DE FONDO, EL DRAMA POR LA VIVIENDA

Vidas precarizadas: lo que el río se llevó y lo que nos queda

Patricia Mena, de 32 años, y su hija Chiara, de 10, fueron arrastradas por el arroyo sobre el que habitaban en Paraná. Un barrio entero buscó robarle unos metros al agua para tener derecho a un techo, ese derecho que el sistema en el que vivimos no garantiza casi a nadie. El desastre vuelve a poner sobre la mesa una realidad que está siempre allí.

Texto: Agustina Díaz | Fotografía: Luciano Peralta
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Sobre el caserío portorriqueño, canta Bud Bunny. De las favelas cariocas proviene la mayor vitrina cultural de Brasil para el mundo. De los conventillos surgió el tango que hoy se baila en los escenarios más lujosos del planeta. De las villas surgieron los ritmos tropicales que suenen en los boliches y en las fiestas, por más paquetas que sean.

La crisis habitacional en América Latina y en Argentina nació de la mano de la conformación de los Estados nacionales que consagraron sistemas de inequidad social. Ya por fines del siglo XIX las familias migrantes y criollas alquilaban piecitas en los viejos conventillos porque no tenían donde morar. Hacia la década de 1930, la migración del noreste se hizo masiva hacia lo que hoy denominamos AMBA. Eran los pobres de las provincias, campesinos sin tierras, indígenas desplazados y obreros sin trabajo que decidieron irse del pago que los vio nacer hacia donde había promesas de un futuro mejor. Tan masiva fue la migración interna y la concentración poblacional que las llamadas “villas miseria” proliferaron a pocos metros del aristocrático barrio de La Recoleta y Retiro, en la Capital Federal. Fue por la década de 1970 cuando irrumpió públicamente el sacerdote católico Carlos Mugica denunciando las condiciones de vida de las familias de la Villa 31 como emergente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

En 1976 la dictadura militar quiso “barrer”, literalmente, con el problema de los asentamientos precarios y pasó las topadoras. De nada sirvió, por el contrario, el modelo económico y la transformación estructural de la matriz productiva argentina que impusieron los militares sólo profundizaron el problema. Por aquellos años ya se incursionó en el cierre de ramales ferroviarios y el modelo de valorización financiera provocó tasas altísimas de desempleo. La migración interna continuó y a ella se le sumó la migración regional, especialmente, desde Bolivia, Perú y Paraguay. 

Durante la década de 1990, la profundización de las políticas neoliberales, sólo generaron mayores desigualdades sociales. La multiplicación de barrios privados o countries fueron la contracara de las villas explotadas de crimen organizado y paupérrimas condiciones de vida. 

Los cuarenta años que lleva nuestra querida y golpeada democracia no ha resuelto sino, por el contrario, profundizado una crisis que parece no tener fin, ni tope, ni resolución. Al día de hoy, Argentina cuenta con 6.500 barrios populares (con nulos o escasos servicios y condiciones de seguridad) y en ellos habitan cinco millones de personas.

“Uno de esos barrios estaba a metros del arroyo Las Viejas que desbordó en la madrugada del 19 de febrero. La corriente se llevó a Patricia Mena, de 32 años, y su hija Chiara, de 10”

ENTRE RÍOS, ENTRE CASITAS SIN AGUA POTABLE

La imposibilidad de tener un techo es una regla, no la excepción. Excepto que las familias de origen puedan colaborar con la causa, hoy es prácticamente imposible acceder al techo propio a partir del trabajo. Los créditos son escasos e inaccesibles, los precios manejados en cada ciudad por un puñado de “desarrolladores”. Incluso para parejas de clase media, de profesionales universitarios o de personas insertas plenamente en el mercado laboral, el sueño de la casa propia es una utopía inalcanzable.

Alquilar una vivienda digna conlleva necesariamente un salario regular y la posibilidad de destinar gran parte de él a la cuota mensual. La precariedad habitacional es una regla en la Argentina de los endeudados.

Pero en esa precariedad hay gente que está expuesta a perder la vida.

En nuestra provincia hay miles de familias asentadas precariamente. Ellas ocupan los márgenes de los espacios que quedan libres. Alrededor de los cementerios ferroviarios o portuarios, a la vera de los ríos y arroyos, en las zonas inundables donde ninguna inmobiliaria aún ve la forma de hacer negocios.

La falta de servicios básicos, la exposición a basurales y contaminación, la inaccesibilidad y la ausencia de servicios públicos como salud y educación son la regla general. 

Uno de esos barrios estaba a metros del arroyo Las Viejas que desbordó en la madrugada del 19 de febrero. La corriente se llevó a Patricia Mena, de 32 años, y su hija Chiara, de 10. Tras el hecho de inicio una búsqueda intensa, especialmente por los mismos vecinos y voluntarios que se acercaron. Vecinos que, por cierto, denuncian que la ayuda oficial tardó horas en llegar.

“Los gobiernos de todos los colores han fracasado en dar respuesta a este tema que niegan o ignoran y, por supuesto, el mercado no regula nada más que en favor de los poderosos”

Los gobiernos de todos los colores han fracasado en dar respuesta a este tema que niegan o ignoran y, por supuesto, el mercado no regula nada más que en favor de los poderosos. Pero lo que es peor de todo, y debe interpelarnos, es que cuando ocasionalmente aparece una política pública destinada a la construcción de viviendas para los grupos más vulnerables, lo que impera es el enojo en gran parte de la opinión pública.

¿Será acaso que la imposibilidad del techo propio no nos permite ver que la vivienda para las familias más desprotegidas no es una injusticia sino, por el contrario, un hecho de reparación?

Patricia y Chiara fueron halladas. Sus familias quedaron rotas por dolor y angustia, esa que genera la impotencia de ver un mundo tan doloroso que no cambia.

El agua bajará, las familias rearmarán como puedan sus casitas y los temas de agenda ocuparán las primeras planas de los diarios y el horario central de los noticieros. Ya nadie hablará de las miles de familias que solo tienen por techo el manto que provee el cielo que no siempre cobija.