NACIDA PARA SER GABY
Es muy difícil encontrar en la ciudad a alguien que no conozca a Gaby Girones, y mucho más difícil es encontrar alguien que no la quiera y la considere amiga. Porque ella es así, una tejedora de afectos y cariños. Gaby es de esas personas que hacen sentir a las demás como en casa, siempre tiene un aire de familiaridad y hablar con ella siempre es un placer.
Llegó a Gualeguaychú siendo muy joven, pero con una década de experiencia carnavalera en su Victoria natal. Aquí supo abrirse paso en los talleres que elaboran el carnaval más sofisticado de la Argentina y aprendió en detalle el arte de la confección de vestuarios y carrozas. Estudió técnica en escenografía e indumentaria teatral y pronto saltó a la pasarela del Carnaval del País con personajes y caracterizaciones que la tuvieron como protagonista. También ha sido parte fundamental del delante y detrás de escena del conocido “Show del Ángel”, un lugar pionero en la Argentina, de y para la diversidad.
Allí compartió mates, charlas, risas y vestuarios con la Pequeña P, también conoció a la popular “Rony”, dos vidas que fueron víctimas de muertes violentas que nunca obtuvieron verdadera justicia ni resolución. Porque somos parte de una sociedad y un sistema de justicia que naturaliza y mira para el otro lado, que jerarquiza el dolor: en la comunidad travesti trans es donde se registran la mayor cantidad de muertes jóvenes evitables, porque a la violencia física se le suma la violencia de la exclusión que cierra las puertas al laburo, al sistema de salud y a la educación.
Gaby es consciente de esta realidad, más allá del destino que supo construir para su vida, por eso siempre levanta la bandera de la diversidad como orgullo y como modo de plantarse frente a la vida.
“El grotesco teatral es una herramienta maravillosa que ha hecho de la comedia, del transformismo y del clown géneros elegidos por espectadores de todas las edades desde hace décadas”
SER O NO SER, ESA ES LA CUESTIÓN
En las últimas ediciones del carnaval de Gualeguaychú Gaby inauguró un nuevo capítulo en su vida artística: ser comunicadora. Fue así como cada sábado estuvo presente en el corsódromo de la ciudad, visibilizando el arte de la gran fiesta que ama y en la que ha trabajado por tantísimo tiempo. Lo hizo a su estilo, brillando como una diva con outfits exuberantes, de esos que el público del carnaval adora. Es que el grotesco teatral es una herramienta maravillosa que ha hecho de la comedia, del transformismo y del clown géneros elegidos por espectadores de todas las edades desde hace décadas. Vestuarios y pelucas imponentes, maquillajes estridentes, plumas, lentejuelas, piedras y ornamentaciones cargadas hacen de esos vestuarios piezas que obnubilan a la gurisada y divierte al público adulto. Gaby lo sabe y así se compró el aplauso de las tribunas del corsódromo que respetuosamente esperaban su turno para sacarse una foto con esa diva sensacional.
Lo que sucedió a horas de iniciarse la edición 2026 del Carnaval del País, es que a Gaby se le solicitó que este año haga su cobertura vestida más “normalmente”, o algo así. Es decir, que La Gaby no sea más La Gaby que el público tanto adoró. Al compartir esta situación en sus redes, rápidamente surgieron múltiples apoyos a su persona y trayectoria. Finalmente hubo otras comunicaciones por parte de la organización que le dijeron que fue un malentendido y que la esperaban en el corsódromo. Desde ya, no hay carnavalero y carnavalera que no esté esperando con ansias verla brillar en ese ámbito que le es tan natural. Ojalá así sea porque suma al espectáculo que amamos.
Además, lo que sucedió abre la puerta para volver a subrayar el vínculo estrecho e inextinguible entre carnaval, diversidad, libertad e identidad, algo que resulta fundamental en los tiempos que corren.

CUANDO SER, SOBREVIVIR Y EXISTIR ES LA CUESTIÓN
Por años, las personas de la comunidad LGTBIQ+, especialmente las identidades trans, fueron hostigadas, perseguidas, detenidas, torturadas y maltratadas a razón de prejuicios, ignorancia y odio.
En nuestro país, como traducción institucional de estos prejuicios, para la década de 1930 se impusieron los edictos policiales, una especie de poder excepcional que, contrario al Estado de derecho, permitía a las fuerzas de seguridad detener a las personas sin estar cometiendo ningún delito y sin orden judicial. Dentro de las contravenciones que habilitaban las detenciones arbitrarias se encontraba “el travestismo”. Después del golpe militar de 1955, la utilización de la figura laxa y difusa de la contravención se utilizó indiscriminadamente y se profundizó con los golpes de 1966 y 1976. Miles de identidades trans fueron detenidas y violadas bajo esta figura persecutoria y, según los propios archivos de algunas organizaciones de DDHH de la comunidad LGTBIQ+, se estima que unas 300 personas travestis trans fueron desaparecidas durante la última dictadura militar.
