El pasado 26 de marzo, en un hospital de Cataluña, Noelia Castillo Ramos murió por decisión propia. Tenía 25 años, pero llevaba casi cuatro viviendo con una paraplejia irreversible. Sus últimos años de vida estuvieron atravesados por tribunales, informes médicos y discusiones públicas en toda España. Su situación también había dividido a su propia familia: mientras ella insistía en que quería acceder a la eutanasia, su padre intentó impedirlo judicialmente hasta el último momento.
La solicitud había comenzado en 2023 (la ley española regula la eutanasia desde 2021). Durante meses, comités médicos y organismos de control evaluaron su pedido. La joven sostenía que el dolor físico constante y las limitaciones derivadas de su lesión hacían su vida intolerable. La justicia terminó confirmando que su decisión era válida y el procedimiento finalmente se realizó, después de casi dos años de controversias legales.
El caso fue tomado por medios de todo el mundo y puso nuevamente en el centro del debate a una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el derecho de una persona a decidir sobre su propia muerte?
La discusión no es nueva, pero en los últimos años se volvió cada vez más visible. Algunos países, como España, Países Bajos, Bélgica o Canadá, tienen leyes que permiten la eutanasia o el suicidio médicamente asistido bajo estrictos controles. Otros, en cambio, mantienen la prohibición o están implicados en debates legislativos que todavía no logran consenso.
Argentina se encuentra en este último grupo. Aunque desde 2012 rige la “Ley de Muerte Digna”, que permite a los pacientes rechazar tratamientos que prolonguen artificialmente la vida, la eutanasia activa sigue siendo ilegal. El marco jurídico habilita a dejar de intervenir para prolongar la vida, pero no a provocarle la muerte a un paciente, incluso si él o ella misma lo pide.
En este cruce entre derecho, medicina y convicciones morales se desarrolla uno de los debates más complejos de la actualidad. Para explorar esas miradas, conversamos con tres voces que tienen mucho que aportar en esta discusión: el padre “Goyo” Nadal, el abogado Martín Britos y el médico Jorge Maradey.
UNA MIRADA PASTORAL SOBRE EL SUFRIMIENTO Y EL FINAL DE LA VIDA
Gregorio “Goyo” Nadal es sacerdote (católico) en la diócesis de Gualeguaychú y es conocido en toda la región por su cercanía con la comunidad. Aunque nació en Concepción del Uruguay, fue párroco en diversos lugares de Gualeguaychú, donde vivió entre el 2002 y 2022, realizando seminarios y formaciones, y quedando a cargo en el 2020 de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes.
“El tema de la eutanasia es muy delicado, porque toca lo más hondo de la vida humana: el sufrimiento, la dignidad y el sentido mismo de vivir hasta el final”, introdujo Goyo, ante la consulta. “Por eso, más que empezar por definiciones o posiciones, a mí me nace empezar por la experiencia concreta de las personas, desde mi humilde acompañar ya hace casi 18 años”.
“La compasión, en su sentido más profundo, no elimina al que sufre, sino que se acerca, sostiene, cuida, alivia”
“Cuando uno está cerca de alguien que sufre —de verdad cerca, no desde ideas sino desde la carne, desde la cercanía en la cama del enfermo— descubre que lo que más duele no es el dolor físico, sino la soledad, el sentirse carga, el miedo a perder el sentido. Ahí aparece entonces una pregunta muy seria: ¿la respuesta es adelantar la muerte o acompañar mejor la vida?”, reflexionó el sacerdote.

“Desde mi mirada, la eutanasia no es un gesto de verdadera compasión, aunque muchas veces nazca de una intención buena. La compasión, en su sentido más profundo, no elimina al que sufre, sino que se acerca, sostiene, cuida, alivia. Por eso creo que el desafío grande de nuestra sociedad no es facilitar la muerte, sino humanizar el acompañamiento: cuidados paliativos accesibles, presencia real, vínculos que no se retiren cuando la vida se vuelve frágil”, aportó.
“La dignidad de una persona no depende de su estado de salud, autonomía o productividad. La dignidad permanece, incluso —y especialmente— cuando alguien está débil, enfermo o en el final de su vida. Ahí es donde más necesita ser reconocido, cuidado y amado”, dijo el religioso. Al tiempo que se refirió a los casos más extremos: “También entiendo que hay situaciones límite que interpelan profundamente, y que no se pueden responder con frases hechas. Por eso me parece importante que este debate se dé con mucha honestidad, sin simplificaciones, y escuchando de verdad a quienes atraviesan el dolor”.
“En lo personal, creo que estamos llamados a construir una cultura del cuidado, donde nadie sienta que su vida ‘ya no vale’ o que ‘lo mejor es desaparecer’. A veces, cuando alguien pide morir en el fondo está pidiendo que el dolor pare, que alguien esté, que no lo dejen solo”, concluyó Nadal.
