ENSEÑAR DE DÍA, MANEJAR DE NOCHE, MORIR TRABAJANDO

LA UBERIZACIÓN DE LA DOCENCIA

Un docente fue asesinado mientras trabajaba como chofer de una app. ¿Qué hacía ahí? ¿Cuántos hay en esa situación? Si la tragedia no marca un límite, ¿qué lo hace? Cuando enseñar ya no alcanza para vivir, el problema deja de ser individual. Se vuelve estructural y político.

Texto: Mauricio Amaya | Ilustración: Diego Abu Arab
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En la madrugada fresca del conurbano bonaerense, Cristian conducía su auto a la espera de que cayera algún viaje. Todo iba normal, como cualquier otra noche en la que salía a hacer un mango más como chofer de Didi. Le suena el celu: un pasajero. De Merlo a Virrey del Pino, zona oeste. El último recorrido que haría Cristian.

Poco después el pasajero lo mata para llevarse el auto. 

En su auto quedaron juguetes de su hija de tres años y un fibrón de pizarra de escuela.

Luego se supo que tenía deudas y también que laburaba como mecánico.  

¿Qué hacía un docente ahí? ¿Cuántos como él hay en la Argentina de hoy? Si la tragedia no es el límite a la precarización laboral, ¿cuál lo será? 

LA MUERTE DE UN DOCENTE NO ES UNA MUERTE CUALQUIERA

El pedagogo Paulo Freire decía que educar implica formar sujetos capaces de leer el mundo y transformarlo. Entonces, cuando muere un docente en condiciones de precariedad, violencia o abandono estatal, no solo se pierde una vida individual: se resquebraja simbólicamente el espacio que debería garantizar la transmisión de saber, cuidado y futuro.

Es una muerte que opera como signo: habla del estado de la escuela, del lugar del conocimiento, del vínculo entre Estado y trabajadores, de las condiciones en las que se construye ciudadanía. 

En efecto, este episodio, con sus matices particulares, adquiere una dimensión hiperbólica: condensa en una sola escena otras muertes, las de Carlos Fuentealba (2007), Sandra Calamano o Rubén Rodríguez (2018), como emblemas de una época atravesada por el conflicto social.

La docencia está históricamente asociada a la idea de vocación y cuidado (y sacrificio). Cuando ese rol aparece atravesado por la violencia, lo que debería ser un espacio de protección y construcción colectiva es invadido por sentidos de tragedia y abandono: 

-Una bala en un contexto de represión policial, como sufrió Carlos; 

-Una explosión por una fuga de gas mientras preparaban la comida para los chicos, el caso de Sandra y Rubén; 

-El asesinato a balazos para robarlo, que terminó con Cristian.

EL TRABAJO QUE NO TERMINA NUNCA

La uberización es una lógica amplia y compleja en la que el salario estable se fragmenta en múltiples tareas precarias y cada trabajador se convierte en una pequeña empresa de sí mismo.

Anahí Marín, docente entrerriana y madre sola de cuatro hijos, ilustra este panorama desbordante: “Trabajo en seis escuelas, un cargo en primaria que comparto con dos instituciones y cuatro secundarios. Salgo de mi casa a las seis de la mañana y vuelvo a las diez de la noche; cuando no estoy en la escuela, trabajo en una oficina de facturación; en verano soy moza en el corsódromo”. 

La enumeración sigue: preparar alumnos para rendir materias, pagar materiales escolares de su propio bolsillo, sostener actividades de los estudiantes. Y sintetiza: “Brindar educación con calidad ya no es posible”. Su cuerpo además presenta problemas de salud: afonía, dolor ciático, falta de sueño. “¿Llegaré a jubilarme con vida?”, se pregunta.

El dato salarial explica parte de esa deriva. En varias provincias argentinas un cargo docente inicial ronda hoy entre 600 y 750 mil pesos mensuales, una cifra que queda muy por debajo del costo de vida real para sostener un hogar. 

Por eso la mayoría de los docentes trabaja en varias escuelas simultáneamente, encadenando turnos y desplazamientos que convierten la jornada laboral en una maratón.

“En varias provincias argentinas un cargo docente inicial ronda hoy entre 600 y 750 mil pesos mensuales, una cifra que queda muy por debajo del costo de vida real para sostener un hogar”

DE LA PROLETARIZACIÓN A LA UBERIZACIÓN 

El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel hablaba de la proletarización del docente. En sus análisis sobre pedagogía crítica, advertía que el maestro moderno había dejado de ser una figura relativamente autónoma para convertirse cada vez más en un trabajador asalariado sometido a las mismas lógicas de disciplinamiento que el resto de la clase trabajadora. 

