Hay dos fechas que como argentinos no se olvidan: la que dejó 30.000 ausencias y la que envió pibes a una guerra con todas las de perder. En ambas, las madres ocuparon un lugar central y el fútbol dio distracción a las lágrimas (o excusas a los que no querían ver). Con el calor de la patria como estandarte, se levantaron banderas, se caminaron plazas, se rogó para que el pueblo (que tantas veces parecía dormido) no olvidará esas listas de nombres que hielan huesos de tanta extensión.
La celeste y blanca es un amor que se cocina con un fuego distinto, el argentino per se tiene una pasión única y el hincha de Racing le agrega el condimento de que sentir no es jamás una experiencia liviana. “Antes que cualquier otra cosa, soy hincha de Racing”, remarcaría el sociólogo Julián Scher.
La identidad académica se forja en el aguante y en la capacidad de resistirlo todo, cuando la oscuridad crece la lealtad al equipo bordea lo religioso. Hay una pertenencia afectiva que antecede a cualquier otra definición vital y es por eso que, cuando la historia grande arremetió con sufrimiento en Argentina, en Racing caló hondo: el club no fue ajeno a los horrores cuando los hechos afectan a quienes caminan sus gradas.

LA IDENTIDAD NO DESAPARECE
Para muchos racinguistas, un poco para el club en sí, la memoria no es un archivo frío. Es la búsqueda de un compañero que no se vio más en los entretiempos. Es esa premisa, un poco también, la que movilizó a Scher a reconstruir desde 2015 las biografías de algunos hinchas a los que el terrorismo de Estado intento borrar, voces que durante años no se escucharon recuperarían su potencia a través de la pasión.
Lo que comenzó como una investigación volcada en el libro Los desaparecidos de Racing, terminó transformándose en una política reparatoria sin precedentes: la restitución de carnets para detenidos desaparecidos.
En un club que estuvo en quiebra, donde los papeles se perdieron entre juzgados y desidias, la búsqueda de estos nombres requirió una paciencia de hormiga. No se buscaban solo militantes, se buscaban historias mínimas: el pibe que iba a la cancha con su viejo, el que tenía una cábala innegociable, el que gritó los goles del equipo de José. Así se llegó a la cifra de 47 socios, entre ellos Alejandro Almeida (hijo de Taty) y el poeta Roberto Santoro, quienes hoy ostentan un carnet de cuero azul con un número que lo dice todo: 30.000.

La pelota entonces, que tantas veces giró para ahuyentar el espanto, puede convertirse en motor para una especie de “justicia emocional”. Porque el fútbol entiende de pasión y de potencia, las sillas vacías se vuelven registro oficial que certifica una existencia. Repara devolviéndole el nombre a la falta.
Restituir un carnet no resuelve ni mitiga la angustia, pero le abre espacio en la comunidad de los vivos a quienes quisieron ocultar. Aunque el negacionismo quiera borrarlos: el club responde diciendo qué son y serán siempre socios eternos.
LAS MARCAS EN EL CEMENTO
Si el fútbol es político, no es por una cuestión de banderas partidarias, sino por una sensibilidad elemental: si no te duelen las ausencias, la historia te tiene que atravesar igual. El Cilindro de Avellaneda es, para el hincha, un territorio sagrado; un templo donde se depositan juramentos y promesas de fe. Esas mismas paredes, que han visto risas y llantos, también fueron partícipes de las historias más oscuras.
El 22 de febrero de 1977 el horror dejó de ser un rumor lejano para estallar contra la puerta 19. Seis personas fueron fusiladas por las Fuerzas Armadas contra un paredón contiguo al estadio. El hecho, reconstruido años después por investigaciones como las de Alejandro Wall y el documental de Rodolfo Petriz, permaneció oculto durante décadas bajo el manto del «no te metas». Incluso, figuras míticas como Orestes Corbatta, que vivía prácticamente en el estadio, fueron testigos involuntarios de un macabro escenario.

Reconocer estas marcas en el cemento no ensucia la pasión, la vuelve más humana. Racing fue escenario del terror y el mismo césped de la cancha fue el que se volvió calma y abrazo de reparación. El trabajo colectivo y las pasiones compartidas vuelven a darle vida a los invisibles. La memoria es el gol de Maravilla que da vuelta el resultado en los últimos minutos, el alivio de que se aguanta porque tarde o temprano la alegría llega.
EL “ENTRE” QUE NOS HACE “NOSOTROS”
Hannah Arendt planteaba que la política no reside en el individuo, sino que lo hace en el espacio intermedio que se genera cuando los seres humanos se encuentran. La política trata del estar juntos, los unos con los otros de los diversos, aclamó. El fútbol es parte de la política como institución y lugar de decisiones, y de lo político en su sentido más puro con el lazo que une la identidad compartida.
La diversidad que converge en la tribuna se manifiesta como parte de un actuar colectivo. Racing, desde su institucionalidad, decidió que su “estar juntos” no era completo si no recuperaba la memoria de los detenidos desaparecidos que se calzaron alguna vez su camiseta. Un acto de gestión administrativa y un acto político, romper el silencio sin miedo a los enojos: 30.000 presentes, 47 identificados en la camiseta.

La hinchada de Racing sabe, quizás mejor que ninguna otra, que la identidad no se construye en la soledad del triunfo, sino en el sostén mutuo de las crisis. Los colores no son solo un diseño textil, son un tejido de voluntades que resistieron una quiebra, que llenaron una cancha sin partido y que ahora eligen no mirar para otro lado cuando la historia necesita más que nunca un ‘Nunca Más’.
Al final del día, cuando la pelota deja de rodar y las luces se apagan, sus espacios siguen siendo resguardo de la memoria, recordatorio constante de que el colectivo puede más que el individual. El fútbol es político porque es, ante todo, el recordatorio de que en el nosotros nadie agita solo.