UNA MIRADA JURÍDICA SOBRE LA AUTONOMÍA Y EL FINAL DE LA VIDA
Martín Britos es abogado y viene reflexionando sobre el tema desde una mirada jurídica y filosófica. Para él, el debate sobre la eutanasia no puede separarse de una discusión más amplia sobre la vida, la dignidad y la autonomía de las personas.
“Responder qué es la eutanasia es una pregunta difícil”, reconoció de entrada. “Tiene múltiples respuestas, pero en el fondo siempre hay una definición ideológica: tiene que ver con cómo nos posicionamos frente a determinadas construcciones sociales, entre ellas, los derechos. Es una forma de resolver la vida”.
Según Britos, antes de discutir la eutanasia es necesario preguntarse qué entendemos por vida: “Si pensamos la vida simplemente como un tránsito biológico, entonces estamos ante una mirada biologicista. Pero si la pensamos desde una perspectiva humanista, la vida está íntimamente ligada al derecho a vivir con dignidad”.
“La vida tiene valor mientras sea productiva, pero cuando hablamos de dignidad en otras dimensiones —como el acceso a la vivienda, a condiciones materiales mínimas o a una vida plena— ahí la discusión desaparece”
Desde esa perspectiva, consideró que el debate sobre la eutanasia, incluso, puede ser más profundo que otros debates recientes vinculados a los derechos individuales, como el de interrupción del embarazo. “Discutimos directamente sobre cómo decidimos terminar con nuestra propia vida. Y ahí aparece el derecho a la autodeterminación: la posibilidad de definirnos como seres humanos dentro de las reglas de la sociedad”.
El abogado sostuvo que, muchas veces, detrás de las resistencias a este tipo de discusiones aparece un modelo de sociedad que valora la vida principalmente en términos productivos: “Hoy pareciera que la regla cambió. Antes nos enseñaban que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Ahora es: nacemos, crecemos, producimos y nos morimos. Entonces la vida tiene valor mientras sea productiva, pero cuando hablamos de dignidad en otras dimensiones —como el acceso a la vivienda, a condiciones materiales mínimas o a una vida plena— ahí la discusión desaparece”.

Para Britos, ese contraste revela una contradicción profunda en la forma en que muchas sociedades abordan el tema: “Cuando negamos el derecho a la eutanasia, en realidad estamos imponiendo la obligación de vivir. Pero esa obligación es solo biológica: no discutimos cómo es esa vida ni en qué condiciones se transita”.
En ese sentido, planteó que la eutanasia introduce una pregunta central: qué lugar ocupa la dignidad en el final de la vida. “De lo que estamos hablando es de dotar de dignidad a una instancia inevitable de la vida, que es la muerte. Hay situaciones en las que la propia ciencia te dice que no hay más tratamientos posibles, que solo se puede prolongar artificialmente la vida. Y ahí se rompe el plan de vida de una persona”.
Desde su mirada, ese quiebre obliga a replantear el rol del derecho y del Estado frente a decisiones profundamente personales. En este sentido, planteó que “el derecho no puede transformarse en una obligación de vivir. Porque si alguien está decidido a terminar con su vida, lo más probable es que lo haga de todas maneras. Entonces la discusión no es si eso va a suceder o no, sino en qué condiciones”.
En ese punto, comparó el debate con otros procesos legislativos recientes en Argentina: “Algo parecido pasó con la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Durante años se decía que era impensable discutirlo y sin embargo la sociedad fue cambiando y el derecho terminó acompañando ese proceso”.
Britos, destacó que algo similar podría ocurrir con la eutanasia, aunque reconoció que se trata de una discusión especialmente compleja. “No hay dos casos iguales. Estamos hablando de una decisión profundamente íntima, quizás una de las más importantes de la vida”, puntualizó. Y remarcó que cualquier regulación debería contemplar procesos de acompañamiento y evaluación interdisciplinaria.
En ese sentido, el profesional insistió en que el punto central sigue siendo la autonomía personal. “Cuando la libertad individual tiene una clara conciencia de lo que quiere, esa decisión también tiene que ser respetada”.
Finalmente, Britos advirtió que el debate no debería quedar atrapado únicamente en posiciones enfrentadas. “Estos debates son necesarios. No alcanza con sancionar una ley y pensar que la discusión terminó. Hay temas —como la eutanasia, la educación sexual o el derecho al aborto— que tienen que seguir discutiéndose todo el tiempo, porque hablan del modelo de sociedad que queremos construir”.
UNA MIRADA MÉDICA SOBRE EL ALIVIO Y EL FINAL DE LA VIDA
Jorge Maradey cuenta con más de cinco décadas de experiencia en la medicina. A lo largo de su carrera trabajó como terapista y nefrólogo, especialmente en ámbitos hospitalarios, donde el final de la vida se presenta de la manera más cruda. Desde esa trayectoria, sostiene que el debate sobre la eutanasia no puede separarse de la experiencia cotidiana de la medicina frente al sufrimiento de los pacientes.