“El maestro termina siendo un trabajador más dentro del aparato estatal, sometido a salarios insuficientes y condiciones que limitan su autonomía pedagógica”, decía. Lo que vemos hoy podría ser un paso más en ese camino: del docente proletarizado al docente precarizado, obligado a vender su tiempo en múltiples mercados laborales para sobrevivir.

La paradoja y trampa es que esta precarización suele presentarse bajo una narrativa “seductora” o como oportunidad: la idea de “ser tu propio jefe”, de manejar tus tiempos, de convertirte en emprendedor de tu propia vida, de “poder hacer un mango más” si lo deseás. Una retórica promovida desde los gobiernos liberales que exaltan la autonomía individual.

El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han lo describe como una mutación del capitalismo contemporáneo: ya no domina principalmente mediante la prohibición sino mediante la autoexplotación. El sujeto cree ser libre porque decide trabajar más, cuando en realidad está atrapado en una lógica que lo obliga a hacerlo para sostenerse. El conductor de app, el freelancer permanente, el trabajador autónomo que nunca deja de producir: todos comparten esa misma matriz.

En ese marco, la reforma laboral en Argentina no inaugura una etapa nueva, sino que viene a poner en norma algo que ya estaba ocurriendo. La fragmentación del empleo, la expansión de figuras autónomas, la dilución de las relaciones laborales tradicionales. El docente que maneja para una aplicación después de dar clases aparece entonces como la figura perfecta del nuevo trabajador flexible: educador por la mañana, conductor por la noche. Un esclavo de la necesidad. 

“El sujeto cree ser libre porque decide trabajar más, cuando en realidad está atrapado en una lógica que lo obliga a hacerlo para sostenerse”

EL PODER QUE EDUCA DESDE EL MIEDO

En ese cruce trágico aparece también la institución policial, pensada históricamente como garante del orden y la seguridad, pero atravesada por una lógica que muchas veces reproduce arbitrariedad e impunidad. 

El monopolio de la fuerza y el hecho de portar un arma no es neutro: configura una forma de subjetividad del poder, muchas veces ligada al disciplinamiento, al miedo y a la sanción. En términos pedagógicos, la enseñanza indica que el poder se ejerce desde arriba, de manera punitiva. 

Una pedagogía opresora, que se ubica en las antípodas de la escuela pública cuando persigue un sentido emancipador: la construcción de sujetos críticos a partir del saber, no del temor.

Queda una pregunta que no será abordada aquí: ¿Por qué un policía sale a robar?

DEL PRESTIGIO A LA INTEMPERIE

Durante gran parte del siglo XX, el trabajo docente en Argentina representó estabilidad y una identidad profesional ligada al prestigio cultural. Además, un rol de funcionario público clave para la sociedad: al docente siempre se lo quiso, y se lo quiere aún. Hay en el imaginario colectivo una idea de que las maestras, profes y demás, cumplen un rol de andamiaje afectivo clave para los jóvenes en formación.

Ese modelo empezó a erosionarse fuerte en los años noventa, con las reformas educativas y la fragmentación del sistema escolar. Desde entonces el salario docente fue perdiendo la capacidad de sostener una vida digna y la multiplicación de cargos se volvió la norma.

En ese proceso, la vocación -históricamente uno de los motores simbólicos de la profesión- también se convirtió en una trampa. El sistema educativo se sostuvo muchas veces gracias a docentes que siguieron poniendo tiempo, dinero y energía personal para que la escuela funcione. 

Desde Gualeguaychú, Anahí lo resume así: “he estudiado toda mi vida para no alcanzar”. La frase condensa una paradoja contemporánea: el esfuerzo educativo, que durante décadas fue la promesa de estabilidad y hasta ascenso, hoy ya no garantiza nada.

La muerte del docente chofer, entonces, no es solo una tragedia individual ni un episodio policial más, es una escena que revela el nuevo paisaje del trabajo en Argentina. Un país donde incluso quienes tienen formación, vocación y responsabilidades sociales fundamentales deben entrar en la rueda infinita de la precarización.

Cuando enseñar ya no alcanza para vivir, el problema deja de ser individual. Se vuelve estructural y político. La pregunta, entonces, ya no es solo qué pasó, sino cuántas veces más puede repetirse.

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