Sin embargo, hubo un espacio donde los edictos se suspendían al menos por algunos minutos y donde el derecho a ser se convertía en realidad: el carnaval. Hace algunos años, Keili González escribió una hermosa nota para la Agencia Presentes, en la que entrevistó a Karen Ayelén Jumilla “La Cata”, una travesti de la ciudad de Nogoyá que empezó a bailar en los corsos en el verano de 1986 con la comparsa Panambí. Tendrían que pasar más de diez años para que los edictos lleguen a su fin. En aquel reportaje La Cata contó: “Nosotras la pasábamos mal, la gente en nuestras vidas cotidianas nos maltrataba, nos insultaba y violentaba. Éramos unos monstruos, nos tiraban piedras, huevos y tomates. Se creían con el derecho a dañarnos (…) pero cuando llegaba el carnaval nos sentíamos unas estrellas bailando en el corso, nos aplaudían, éramos diosas. El problema estaba al final del circuito, porque nos esperaba la Policía y nos invitaba a subirnos sin resistencia al patrullero. Y no nos oponíamos porque era peor. Lo más leve era que nos tuvieran presas unos días y nos cortaran el pelo para ridiculizarnos y no saliéramos a la calle a laburar. Te dejaban salir antes, pero previo te ‘garchaban’ entre tres o cuatro”.
Acá, en la ciudad de Gualeguaychú, en plenos años de la dictadura del “onganiato” la resistencia también vistió de risa y brillo. Fue Juancho Martínez quien se propuso desoír las prohibiciones para abrir paso al arte del transformismo. Él, junto con La Barra Divertida, se dispuso a vestirse con los más suntuosos y bellos miriñaques, a maquillarse y portar pelucas para deleite de la gente. Fue el aplauso del público el que los salvó de la prisión.
Años después, otro hijo de la ciudad, el destacado maquillador Gervasio Larrivey contó con sus ojos brillosos “cuando era chico y mis padres me llevaron al corso vi a Juancho Martínez desfilar y vi cómo la gente lo aplaudía, entonces entendí que ser distinto no era motivo para que te humillen, sino que podían admirarte”. Menos mal que Gervasio y tantos otros supieron que ser distinto era motivo de orgullo porque nos hubiéramos perdido tanto talento y tanto arte.
“A José Luis no le importaron los detractores, denunciadores, ni censuradores. Sin su disposición a romper barreras e ignorantes prejuicios, jamás hubiéramos sido esto espectacular que hoy somos”
Y si tenemos que nombrar a personas que son para nosotros motivo de orgullo, imposible no mencionar la icónica figura de José Luis Gestro. Genio creador, modernizador de las técnicas de confección de vestuarios y carrozas e ideólogo del primer corsódromo de la República Argentina. José Luis no dudaba en explotar la sensualidad femenina por décadas reprimida en dictadura, ni tenía pruritos en mostrarse tal como quería ser, ni tampoco se prohibió de dar un lugar destacado a la belleza de Arena, una bailarina travesti que cautivó al público con su carisma. En todas esas decisiones estéticas y éticas, a José Luis no le importaron los detractores, denunciadores, ni censuradores. Sin su disposición a romper barreras e ignorantes prejuicios, jamás hubiéramos sido esto espectacular que hoy somos.
Es por toda esta historia y este presente que el arte drag, el transformismo y lo performático de las identidades trans que así deciden habitar el mundo no son meras formas de vestir, son formas de existir, son proclamas y manifiestos que incomodan sólo a quienes siguen creyendo que la libertad es un patrimonio que no le corresponde a la totalidad género humano. Esas formas de vestir contribuyen a recuperar el adjetivo ancestral carnavalero de lo grotesco, que enciende al público que viene a buscar lo extraordinario, lo alusivo, lo metafórico y lo carnal.
Quienes disfrutamos del carnaval, como integrantes o público, no podemos perder de vista el sustento cultural, histórico y social que lo sostiene. Nuestros carnavales han surgido de las periferias del mundo, porque el mundo es excluyente, y así también es su origen en Gualeguaychú. De los márgenes y periferias, de aquellos escenarios oscuros y controversiales de nuestras comunidades es que se ha desarrollado el mayor espectáculo a cielo abierto que muestra orgullosa nuestra ciudad. Así como en los fastuosos carnavales de Río de Janeiro convive el reconocimiento a la ancestralidad esclavizada y racializada que con el quilombo pudo gritar libertad, en los majestuosos carnavales de Gualeguaychú late el alma de aquellas personas que tuvieron a la lentejuela como estandarte de rebeldía. Esa rebeldía glamourosa que tanto necesitamos en tiempos de homogeneización y prejuicios.