“En términos generales, la eutanasia es la intervención médica deliberada para poner fin a la vida de un paciente con una enfermedad irreversible o terminal que sufre intensamente”, explicó, y detalló que suele distinguirse entre eutanasia activa —cuando un profesional administra una sustancia para provocar la muerte— y eutanasia pasiva, vinculada a la suspensión o limitación de tratamientos que prolongan artificialmente la vida.
“Se trata de cuidar sin ensañarse con los tratamientos, aliviar sin matar y acompañar sin abandonar”
Maradey recordó que en varios países existen marcos legales que permiten estas prácticas bajo determinadas condiciones. Sin embargo, remarcó que en Argentina la situación es diferente: “La eutanasia activa no es legal. Lo que existe es la Ley de Muerte Digna, sancionada en 2012, que permite a los pacientes rechazar tratamientos, hidratación o alimentación cuando estos solo prolongan artificialmente la vida”.

Para el médico, esa diferencia es central: “Una cosa es dejar morir y otra cosa es hacer morir”. Desde su perspectiva, el sistema de salud debe priorizar el acompañamiento y el alivio del dolor sin caer en lo que denominó ensañamiento terapéutico: “A veces la medicina tiende a prolongar tratamientos cuando ya no hay posibilidades reales de recuperación. En esos casos el objetivo debería ser aliviar el sufrimiento, no prolongarlo innecesariamente”.
En ese punto, destacó el papel de los cuidados paliativos: “Los cuidados paliativos buscan justamente eso: controlar el dolor y acompañar al paciente para que pueda transitar el final de su vida con dignidad”. Perspectiva que intenta equilibrar dos principios que muchas veces aparecen en tensión: evitar el abandono del paciente, pero también evitar intervenciones médicas desproporcionadas.
A lo largo de su carrera, Maradey atravesó numerosas situaciones límite, especialmente en servicios de terapia intensiva. “Ahí es donde más aparecen estas discusiones”, reconoció, y subrayó que algunos pacientes con enfermedades avanzadas (como ciertos cánceres terminales o patologías neurodegenerativas) llegan a expresar reiteradamente el deseo de poner fin a su vida. Para esos casos el sistema sanitario argentino no contempla la eutanasia como una opción: “Desde el punto de vista legal, si se aplicara sería considerado un homicidio, porque la vida es un bien jurídico indisponible”.
En lo personal, el médico manifestó que su posición se inclina hacia la defensa de la muerte natural y el fortalecimiento de los cuidados paliativos. “Creo que la respuesta al sufrimiento no debería ser provocar la muerte, sino acompañar mejor a la persona”, afirmó, en este sentido. Y volvió a enfatizar sobre la búsqueda del equilibrio entre la medicina, el derecho y la ética. “Se trata de cuidar sin ensañarse con los tratamientos, aliviar sin matar y acompañar sin abandonar”, concluyó.
captura de pantalla
por Tati Peralta
Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004)
El gallego que le ganó al Estado. Ramón Sampedro (Javier Bardem, monumental) lleva 28 años postrado en una cama tras un accidente de mar. Su única lucha: que le reconozcan el derecho a morir con dignidad. Amenábar filma el cuerpo inmóvil como una prisión y la ventana abierta como la única libertad posible. La película —ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera— no idealiza el suicidio asistido: muestra las dudas, los afectos que se rompen, los abogados que acompañan y la iglesia que condena. La escena final, con Ramón cabalgando hacia el mar que lo paralizó, es una de las imágenes más poderosas del cine sobre la muerte elegida.
La habitación de al lado (Pedro Almodóvar, 2024)
La amistad como último gesto. En su primera película en inglés, Almodóvar junta a Tilda Swinton y Julianne Moore: una es periodista de guerra con cáncer terminal; la otra, su amiga escritora. La que se muere le pide a la que vive que la acompañe en el momento de tomar la pastilla. Lo que sigue no es un thriller moral: es un manual de ternura entre dos mujeres que hablan de vestidos, de libros, del clima… y del momento exacto en que una vida deja de ser deseable. Almodóvar filma la eutanasia como un acto de libertad absoluta, pero también como una herida que deja en el otro. La luz, los colores, los silencios: todo está medido para que el espectador sienta el peso de esa decisión sin que nadie le diga qué pensar.
Amour (Michael Haneke, 2012)
El amor que mata para no ver sufrir. Georges (Jean-Louis Trintignant) cuida en su departamento a Anne (Emmanuelle Riva), su mujer de toda la vida, que acaba de sufrir un ACV. Lo que Haneke filma es el desmoronamiento lento, implacable, sin música ni consuelo. La pérdida de la palabra, la incontinencia, la comida que no entra, la mirada que se apaga. Hasta que una almohada resuelve lo que la medicina ya no puede. La película —Palma de Oro en Cannes— no juzga ni justifica. Observa. Y lo que observa es tan brutal que duele hasta el último fotograma. Haneke no responde si Georges es un héroe o un asesino. Te deja temblando frente a la pantalla con esa pregunta clavada.
