“El carnaval no es un espectáculo que se mira; es una fiesta que se vive”, sostenía el teórico y crítico literario ruso Mijaíl Bajtín al referirse a este fenómeno popular que atraviesa tiempos y culturas. En Gualeguaychú, desde hace más de cuatro décadas, cada verano la ciudad se transforma en el reino de Momo: un tiempo extraordinario en el que se libera el cuerpo, se desdibujan las jerarquías sociales y el ritmo cotidiano parece suspenderse.
Bajtín definía el carnaval como un momento en el que el mundo se pone “al revés”. Durante unas horas desaparecen las jerarquías y la sociedad se permite reírse de sí misma. Tal vez por eso, cada temporada la ciudad encuentra en el Carnaval del País mucho más que un espectáculo: una forma de mirarse, reconocerse y celebrarse como comunidad.
Pero ¿qué sucede cuando las luces se apagan y la música termina?
Los finales siempre traen consigo una mezcla de nostalgia, alivio y alegría, pero también la necesidad del balance. El Carnaval del País acaba de cerrar una temporada histórica: fue la primera bajo la denominación de Fiesta Nacional, un reconocimiento que le otorga un nuevo y merecido estatus dentro del calendario cultural argentino. También fue, en términos artísticos, una de las ediciones con mayor nivel competitivo de los últimos años, acompañada por una inversión millonaria de las instituciones participantes.
A ese escenario se sumó un hecho inédito: por primera vez una comparsa alcanzó el pentacampeonato. Un logro que, lejos de ser celebrado de manera unánime, abrió debates, generó críticas y dejó algunas reflexiones sobre la naturaleza misma de la competencia. Pero vayamos por partes.

Cada edición del carnaval es el resultado de meses de trabajo silencioso en talleres, clubes y galpones, donde artistas, artesanos y voluntarios dan forma a una de las expresiones culturales más potentes del verano argentino. El brillo de los vestuarios, la imponencia de las carrozas, la potencia de las bandas y baterías, y la elegancia de las pasistas constituyen apenas la superficie visible de un fenómeno mucho más amplio que combina creatividad, economía y vida comunitaria.
El nivel artístico de las comparsas Papelitos, Ará-Yeví, Marí-Marí y O’Bahía fue incuestionable. Sin embargo, en toda competencia en la que la creatividad ocupa un lugar central (y más aún cuando el arte se conjuga con pasión) resulta difícil separar la obra de quien la crea. Obra y artista se mimetizan inevitablemente: aquello que se pone en escena contiene una carga sensible, pero también un trabajo lógico e intelectual fruto de meses de dedicación ininterrumpida.

Detrás de cada vestuario, cada espaldar y cada carroza se expresa la capacidad de un equipo que buscó alcanzar el mejor resultado posible, tanto desde lo económico como desde lo creativo. En ese sentido, la competencia funciona también como un motor que impulsa la innovación, estableciendo criterios técnicos que intentan ordenar la evaluación y evitar que todo quede librado al gusto personal. Pero, aun así, ¿es posible que las pasiones no se sientan heridas después de una contienda semejante?
Tal vez algunas de las controversias que surgen cuando se conocen los resultados también formen parte del propio espíritu del carnaval. Resulta llamativo que en una fiesta que celebra la inversión de jerarquías y la suspensión de los órdenes establecidos, todavía incomode que lo popular logre imponerse frente a las ideas de lujo o hegemonía estética. La competencia del Carnaval del País no sólo pone en juego creatividad y recursos, sino también imaginarios sociales sobre el prestigio, el poder y el reconocimiento. Quizás por eso, cuando el veredicto no coincide con las expectativas, las discusiones se vuelven más intensas.

Por eso el carnaval no es solo una fiesta. También representa una forma de renovación social y simbólica. Al poner el mundo “patas arriba” por un momento, como señalaba Bajtín, la comunidad se permite imaginar otras posibilidades, incluso pensarse como un espejo y, como todo espejo, a veces devuelve una imagen que incomoda.
Pero justamente allí radica el valor social del carnaval. Porque en esa representación donde conviven lo popular y lo hegemónico, lo artesanal y lo monumental, la emoción y la competencia, se puede ver la complejidad de una sociedad que busca verse reflejada en su propia fiesta. Tal vez por eso el carnaval, más que un espectáculo, es una expresión viva de nuestra propia identidad cultural: un espacio donde la comunidad se mira, se discute y, aun entre tensiones, vuelve a reconocerse.
El Carnaval del País se despide hasta el próximo verano y el Corsódromo José Luis Gestro queda a la espera, como un escenario dormido. Pero esta pausa es apenas un intervalo, porque cuando vuelva el calor y las luces se enciendan otra vez las comparsas volverán con nuevos sueños, nuevas historias y nuevas máscaras bajo las cuales elegir mirarnos. Y entonces, como cada año, el Rey Momo volverá a recordarnos que la fiesta nunca termina del todo: simplemente espera el momento de comenzar otra vez.
