubilaciones de jueces los que intervinieron en la causa y todavía viven para contarlo? ¿Cuándo perderán el miedo de hablar los que deberían hacerlo? ¿Cuándo volverá a ser el mundo un lugar seguro para las gurisas que van por la calle? ¿Quiénes nos contestarán las preguntas? ¿Cuándo?

Sus hermanos, que a esta altura llevan más vida sin Susana que con ella, los sobrinos que no la conocieron, los amores que no tuvo, el sonido aturdidor del silencio, las mesas familiares con el recuerdo como un pinchazo agudo en el pecho, y la trampa de imaginar lo que podría haber ocurrido si se hubiese hecho tal cosa en vez de tal otra, todo eso, respira en los bordes de una herida abierta. Que es de todos nosotros, incluso de quienes no tienen la conciencia de tenerla.

Por eso tiene sentido volver a decir las mismas cosas, las pocas que sabemos. Preguntar en la calle, colgar carteles. Amplificar las preguntas, multiplicar las voces que hacen esas preguntas. Porque la única manera que tenemos de evitar que algo así vuelva a pasar, es no dejar de buscar a Blanca Susana. Es no parar de contar lo que sabemos. Evidenciar el hilo con el que ata sus nudos la impunidad. Buscar 36 años después es pechar la oscuridad sin parar, hasta que la verdad se revele: inevitable.

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